Adiós y hasta siempre…

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Por Ferchuu Chaves (*)

Martes 27 de abril del 2010, 7:30 AM. Como todas las mañanas su madre golpea la puerta de la habitación, no sabe que no puede oírla. Golpea unas veces más y al no obtener respuestas, abre la puerta y grita, se desploma sobre el suelo.

Todo comenzó meses atrás. La familia Miller era una familia tipo: Madre, padre y dos hijos. El señor Miller era teniente general en la fuerza aérea argentina, era un hombre muy estructurado, de ideas claras, siempre serio y con una imagen envidiable. La señora Miller, era ama de casa, muy afectuosa con sus hijos y sumamente creyente. Para los señores Miller la educación católica era un pilar fundamental en la vida de sus hijos. Tomás , el hijo mayor de 22 años, era estudiante de abogacía, excelente en las prácticas deportivas y el hijo ejemplar. Nicolás, de 18 años, iba al colegio Milton, era amante de las artes dramáticas, aspiraba a ser un gran actor algún día y vivía bajo la sombra de su hermano mayor.

Nicolás siempre había sido diferente a su hermano, y por esa razón sus padres continuamente lo juzgaban y culpaban de cualquier comportamiento considerado fuera de lugar con la frase “por qué no serás como tu hermano”. El señor Miller era el más severo. Constantemente mostraba a sus hijos lo bueno de la vida militar, la educación católica e insistía en tener asegurado el futuro de sus hijos en la fuerza aérea. Pero Nicolás, tenia otros planes para su vida. Quería estudiar artes dramáticas sin importar lo que sus padres pensaran.

La vida de los señores Miller se había cruzado en la adolescencia. Se casaron a muy corta edad y creían fervientemente en el amor para toda la vida. Tomás, el hijo ejemplar, estaba de novio hacía varios años. Pero Nicolás nunca había llevado a su casa a ninguna chica. Todos sabían que él era muy diferente a su hermano y constantemente lo cuestionaban porque no era igual a el. El hijo menor no hacia caso a los cuestionamientos diarios de su familia y entorno, decía no importarle, pero por dentro no podía comprender la razón por la cual no lo aceptaban tal como era.

La mayor diferencia entre estos dos hermanos era que a Nicolás le gustaban los chicos, y eso iba en contra de lo que siempre le habían enseñado en su casa. Nunca se lo había dicho a nadie. La vergüenza y lo que seria la decepción a sus padres lo habían llevado a ocultarlo siempre. Pero su familia vivía con una venda sobre sus ojos, veían lo que tenían ganas de ver, nunca lo iban a notar. En el colegio, era muy difícil ocultarlo. Por más que no lo dijera, todos lo sabían y hacían de su vida un verdadero calvario. Era víctima de bullying escolar y virtual, todos se burlaban de él. Ir a clases era cada vez peor, y no deseaba otra cosa que terminar lo antes posible. Al llegar a su hogar fingía que todo era normal, que su vida era igual a la de cualquier otro adolescente de su edad, pero no era así. Tenia un solo amigo al que nunca le había contado su verdad, por miedo al rechazo. Era consciente de la homofobia que lo rodeaba. y eso hacía que cada vez se sintiera más y más solo.

Día a día la vida era más difícil para él. Todavía vivía con la confusión y el miedo. Confusión sobre quién era, si estaba bien lo que sentía o, como decían sus padres, la homosexualidad era una enfermedad. Y miedo por temor a perderlo todo cuando su verdad saliera a la luz. Pensaba en qué diría su familia si supiese la verdad, qué pensaría su único amigo, Marcos, cuando se enterara de todo ¿Lo aceptarían?

Por dentro, creía que podía engañar al mundo y seguir fingiendo. Pero al pasar los días tenía cada vez más miedo de lo que pudiese llegar a ocurrir. Vivía fingiendo ser alguien que no era, y lo único que lograba era engañarse a si mismo. Se sentía ahogado, encerrado, como si no pudiese salir. Era como si la sociedad lo estuviese obligando a adecuarse a un molde en el que, simplemente, no encajaba.

Una mañana, después de toda una noche pensando y sin poder aguantar más la situación cotidiana, se levantó decidido a contarle todo a su amigo. Estaba aterrado por lo que pudiese llegar a decir o pensar. Pero sabía también que hablar con él era una forma de sacarse un peso de encima y sentirse más liberado.

Más tarde, ese día, cuando se cruzaron en el colegio, Nicolás apartó a su amigo a un costado y le confesó su verdad. Marcos quedó anonadado y sin poder hablar por unos minutos. Cuando pudo hablar, lo miró y dijo: “No puedo creer haber tenido un amigo puto tanto tiempo y no haberme dado cuenta antes”. Luego de eso, se marchó y nunca más volvieron a cruzar palabra.

Perder la única amistad que tenía, fue quedar solo totalmente. Nadie lo entendía ni lo escuchaba. La tristeza y la desolación se apoderaban de su vida diariamente. En el colegio, todos los días era golpeado, agredido, abucheado. Seguidamente, en su casa, las páginas de Internet reflejaban la homofobia que lo rodeaba mediante burlas y páginas web que lo ridiculizaban. Su vida se había convertido en una verdadera tortura. Fingir era un hecho diario, una sonrisa tapaba la tristeza de su interior, como un dedo que intenta tapar el sol.

