El deporte competitivo nunca supo cómo enfrentar las particularidades de la intersexualidad. Dutee Chand pretende enseñarles.

La universalidad de la que se precia el deporte moderno no solo se refiere a la globalización del juego, acelerada durante el último siglo, sino a su capacidad para recibir a todos: hombres y mujeres; altos y bajos; explosivos y resistentes; talentos muy especiales y otros forjados a través de la práctica. Casi todos los atletas contenidos dentro de esos espectros encontrarán –por lo menos- un deporte donde hacer carrera. Casi, porque el Comité Olímpico Internacional (COI) todavía tiene problemas con la más básica de las divisiones hechas para el juego. “Hombre” y “mujer” no son tan blanco o negro como quisieran.

CUESTIÓN DE HORMONAS


Dutee Chand (Odisha, 1996) era una de las grandes cartas de la India para los Juegos de la Commonwealth de julio pasado. Finalista de los 100 metros planos en el Mundial Juvenil de Atletismo del año pasado y bronce en los 200m en los Juegos Asiáticos, su performance en el Juvenil Asiático de junio (oro en 100m y posta 4×100) llamó la atención de su federación, que ordenó varias pruebas de rutina, entre ellas antidoping y prueba de género.

Chand, presente en la lista provisional para viajar a Glasgow, no supo nada hasta que salió la lista final, que no incluía su nombre. La federación arguyó que la atleta fue apartada por motivos estrictamente deportivos, pero luego se supo que Chand había quedado descalificada para competir con las mujeres porque sus niveles naturales de testosterona eran los de un hombre, condición conocida como hiperandrogenismo.

Según el COI, las deportistas con niveles de testosterona en el rango normal para un varón –entre 10 y 35 nanomoles por litro de sangre- tienen una ventaja injusta sobre las demás mujeres. El exceso de testosterona por motivos sintéticos es penado como dopaje –la hormona aumenta la producción de glóbulos rojos, lo que permite utilizar más oxígeno y aumenta la barrera del dolor-, pero su sobreproducción natural recibe una opción: si la atleta desea retornar a la competición, deberá llevar terapia con hormonas o practicarse una cirugía para extirpar sus gónadas masculinas internas, si las tuviera.

Suspendida provisionalmente –aunque el informe sobre su situación no se ha hecho público-, Chand se ha negado a aceptar esas condiciones y ha presentado una apelación al Tribunal de Arbitraje del Deporte (TAS). Es el primer desafío a la norma, promulgada en el 2012 como respuesta al escándalo de Caster Semenya.

MÁS RÁPIDAS, MÁS ALTAS, MÁS FUERTES… PERO NO TANTO

En 1938, Dora Ratjen ganó el Campeonato Europeo en salto alto y rompió el récord mundial. Pronto perdería sus marcas... (Foto: Archivo Bild)
En 1938, Dora Ratjen ganó el Campeonato Europeo en salto alto y rompió el récord mundial. Pronto perdería sus marcas… (Foto: Bundesarchiv)

Muchas de las atletas más talentosas de su tiempo han tenido que lidiar con la sospecha sobre su feminidad o sobre la limpieza de sus triunfos. “¿Será hombre? ¿Se habrá dopado?”, son las primeras preguntas ante cualquier proeza fuera de lo común. Amplia dominadora del tenis femenino, Serena Williams es el mejor ejemplo de un estigma que, aunque infundado, sigue vigente.

Las sospechas sobre la feminidad genética, hormonal y corporal de las atletas son tan antiguas como el deporte moderno, a pesar que la incidencia es bastante baja. Solo una vez se atrapó a un hombre haciéndose pasar por mujer: el saltador de altura alemán Heinrich Ratjen, quien compitió en Berlín 1936 como Dora porque había sido criado como tal desde niño.

Después de ver muchas mujeres súper musculosas compitiendo por el Bloque Oriental –la mayoría seguía inadvertidamente programas de dopaje de sus federaciones-, el COI decidió hacer algo al respecto. En 1968, institucionalizaron las pruebas de sexo, primero mediante una evaluación visual de las mujeres desnudas, y luego mediante el raspado bucal, conocido como el test cromosomático. Con él, buscaban mujeres XY en su último par de cromosomas, y hombres XX.

