Palabras de mamá: Mi hijo gay, mi hija trans, mi hija lesbiana

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“Cuando mi mamá se muera, yo saldré del clóset… Pero no quiero que mi madre se muera nunca”. Lucía, en algún lugar de Lima, cuida su secreto inventándose un novio y una vida que no es suya. Sufre, pero prefiere una existencia clandestina antes que causar un dolor terrible a su madre, una mujer trabajadora que la educó sola porque el papá se fue un día y nunca más regresó. Lucía quizá debería conocer a María Cristina Carnero o a Elder Camarena. Tomarse un café con Teresa Varas o escuchar a Amanda Castillo.

María, Elder, Teresa y Amanda tienen un comienzo en común. Las cuatro se preguntaron en qué fallaron. Es lo que casi todo padre o madre de un hijo gay, lesbiana o trans se interroga internamente cuando escucha de su hij@ la verdad o cuando se entera de pronto. Las cuatro forman parte de la Asociación de Familias por la Diversidad Sexual, una organización peruana que ayuda a padres e hijos a aceptar una realidad para la que muchos no están preparados, y cuyos inicios el activista Alejandro Merino define como una noche de intenso amor (ver aquí).

MARÍA CRISTINA CARNERO FLORES pide que le tomen la foto que ella quiere. Sorprende a Midchel Meza, el fotógrafo, y camina hacia una mesita donde está un cuadro con la imagen de ella y de su hijo George. Se abraza al cuadro y lo besa. Midchel piensa que sus padres deberían conocer a María Cristina.

MARÍA CRISTINA CARNERO FLORES

-Mi hijo tiene 43 juveniles años. Me enteré cuando tenía 17. Se vio obligado a decirme su verdad porque estaba siendo chantajeado por una pareja o expareja. “Mamá, quiero hablar contigo”, me dijo. Cuando pronunció “Mamá, soy gay”, yo me quedé helada-, recuerda María Cristina como si viviera una película reciente. Ese primer instante de la revelación fue durísimo, como cuando abres los ojos y te encuentras en una habitación oscura y te apuras por buscar el interruptor para encender la bombilla y decirte a ti mismo que fue una pesadilla. Pero no era un sueño. Era verdad. Y María Cristina atinó a decir: “Soy tu madre y siempre voy a estar contigo”. Lloró, se sintió culpable, se preguntó en qué había fallado, pero a su hijo lo seguía mirando con amor.

Esta noche de octubre, frente al cuadro de George Liendo -un destacado activista gay-, María Cristina y sus tres compañeras de la asociación de padres LGTB se visten de recuerdos. Es un ejercicio frecuente. Recordar sus experiencias, el dolor inicial y la paz posterior son sus armas para ayudar a otros padres de familia.

-Yo no le comuniqué a nadie la noticia. Viví mi duelo solita. Yo lo veía como un duelo en ese entonces, pero luego me armé de valor. Siempre he sido una mujer muy fuerte y no iba a permitir que a mi hijo me lo discriminaran o me lo maltrataran. Él también es muy íntegro y muy fuerte, así que lo enfrentamos.

Como presidenta de la asociación, María Cristina se encuentra con padres que llegan a buscarla para escuchar, gritar y llorar. Deben sacar todo el dolor que llevan dentro, derribar prejuicios, perdonarse, perdonar. La sala donde estamos reunidos se convierte los primeros miércoles de cada mes en un confesionario, en un rincón de autoayuda, en un lugar privado de verdades desnudas.

María Cristina y sus compañeras cuentan sus historias y dejan que los visitantes compartan sus miedos, sus odios, esa rabia que los silencia o que los lleva a explotar y dañar. Llegan más madres que padres, y también muchos chicos y chicas que buscan la manera de abordar el tema con sus familias. En sus rostros podría tocarse el temor. En sus manos temblorosas, el miedo es como una roca que golpeas hasta sangrar.

Entre las historias que María Cristina ha acumulado en estos años mencionará la de un militar que fue a buscarla para preguntarle qué había hecho mal. Su hijo era estudioso, inteligente y él no dejaba de cuestionarse en qué falló. Era un hombre quebrado. Su hijo era trans. Le costaba referirse a su hijo como ELLA. Era demasiado, quizá. Pero al salir de la sala, el militar lo logró. Entendió que le había dado valores, que era un gran ser humano, que no tenía razones para avergonzarse.

