Por Elena Miranda (*)

¿Cómo podemos hablar de un periodismo sin discriminación a la población LGTBIQ si en muchas salas de redacción este tipo de discriminación está prácticamente institucionalizado?

Desde el practicante hasta el director de un medio de comunicación están involucrados en una burla y marginación a sus propios colegas por el simple hecho de ser diferentes.

Cuando hablo de estar involucrados no solo me refiero a aquellos que se burlan del periodista homosexual sino a aquellos que callan pero que, al escuchar, se vuelven cómplices de la discriminación, ya sea porque tienen vergüenza de expresar su punto de vista, por temor a que también los vuelvan blanco de sus burlas, por timidez o porque es más fácil no manifestar nuestro desacuerdo.

El silencio es cómplice de la discriminación. Recuerdo una conversación en la
sala de redacción de un medio de comunicación que alberga a más de un centenar de periodistas, además de diagramadores, correctores, entre otro personal.

El tema de conversación entre un grupo de directores, editores, redactores y practicantes era la lista de los “raros”, porque son muy pocos los que se atreven a llamarlos directamente homosexuales, población LGTBIQ, etc.

“Uy, son como 20”, dijo uno de los periodistas, mientras que otro los iba enumerando con los dedos y nombrándolos con apodos que provocaban la risa de los oyentes. “Y ese hasta se atreve a usar cartera”, “Ese es más solapado”, “¿Ese también es?”, “Qué guardadito se lo tenía”, “Uy, no, y yo que siempre hablo con él. Debo tener cuidado de que no se me pegue mucho”, “Y esa parece, pero está dudosa”, “Cuidado, que eso contagia”, eran algunos de los comentarios.

Nadie hablaba de lo buen o mal profesional que era ese o esa periodista. Nadie
mencionaba sus investigaciones, sus premios, sus metidas de pata. No. Su rótulo solo tenía que ver con su orientación sexual y el común denominador era pensar que ser “raro” es sinónimo de depredador sexual, de alguien que siempre está buscando “tirarse” a otra persona. “Con razón se acerca a tal periodista”, “Por eso anda detrás del suavecito“, etc.

Sin querer, yo formaba parte del grupo, pues estaba al lado escribiendo en mi  computadora. Crucé miradas con otra periodista con quien parecía compartir mi  desacuerdo con la conversación, pero nos quedamos calladas. No nos atrevimos a ir contra la corriente en ese momento, aunque lo hagamos en otras circunstancias y con otras personas.

Y sentí rabia contra mí misma, por guardarme todas esas cosas que quería decirles sobre ese periodista que ganó el premio de la redacción por el mejor reportaje del mes, pese a que se atreve a usar cartera, sobre ese diagramador que les soluciona los problemas con sus páginas como ningún otro lo hace; sobre ese periodista calladito, pero muy eficiente que, según los “normales”, cree que nadie se da cuenta de que “es”, pero todo el mundo ya lo sabe; sobre ese novel reportero estigmatizado por ser amable y considerado con los demás y que escribe mejor que todos los de su generación, sobre esa periodista que no usa maquillaje, que no muestra sus curvas y que se atreve a pelearse con quien sea con tal de hacer buen periodismo.

La mayoría de estas burlas y comentarios los hacen a espaldas de “esos” periodistas, pero hay otros que los dicen delante de ellos, sobre todo cuando los conocen hace varios años y hay “confianza”.

En este último caso, los aludidos callan o fingen una sonrisa condescendiente. Aprenden a burlarse de sí mismos. Es por eso que muchos “raros” no hablan mucho con los demás periodistas, sobre todo con aquellos que se burlan de los homosexuales en voz alta, aunque también están los que se guardan sus prejuicios, pero que se quitan la careta en determinadas circunstancias.

¿Qué hacer para combatir la discriminación en las salas de redacción? Solo sé que no debemos quedarnos callados, que alguien tiene que decirle a ese director, a ese redactor, a ese practicante y a todo el mundo que tener otra opción sexual no te hace menos que ellos. Y no solo basta hablar o escribir, sino demostrarlo con acciones. Y ese alguien puedes ser tú, yo, nosotros.

La marcha a favor del proyecto de Ley de Unión Civil en el Perú fue un motivo para que algunos periodistas dejemos el silencio a un lado. No fue fácil mostrar públicamente en las calles mi apoyo a la población LGTBIQ porque además de ser tímida, me refugiaba en el cuento de que los periodistas debemos ser imparciales y cubrir las marchas, pero no ser parte de ellas, pero lo hice porque considero que todos y todas debemos disfrutar de los mismos derechos.

No fue fácil decir a mis familiares, amigos, vecinos y periodistas que yo estuve en esa marcha y que fui con mi hija, mi madre y mi hermana, pero lo hice, a pesar de las miradas de desaprobación con las que me respondieron. Nada de eso importó cuando mi hija de siete años vio la marcha en la televisión y los periódicos y me dijo orgullosa: “Mami, nosotras estuvimos allí, formamos parte de esa lucha”.

Así que si queremos combatir la discriminación a la población LGTBIQ, primero empecemos por casa: por la sala de redacción, por nosotros mismos.

(*)  Es periodista de los diarios Correo y Ojo, en Lima, Perú. Ha trabajado en los diarios Perú 21, La República y Liberación y colaboró en el blog Clasesdeperiodismo.com. Forma parte de nuestro consejo asesor. Se ha comprometido en la lucha contra la discriminación dentro y fuera de la sala de redacción.

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