Así lucía un certificado de feminidad en los años 80.
Así lucía un certificado de feminidad en los años 80.

Ese corte tan tajante resultó problemático a la larga. En 1985, la vallista española María José Martínez Patiño se olvidó de su tarjeta de verificación de feminidad en casa y tuvo que volver a pasar la prueba en la Universiada de Kobe (Japón). Los médicos le informaron que las células obtenidas en su boca tenían cromosomas XY, y su federación la envió de regreso a España. ‘Pati’, que había crecido y se veía a sí misma –y el espejo daba fe de ello- como una mujer, ¿era un hombre?

Los responsables del equipo le recomendaron fingir una lesión y retirarse en silencio. Ella se negó y ganó el campeonato nacional de 60m vallas. En los días siguientes, su informe médico se filtró a la prensa y empezó el escándalo. La Real Federación Española de Atletismo la expulsó de la residencia de atletas, le quitó el soporte financiero y la eliminó de sus registros. En subsiguientes pruebas médicas, los doctores descubrieron que carecía de útero y ovarios, y que tenía testículos ocultos que producían niveles masculinos de testosterona. ¿Cómo explicar, entonces, que se hubiera desarrollado como una mujer? Martínez Patiño tenía insensibilidad a los andrógenos. La testosterona corría por su sangre, pero no le hacía nada en absoluto.

Con ese diagnóstico, la vallista española luchó contra la opinión pública y el sistema para poder regresar a las pistas. En Seúl 1988, la Comisión Médica del COI determinó que su condición no le otorgaba ninguna ventaja ilegal y le dio vía libre para competir, pero su pico atlético se había perdido en medio del alboroto. En 1992, se quedó a una décima de la marca clasificatoria para los Juegos Olímpicos de Barcelona. Al final de la década, las pruebas fueron restringidas solo a casos de extrema sospecha.

SEGREGACIÓN NECESARIA

Caster Semenya es especialista en los 800 metros, pero sus últimos años en la élite han sido una carrera de obstáculos. (Foto: Erik Van Leeuwen)
Caster Semenya es especialista en los 800 metros, pero sus últimos años en la élite han sido una carrera de obstáculos. (Foto: Erik Van Leeuwen)

Aunque motivada por el principio de igualdad, la progresiva inclusión de las mujeres en el deporte ha demostrado la necesidad de diferenciarlas de los hombres en competencia. El margen es real y muy amplio. Los hombres suelen ser más altos; poseen extremidades más largas en relación a su altura; tienen un corazón y unos pulmones más grandes; mejor índice de masa corporal, huesos más densos, más glóbulos rojos que transporten oxígeno a los músculos; un esqueleto más pesado y caderas más estrechas que las mujeres, que aumentan la eficiencia del movimiento y los hacen menos susceptibles a las lesiones (el ángulo de las caderas a las rodillas es menor). Todas esas diferencias son producto de miles de años como cazadores recolectores: la selección natural eligió a los mejor preparados para el combate, y a las mujeres con mejores características para la reproducción. Tiempo después, esos rasgos de la evolución otorgan una ventaja de rendimiento atlético del 11% –en promedio- a los hombres sobre las mujeres. Por eso no pueden competir juntos.


A los 18 años, Caster Semenya (Polokwane, 1991) ganó la prueba de 800m en el Mundial de Berlín 2009. Su tiempo de 1:55:45 era la marca del año, pero a dos décimas del top ten histórico de la distancia y a 10 segundos del tiempo de los finalistas en la rama masculina. Aun así, su apariencia muscular ya había llamado la atención. “¡Solo mírala!”, exclamó la rusa Mariya Savinova –quinta en esa competencia- cuando la prensa se lo consultó. “Para mí es un hombre y no debería competir con nosotras”, aseveró la italiana Elisa Cusma, sexta. La Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF) la suspendió indefinidamente e ingresó a investigar de una manera muy pública, dando pie a la humillación y el escrutinio mediático.

En julio del año siguiente, la IAAF dio luz verde a Semenya para regresar a la competencia. Aunque no publicaron los resultados por privacidad, detalles del informe se filtraron a la prensa: la atleta sudafricana no tenía útero ni ovarios, sino testículos internos que producían niveles masculinos de testosterona.