“Mi hijo es gay y vale bastante”, le dijo María Cristina a un médico que se sorprendió de verla en una revista de circulación nacional que hizo un reportaje de su historia. El médico no tuvo opción de opinar nada, sonrío nervioso y hasta la felicitó.

María Cristina no se calla nada. Cuando sospecha que alguien pretende abrumarla con esa delicada homofobia tan limeña, ella sale al frente y con una frase bien resuelta, impide cualquier agresión verbal. Sabe que es ignorancia. Pero no permite atropellos. Tiene las palabras perfectas, la actitud firme, el orgullo de madre bien puesto.

ELDER CAMARENA no entendía la tristeza de su hija. Era una depresión que la estaba empujando a la muerte. Ocurrió hace cinco años. “Tenía 19 años cuando me dijo por messenger que la vida no tenía sentido”, cuenta. Dicen que las madres lo intuyen todo, pero hasta ese momento Elder no sabía qué tenía su niña. La tristeza puede tener infinitas explicaciones. Cuando vives en un mundo aparentemente feliz, a los padres les cuesta entender que algo no está completo en el cuento de hadas. ¿De dónde se aferra la tristeza cuando hay una familia feliz, cuando hay una vida cómoda, cuando todo parece ‘normal’?

Elder Camera

Elder llevó a su hija al psiquiatra, la medicaron y así iba tolerando la vida. ¿Sabes lo que es tolerar la vida? Vivir con la tristeza a un costadito para que aquellos que te quieren no se sientan mal.

Poco a poco, recuperada pero sin decir la verdad, su hija comenzó a llevar amigos a casa. Elder reparó en que la mayoría eran gays o trans. Fue en ese momento que preguntó: “Hijita, ¿eres lesbiana?”. Y la respuesta fue un abrazo prolongado. Sí, soy lesbiana, mamá.

Elder respiró aliviada: “Mi hija no está enferma. Mi hija está sana y solo es lesbiana¨. Aunque se lo tomó de la manera más tranquila posible, lo cierto es que Elder -como muchos padres- cargan con una serie de prejuicios. Nunca fue homofóbica, pero se llenó de miedos. “Me metí en el clóset del que mi hija había salido”, confiesa. Le costó procesarlo.

Hasta que un día le pidió a su hija acompañarla a una de esas discotecas que frecuentaba. Las de ‘ambiente’, las de gente gay. Como en tres oportunidades, Elder compartió el mismo espacio que su niña. Descubrió un mundo que no conocía, un mundo que no le parecía raro. Luego fue a la Marcha del Orgullo Gay, y se acercó al grupo de madres de hijos LGTB.

-Nuestra relación se ha fortalecido. Hemos pasado varias etapas. Después de la culpa, uno empieza con sus miedos y la ignorancia se apodera de una también. Pero pronto te das cuenta de que el universo es más grande, tus ojos miran más, descubres una gama de orientaciones, y valoras a tu hija más que antes.

Su hija superó la depresión. Y ella se siente agradecida infinitamente de tenerla sonriendo. Aprendió con ella. Hoy tiene como misión educar sobre el tema en cualquier espacio que frecuente.

AMANDA CASTILLO cuando lo escuchó no lo entendió. Pero no se trata de un tema de comprensión, amor y tolerancia. Ella no entendió la palabra: TRANS. Su hijo, ahora hija, le dijo que el psicólogo de la universidad quería hablarle. El psicólogo habló y Amanda tomó un momento para preguntarse qué hacer. Trans. Su hijo único era trans. Es decir, no era gay. Era, pensó ella, algo más que gay. Quería ser mujer. Se sentía una mujer.

Amanda Castillo

Lloró. Y luego se puso una meta: tener plata para mandarlo al extranjero, lejos del Perú, donde podría hacer su vida en libertad.

Pero al cortísimo plazo, Amanda se sintió devastada: ¿Qué le voy a decir a mi mamá?

Amanda vivía con su madre y su hermana. Su hermana fue la que más se percató de que algo pasaba. Y comenzó a cuestionar lo que hacía su sobrino. Dónde está, qué son esas ropas, qué vida tiene, qué diablos hace.

