Por: Juana Gallegos (*)

El director de cine Javier Fuentes-León fue el estudiante de medicina que en realidad no quería pasar el resto de su vida como médico. Arrastró por años “eso del cine”, esa locura que estaba dormida pero que le terminó por ganar cuando hacía sus prácticas en un hospital limeño.  Abandonó la carrera a los 26 años, ganó una beca para estudiar cine en el California Institute of the Arts y se fue a Los Ángeles, Estados Unidos, a construir su futuro. Las montañas californianas no sólo fueron el escenario del nacimiento de un gran director también fueron el espacio en el que Fuentes-León se sintió en libertad para aceptar su homosexualidad.  Javier, de 46 años, estuvo de paso en Lima. Se hospedó en la casa de sus padres en Miraflores mientras promocionaba su segundo largometraje, el thriller psicológico El elefante desaparecido (2014). Contracorriente (2009), su primer filme, ganó 53 premios, se estrenó en una veintena de países, fue traducido al chino, al portugués y a otras lenguas.

¿Es cierto que te dio un ataque de ansiedad antes de rodar Contracorriente?

No quería levantarme de la cama. Había luchado tanto tiempo por el financiamiento de la película que cuando me dijeron ya vamos, dije ¿en serio? Yo era la persona con menos experiencia en un rodaje, todos habían hecho cine antes. A parte, Contracorriente era una historia muy personal. Yo no sabía cómo iba a reaccionar el equipo de producción ante las escenas de amor entre dos hombres. Yo era el único gay, creo que había uno más pero de sesenta que éramos. No quería bromitas ni risitas. Pero al final se trabajó muy bien y con profesionalismo.

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Necesitaste irte a Los Ángeles para reconocer tu homosexualidad… ¿En Lima no hubiera sido sencillo?

Yo me fui a Los Ángeles a estudiar cine no ha “salir del clóset”.  Claro, se hace más fácil cuando estás lejos. Vamos a decir las verdades, Lima, en general el Perú, no es una sociedad abierta. Es mucho más fácil ser uno mismo donde no hay presión. Lejos. Si hay una cosa que me gusta de Estados Unidos es que te puedes reinventar porque allá la gente no vive pensando en que te comportes de una manera particular.

¿Vivías con mucha presión acá?

Yo he crecido tratando de ser el niño bueno, el correcto. Es una presión que uno se va poniendo. Yo era gay y estaba escondiendo esta parte por temor a ser rechazado. Creo que mucha gente esconde cosas por miedo a ser ridiculizado. Es muy fuerte con las mujeres, por ejemplo, a cierta edad se espera que sean esposas y madres aunque ellas no quieran… pero eso está cambiando eh… tampoco quiero decir que Lima sea una sociedad retrógrada.

¿Por qué estudiaste medicina si te gustaba tanto el cine?

En el mundo en el que yo crecí hacer arte no era una opción. No había ningún artista en mi colegio. Sólo Pelo Madueño era el único que iba a ser músico. Era el caso raro. No era infrecuente en mi generación, gente que estudiaba una carrera porque era lo que se esperaba: ser profesional  -abogado, médico, arquitecto- sacar el título, casarse. Ese tipo de mentalidad que funciona para la gran mayoría. El arte era un hobbie para un hombre.

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Foto: Melissa Merino

Dijiste en una entrevista que todos los que guardamos un secreto, por ejemplo la homosexualidad, o algo que no queremos mostrar en sociedad, vivimos con un fantasma adentro, conversando con una voz interior como en Contracorriente…

Contracorriente fue una obra de teatro. Se llamaba  La cocina de Mariella y era la historia de un pescador casado con una mujer a punto de tener un bebé y que tenía una amante que era la prostituta del pueblo. Ella se ahogaba en el mar y regresaba a pedirle que buscara su cuerpo y la hiciera descansar sino iba a matar a su bebé. Era una historia macabra… Yo escribo esto en Los Ángeles, mi proceso de aceptación como gay sucedió allá y pensé que la historia podía ser más interesante y más allegada a mí si cambiaba el sexo de la amante y se convertía en un hombre. Me pareció potente la metáfora del gay como fantasma en nuestra sociedad, como el oculto, el invisible, como al que hay que esconder.

En la película también hay una cierta burla al estereotipo  de lo que debe ser un hombre y lo que debe ser una mujer…

Por eso la dirigí en clave de melodrama. La telenovela le ha hecho mucho daño a Latinoamérica. Les ha hecho creer a las mujeres que son cenicientas que conseguirán al hombre de sus sueños que les arreglará la vida (…) En una escena de la película, la protagonista le cambia la telenovela al canal de fútbol a su esposo cuando se entera que ha estado con otro hombre. Hago una especie de crítica a esta visión tan machista. Ser hombre en esta sociedad todavía significa ser el fuerte, el pendejo, el que debe tener varias mujeres. El que debe ver fútbol.

Escribiste primero el guión de El elefante… y paraste por empezar Contracorriente… 

Pensaba grabar El elefante… en Los Ángeles, se iba a llamar Pear blossom highway, al igual que un collage de fotografías de David Hockney que vi en el museo Guetti. En realidad la película es una metáfora al proceso de escribir, no sólo es un thriller de suspenso. Lo que hace un escritor es armar un collage de una serie de cosas de la realidad: te robas la conversación de alguien y le haces un zoom o completas una conversación que no pasó en la realidad. Escribir es robar y crear una realidad.

Como tu película, este año se programó el estreno de otras 24. ¿Tenemos una industria cinematográfica? 

No. No somos ni Argentina ni siquiera Colombia. El elefante… fue financiado por una  fusión del apoyo del Estado, Promperú y la empresa privada. Lo que falta es una ley con visión de usar el cine para exportar la imagen del país y de crear una identidad propia, que el cine sea un espejo para que los peruanos se miren (…)  Hay una miopía enorme de los gobiernos: dejan la cultura de lado o piensan que la cultura son sólo ruinas.  Y sí, somos un país bendecido con una cultura histórica increíble pero a la vez tenemos una cultura viva: el cine, la música, el arte en general que no es apreciada.

(*) Redactora del suplemento Domingo del diario La República de Perú, aprendiz de cronista y dueña de una planta carnívora.

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