Por primera vez hablan los sobrevivientes de una época que nadie quiere revivir, pero que es indispensable recordar

Tarapoto es una ciudad de la selva peruana, ubicada en el departamento de San Martín, que brota tímida en medio de la espesura de la vegetación, como un secreto que espera el momento de la revelación. Hasta esa calurosa localidad llegamos para buscar respuestas que en más de 20 años nadie ha podido contestar. Dónde quedaron las voces, los rostros, los cuerpos de transexuales, gais y lesbianas que murieron a causa del conflicto armado que azotó al Perú entre 1980 y el 2000.

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En el informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) entregado al Estado hace 11 años se advirtieron crímenes de odio resultado de una política de exterminio avalada por subversivos, militares y la misma población. Nada nuevo se ha conocido, hasta ahora, en que volvemos tras las huellas de testimonios que nos ayudarán a construir nuestra memoria. Más vale tarde que nunca.

Fransuá y Rocío eran las transexuales más conocidas en Tarapoto en los años 80. Les decían las pioneras porque en esos tiempos de tabú homosexual, no tenían prejuicios. Se vestían como mujeres, como se sentían. Ambas eran propietarias de sus peluquerías y también en ellas destacaban como las primeras en el rubro del estilismo por la zona Oriente del país.

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El 29 de setiembre de 1990, Fransuá fue asesinada a balazos por terroristas del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), que habían institucionalizado una política conocida como “profilaxis social” o “Cruzada contra el vicio”; que consistía en matar a los “indeseables”, entre los que consideraba a homosexuales, prostitutas e infieles.

La muerte de la estilista transexual tiene mitos alrededor formados por aquello que ha sido una constante en las zonas más afectadas por el conflicto armado: la falta de información, la desidia para investigar, la reprochable falta de asistencia del Estado.

Podría seguir en el olvido, total, un crimen menos de qué preocuparnos, pero afortunadamente encuentro a Alex García de la Asociación Diversidad Sanmartinense. Tiene una buena noticia: Iremos a visitar a Roger Pinchi, el hermano de Fransuá. Llegamos en moto hasta la peluquería de Roger en el distrito La banda de Schilcayo, son diez minutos desde el centro de la ciudad. Con una camiseta naranja, las tijeras en la mano, nos saluda. Le cuento que quiero recoger la historia de su hermana y asiente con la cabeza mientras, con destreza, le afeita las patillas a un joven.

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“Lo que te voy a contar va a demorar tres o cuatro horas, hay mucho para hablar”, me advierte cuando ve que me acomodo en una silla de plástico. Se va el cliente, se sienta a mi lado y empieza el relato.

Fransuá fue asesinada por negarse a seguir pagando cupos a los subversivos. Plata o muerte. Ich erstelle texte in diesem erfahrung mit ghostwriter bereich aber auch in den bereichen versicherungen, finanzen, steuern und anderen sachthemen. Era la única manera de salvarse. Los terroristas ingresaban a los poblados y pintaban las paredes con frases como “Muerte a los maricones”. Les daban 24 horas para abandonar la zona, de lo contrario se cumplía la sentencia. Sus cuerpos aparecían en caseríos rematados por un disparo. O simplemente no aparecían.

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No hay cifras aproximadas de cuántos LGTBI murieron durante el conflicto armado, pero es claro por los testimonio de este artículo que pueden ser cientos. De la experiencia de las lesbianas no se tiene registro aún. En muchos casos, los restos de nuestras víctimas nunca fueron reclamados por sus familias, sea por vergüenza o por miedo a seguir el mismo destino, o porque ya habían sido expulsados del seno familiar por su orientación sexual y a nadie les preocupaban.

Admitir esa indiferencia es pieza clave en la construcción de la historia LGBTIQ. La memoria es ficticia y frágil cuando no se desentierra el pasado. Cuando no se sabe qué pasó. Ahora saltan nuevas preguntas. ¿Cuántos son? ¿Dónde están? Mientras no sepamos seguimos condenando a quienes murieron en la misma fosa común, río o basural en el que fueron abandonados. Y seguiremos repitiendo los mismos círculos de violencia, donde se cambia el fusil por un palo, un insulto por un golpe, un poblado lejano por cualquier esquina, un militar o un terrorista por un ciudadano común, porque el odio no discrimina tiempos ni personas. El odio se hace más fuerte en el olvido.

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Soy una chica, vivo en Lima y amo la ciencia, tal vez tanto como amo la música. Desde hace algún tiempo tengo la inquietud de aportar a la visibilidad de la comunidad LGTB desde lo que más me gusta hacer: investigar. Soy licenciada en Psicología. Estoy estudiando una Maestría en Neuropsicología. Dicen que canto bien. Amo Harry Potter. Amo a Julio Cortázar

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