Un día, su hijo le dijo que se iría de casa para evitar problemas.

Fue la madre de Amanda la que le pidió que vaya con su hijo, que vaya a cuidarlo. A veces las palabras y las explicaciones no son necesarias, Amanda no brindó explicaciones y fue tras su hijo. A los 68 años, se siente orgullosa de su hija Leyla. Su sonrisa le pone una luz en el rostro cansado. Leyla le marca al celular, que ya va por ella, que está trabajando. “Mi hijito”, dice. Y luego rectifica: “Mi hijita”.

Lo único que le duele es que Leyla no pueda ejercer la carrera que estudió: ingeniería agrónoma. Las empresas le han dado la espalda por no ser HOMBRE como dice en su DNI. Eso le duele. Ya con el tiempo, piensa, esto cambiará. “Y no es peluquero como decían”, repite. Leyla trabaja en una organización de salud. Tiene 36 años. Espera que las leyes en el Perú cambien y que ella pueda hacer su vida como la mujer que se siente cada minuto del día. Su mamá quiere verla realizada. No comprende por qué las leyes son tan excluyentes. Si Leyla es brillante. Fue siempre una gran alumna. La luz de su sonrisa se apaga.

TERESA VARA estaba sacando la ropa del cuarto de su hija cuando sonó su celular. “Ah, se olvidó”, se dijo. Lo miró sin querer con el propósito de apagarlo y se encontró con un mensaje de amor. Siguió mirando y eran más y más mensajes de amor. “Mi bebé tiene novio”, pensó y le pareció extraño que con toda la confianza que tenía con sus hijos, este secreto permanecía en el celular.

Teresa Vara

Horas después, al encontrarse con su hija, le preguntó: “Mi amor, ¿tienes novio?”. Su hija casi se desvanece sobre la silla en la que estaba sentada. La vio marearse, al borde de llanto, aterrorizada. Teresa no entendía. La chica de 17 años sentía que su mundo se estaba derrumbando y que su mamá no lo soportaría. Teresa seguía sin comprender. Preguntó si era un hombre mayor. Preguntó si era casado. No entendía la expresión devastada de su hija.

-Es una chica, mamá-, dijo, con la voz ahogada. Teresa reniega de su actitud de ese día. En qué fallé, qué te hice, por qué me dices eso, tú eres mi niña y no me puedes hacer eso. Teresa soltó muchas frases que hoy cree que destruyeron a su hija en ese instante. “Yo fui torpe y dura, yo fui muy tonta”, comenta ahora, abrazada a una bandera gay, al lado de sus compañeras. Sonríe, pero sus ojos no ocultan la tristeza de aquellos días.

Luego de esos reclamos, Teresa abrazó a su hija. Le dijo que la quería.

Conocer a la primera pareja de su niña fue una experiencia rara para Teresa. Pero pronto se diría: “Si yo la veo feliz, yo estoy feliz”. El tránsito no ha sido sencillo. Mientras cuenta su historia, se pregunta todavía el por qué de su reacción.

No hay reglas. No hay casos idénticos. Un informe de Amnistía, que incluye una guía para padres y un video muy didáctico, advierte que para gran cantidad de padres, madres y familiares descubrir que alguno de sus hijos presenta una orientación o identidad sexual que no es la heterosexualidad, “resulta una situación que es desconocida para los mismos y que realmente consideran prácticamente inmanejable. La misma puede llevar hasta a una crisis familiar si no se sabe manejar”. En el Perú, como en otros países de América Latina mujeres como María Cristina Carnero, Elder Camarena, Teresa Varas y Amanda Castillo abren el camino, dan la mano y se entregan por completo a ayudar a otros padres e hijos. Muchas veces tienen una historia de éxito para contar. Otras, se quedan pensando en qué faltó. Lejos de rendirse, insisten. Saben que ayudar a una familia puede significar salvar una vida.

 

Fotos: Midchel Meza

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3 Comentarios

  1. Bellísimas experiencias ! Qué bueno que se hagan públicas. Seguro que ayudarán a muchas familias. Gracias

  2. Interesante verlo del lado de los padres, me dejo pensando … y si pensaba tambien en cuantos padres no lo aceptan aun y que bueno que existan estos grupos de ayuda para poder aceptarse mutuamente padres e hijos.

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