Nacer mujer en México ya es nacer discriminada. No lo digo yo, lo dicen las leyes, las encuestas, la vida cotidiana. Lo expresa un país en el cual la quinta parte de la población piensa, en términos generales, que si la mujer es violada seguramente lo provocó. Así se vive –y se muere– por acá, a razón de 6.4 femicidios por día. Nada peor que ser niña e indígena, que es la suma de todas las desgracias sociales por la tríada de indefensión, discriminación y pobreza; pero ser mujer, lesbiana, profesionista de clase media en la tercera ciudad de la República Mexicana tampoco es garantía de respeto.

Monterrey, Nuevo León es llamada la Capital Industrial de México y en 2012  fue catalogada como la segunda ciudad más adinerada. Cada seis años, los candidatos presidenciales de todos los partidos políticos dejan la capital para venir a presentar sus respetos a los empresarios norteños (es más común ver al Presidente de la República en turno en un funeral regiomontano que en las zonas de desastre en el sureste pobre del país). Los neoleoneses se sienten tan orgullosos de sí mismos por haber domado al desierto con su cultura de trabajo que de vez en vez toma fuerza una idea de rebelión contra el federalismo.  Existe, por ejemplo, la página de la “República de Nuevo León” donde se aboga por ser una república independiente y quienes defienden el asunto por lo general desdeñan al resto del país. Quizá por eso esta ciudad ostente el vergonzoso título de ser la ciudad que más discrimina a indígenas, foráneos y a lesbianas y homosexuales, según informes del Consejo nacional para Prevenir la Discriminación.

Resulta paradójico –y muy lamentable- que una de las entidades con mayor desarrollo económico despunte también en índices de intolerancia. No podemos culpar a la falta de educación formal: la página del gobierno estatal presume que el 30 por ciento de los habitantes de Nuevo León son estudiantes. Destacan a nivel internacional la Universidad Autónoma de Nuevo León, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, la Universidad de Monterrey. Entonces, hay dinero y educación, ¿por qué la intolerancia? Porque no se ha aprendido a respetar al diferente, al que no es como nosotros, al que tiene menos: “aquí hay 28 por ciento que justifica que las trabajadoras del hogar coman los sobrantes que les de la familia”, alertó Ricardo Bucio, presidente del Conapred. “Hay altos porcentajes de intolerancia a las personas por sus preferencias sexuales, mayores que a nivel nacional”, expresó.

Es por eso que una pareja de lesbianas fueron regañadas hace un par de semanas en el Museo de Arte Contemporáneo de la ciudad por un guardia cuando se tomaron de las manos. (“Hay niños presentes”, les dijo. “Hay otros lugares para hacer esas cosas (SIC)”). O se soltaban o se largaban a dar ese “mal ejemplo” a otro lado. Para el guardia era así de simple.

Mis amigas estaban de malas esa semana (y su situación es un perfecto ejemplo de la indefensión cotidiana) puesto que fueron a un bar al día siguiente, en el municipio de Guadalupe, Nuevo León. Apenas se les ocurrió abrazarse cuando el mesero “de parte del gerente”, les pidió “en buena onda” que no se abrazaran. Ellas “podían estar en el lugar, si querían, pero no así, porque no era ese tipo de lugares (SIC)”. Claro, no están lapidadas, no fueron arrestadas (seguramente porque optaron por retirarse en ambos casos sin protestar) pero sus derechos humanos fueron pisoteados.

Ellas no se quejaron, al menos, no legalmente. Y lo entiendo. Lo entiendo porque en México significa perder al menos un día de trabajo en una interminable burocracia. (Una vez interpuse una querella ante el abuso de un funcionario de seguridad y me llevó día y medio. Por supuesto, no hay justificante médico legal que valide una ausencia laboral. Protestar tiene un costo, de tiempo, de dinero, de esfuerzo. Los procedimientos son lentos y parece que están destinados a desalentar la denuncia en lugar de fomentarla).