“La manera en que naces es la manera en que naces”, dijo Semenya a la BBC en el documental Too Fast to Be a Woman (2011). Para entonces, salía de una depresión que la había llevado al borde del retiro. “Tengo una voz profunda. Puedo parecer dura, pero, ¿qué van a hacer? ¿Crees que lo pueden cambiar? No. Si alguien nace de la manera que nace, ¿le vas a echar la culpa a esa persona o a Dios? ¿De quién es la culpa? De nadie”.

Sin embargo, Semenya fue sometida a un tratamiento no especificado para poder competir en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Después de comparar sus fotos del antes y después –facciones más finas, forma en la cintura-, los medios especularon con un tratamiento de hormonas. Semenya fue segunda en Londres (detrás de Savinova) y no ha vuelto a ser tan rápida como a los 18. Tampoco ha regresado a las grandes competencias.

Savinova vence sobre Semenya en el 2012, la última competencia oficial de la sudafricana. (Foto: AP)
Desde el 2012, Semenya ha permanecido en las sombras, y solo hizo noticia por su compromiso con otra atleta. (Foto: AP)

Después de la vergüenza que enfrentaron todos los involucrados en el caso, el COI decidió volver a marcar una línea divisoria, aunque fuera imperfecta: los límites de testosterona que el cuerpo esté en condiciones de utilizar (lo que deja en la legalidad casos como el de Martínez Patiño). La prueba no se haría a todas, sino solo a los casos con sospechas desde lo visible y un rendimiento atlético llamativo.

(Además de ser discriminador, utilizar el criterio subjetivo para elegir quién debe ser examinada podría terminar obviando a atletas con hiperandrogenismo que, por no ser extraordinarias, probarían que la ventaja competitiva de la testosterona es una de muchas).

En los Juegos, cuatro atletas superaron el límite y fueron sometidas a las medidas de control impuestas –hormonas o cirugía- para poder volver a competir. Se desconocen las cifras desde entonces, porque Dutee Chand ha sido la primera en alzar la voz.

EL VERDADERO LÍMITE

“Es una regla idiota”, opina para BBC el endocrinólogo Peter Sonksen, investigador asociado del COI para crear pruebas antidopaje por hormonas de crecimiento. “La regla es injusta, grosera y poco científica”, asegura.

Según Sonksen, los niveles hormonales de los atletas de competencia difieren de la población en general. No hay un margen inmenso entre el rango femenino y el masculino de testosterona, sino que se superponen. Lo que quiere decir que se trata de solo un factor entre muchos, y que la línea trazada por el COI es arbitraria.

En su investigación Out of Bounds? A Critique of the New Policies on Hyperandrogenism in Elite Female Athletes, la investigadora en bioética de la Universidad de Stanford, Katrina Karkazis, aporta más argumentos al reclamo.

“Estas mujeres no han introducido nada extraño a sus cuerpos que les dé una ventaja sobre su competencia”, resume. Según Karkazis, el hiperandrogenismo es tan natural como cualquier otra variación biológica con resultados excepcionales, como los tobillos ultraflexibles de Michael Phelps, la visión fuera del promedio de los jugadores de béisbol o las mutaciones genéticas que provocan exceso de glóbulos rojos. Si ninguno de estos ejemplos necesita una cura para participar en el deporte –y están bien representados en la cima-, ¿por qué excluir a mujeres con una ventaja natural?

“Lloré por tres días seguidos cuando leí lo que decían: ‘Dutee, ¿chico o chica?’. ¿Cómo pueden decir esas cosas? Yo siempre he sido una chica”. (Foto: The Indian Express)

“Creo que está mal tener que cambiar tu cuerpo para participar en un deporte. Yo no voy a cambiar por nadie”, asegura Dutee Chand a The New York Times. “Es como en algunas sociedades, cuando le cortan la mano a quien encuentran robando. Es el mismo tipo de regla primitiva y poco ética. Va demasiado lejos”.

Motivada por la periodista Payoshni Mitra, investigadora y activista en temas de género, Chand decidió convertir la visibilidad lograda a costa de su exclusión en una plataforma de lucha, a la vez que intenta recuperar su carrera. Si el veredicto del TAS la favorece, sentará un precedente para la participación de individuos intersexuales en los deportes.

¿Qué problema es más grande? ¿El prejuicio o la ventaja deportiva? Estamos por descubrirlo.

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