Ellas no se quejaron, además, porque Nuevo León es uno de los nueve Estados que todavía no castiga la discriminación. Los diputados se han negado a legislar al respecto. Y el ámbito federal carece de “dientes” para alcanzar aquí al guardia del museo, al gerente del bar. Entonces, no hay queja porque no hay mecanismos ni condiciones para ello, pero –y de nuevo otra triste paradoja- debe existir la inconformidad legal, debe haberla porque es indispensable para el cambio. Si no tardaremos más porque es importante que pongamos un alto al abuso del que cree que puede imponer su criterio por encima de los derechos fundamentales de la persona.

En la semana, Carolina Garza Guerra, diputada panista del Congreso Estatal de Nuevo León, insistió en que “las bodas gays son contra la naturaleza (SIC)”. La funcionaria, que goza de un alto salario pagado también con los impuestos de personas homosexuales, billetes que por cierto no discrimina, se niega a dar entrada al tema del matrimonio gay y “los que quieran casarse deberán seguir viajando a Saltillo”. Y es que la capital de Coahuila, a una hora de carretera de Monterrey, cobija al igual que la Ciudad de México a homosexuales y lesbianas que deciden formalizar legalmente su unión.

Garza Guerra es, por supuesto, colaboradora del periódico El Horizonte, rotativo regiomontano que el pasado 17 de mayo, Día Nacional de la lucha contra la Homofobia, calificó desde su editorial general a los homosexuales como “desviados”.

Pero las cosas ya se están moviendo: 48 parejas de lesbianas y homosexuales interpusieron un amparo federal para lograr que se les reconozca su derecho a contraer matrimonio. El fallo está en veremos, si bien es importante recordar que la Constitución, la Carta Magna que rige a nivel federal, estipula desde el 2011 que no podrá discriminarse a ningún ciudadano por motivos de su preferencia sexual (entre muchas otras situaciones) y el problema de orden legal reside en las legislaciones estatales.

El politólogo Guillermo O´Donnell insistía en que no hay peor pobreza que la pobreza legal, porque entonces no se tienen ni siquiera derechos. Pues en Monterrey existimos lesbianas, homosexuales, algunos con posgrados y trabajos “respetables”, que pagamos impuestos puntuales y hacemos alto en el rojo del semáforo, que sorteamos las líneas de pobreza material pero vivimos en la pobreza legal. Y eso no va a cambiar hasta que las instancias correspondientes tengan atribuciones para hacer cumplir las leyes contra la discriminación. Esto no va a cambiar hasta que pasemos a una ciudadanía más activa, no sólo homosexuales y lesbianas, sino toda la sociedad porque esto no se limita a un asunto de orientación sexual, abarca la aceptación del otro como persona con el derecho inalienable de ser diferente. Esto no es un asunto de homofobia cruda y real, adquirida o de clóset (qué también existe y también es dañina), es un tema de derechos fundamentales.

Todos somos seres humanos (si queremos ser menos cursis, todos somos ciudadanos mexicanos, protegidos por la Constitución, o ciudadanos del mundo, defendidos por los Derechos Universales) y los derechos fundamentales son de todos. Esto no va a cambiar hasta que empecemos a educar desde la casa y desde la escuela; exigirle a los medios y a sus contenidos a respetar al diferente y por supuesto, encontrar la forma de que los discursos dejen de ser buenas intenciones y las leyes pasen de letra muerta a escudo vivo para que el respeto sea la norma y no la excepción.

A nuestros políticos les encanta repetir el lema del Benemérito de las Américas, Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz” pero intentan dar cátedra de cómo vivir. Monterrey tiene muchas cosas buenas, pero puede ser una ciudad mucho mejor, un lugar donde el dinero no compre la paz de unos a expensas de otros  y la educación sirva para pensar también en el prójimo, diferente o no, porque de eso se trata vivir en sociedad, en una sociedad incluyente, que es la única que evoluciona, porque ya está claro que el dinero no es lo único que importa.

(*) Periodista mexicana. Tiene una maestría en Análisis Político y Medios de Información EGAP ITESM y es licenciada en Ciencias de la Comunicación. Ha trabajado como reportera, fotoperiodista y editora en medios como El Porvenir, El Diario de Nuevo Laredo, Indigomedia y Milenio. Ama el café caliente.

Foto: Renzo Salazar 

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