Una noche, no aguantó más y encerrado en su cuarto rompió en llanto. Era tarde, todos dormían, pero Nicolás no contaba con que su hermano mayor llegaría de estudiar. Al entrar en la casa, Tomás, escuchó el llanto de su hermano y, entrando en su habitación, preguntó que ocurría. Nicolás no quería decirlo, temía que sucediese lo mismo que con su amigo. Tomás le pidió que confiara en él, que lo iba a entender y que lo apoyaría sin importar lo que tuviese que decir. Nicolás decidió contar la verdad y, para su sorpresa, su hermano le dijo que lo sospechaba pero que no se animaba a preguntárselo y le aseguró que lo ayudaría con la difícil tarea de contarle a sus padres toda la verdad.

Desde aquel día, Nicolás se sintió mucho más acompañado y su relación con su hermano mejoró notablemente, pero eso no quitaba lo miserable de su vida cotidiana, ni las burlas e insultos diarios por parte de todos los que lo rodeaban.

Con el pasar del tiempo, los señores Miller notaban la mejoría en la relación de sus hijos y eso los hacía estar muy orgullosos de la familia que habían conformado. Al ver el notable cambio de humor en sus padres, Tomás y Nicolás decidieron que era el mejor momento para contarles la verdad acerca del menor de los dos.

Era domingo al mediodía, y toda la familia se encontraba almorzando en el patio trasero de la casa. Tomás, ya que era el hijo ejemplar, decidió preguntar a su padre qué haría en el hipotético caso de tener un hijo homosexual. El señor Miller respondió automáticamente, sin pensarlo un segundo, que eso a él no podía ocurrirle ya que sus hijos habían tenido una muy buena educación, y agregó que los chicos homosexuales eran resultado de familias ausentes y que carecían de educación y fe en Dios. Su madre se sumó a lo que había dicho su marido, y alegó que los homosexuales eran cobardes, afeminados.

Para Nicolás, cada palabra pronunciada por sus padres había sido un puñal que clavaban en su pecho una y otra vez , sin detenerse. Y cada nueva puñalada causaba un dolor profundo muy difícil de soportar. Sin decir palabra, decidió levantarse de la mesa y corrió a su habitación, seguro de que no diría nunca la verdad. Su hermano, corrió tras él y trató de convencerlo de que era el momento adecuado para contar todo. Luego de veinte minutos, de varios intentos para que dijera todo y de que sus padres, sin saber lo que ocurría, comenzaran a llamarlos, Nicolás decidió contar su verdad.

Regresaron a la mesa y el menor de los dos, fingiendo estar seguro de lo que hacía, le confesó a su padre su gran secreto. Acto seguido, se hizo un silencio en la mesa, la cara de su padre aún estaba en shock, su primer reacción fue abalanzarse sobre él y querer pegarle. No podía creer que aquellas palabras hubiesen salido de la boca de uno de sus hijos. Cuando lograron separarlos, su madre le dijo que estaba condenado al infierno, y su padre insistió en que no creía de que se tratara de una elección ni de algo natural, sino de una verdadera “abominación asquerosa”.

Esas fueron las ultimas palabras que le dijo el señor Miller a su hijo menor. Luego de eso no volvieron a hablar. La señora Miller lloraba diariamente preguntándose qué había hecho mal e insistía en que todo era una pesadilla.

Si todo en la vida de Nicolás había ido mal hasta ese momento, desde aquel día todo fue peor. Sentía que su vida no tenía sentido. No tenía amigos, su familia no lo apoyaba, el único era su hermano y eso no evitaba lo malo que le sucedía fuera de casa.

Pasaron meses y nada cambiaba. Una noche, solo en su habitación, comenzó a escribir un carta donde pedía perdón a sus padres por no poder evitar lo que sentía, confesando y contando que había sido perseguido, agredido y marginado por todos los que lo rodeaban. Finalizó la carta diciendo que lamentaba  haber llegado a esas instancias, pero creía que no había otra salida. y con un “Adiós y hasta siempre” firmó su carta de despedida.

…Su padre escucha un ruido en la habitación y corre. Al llegar, trata de no llorar pero las lágrimas brotan de sus ojos. Su madre recupera la conciencia y llora, lee la carta, tirada en el suelo, y sus últimas palabras resuenan en su cabeza “Adiós y hasta siempre”. Se arrepiente de haberle gritado, de haberlo rechazado y de nunca haberlo apoyado. Su padre llama al 911, y con el cuerpo temblando, se pone a pensar en todo el tiempo que pasó sin hablarle, en la forma en que lo trató, y las lágrimas no dejan de caer.

Mientras llega la ambulancia, la señora Miller avisa a Tomás. Al ver a su hermano así, se encierra en su cuarto, enojado consigo mismo por no haber podido hacer lo suficiente para ayudarlo, golpea la pared, no puede aceptar que Nicolás ya no está.

Más tarde, avisan a la escuela lo sucedido, nadie lo puede creer, todos están en shock. El chico que lo maltrataba, se culpa a sí mismo. El grupo compañeros que lo agredía en el recreo se señala, unos a otros por lo ocurrido. Los profesores también se culpan por no haberlo defendido ni ayudado nunca y Marcos por haberlo rechazado, no haberlo entendido y no haber estado cuando él más lo necesitaba.

Desde ese día, Tomás tiene problemas para controlar la ira, tiene ataques de violencia. El señor Miller, está deprimido, no habla con nadie y solo va del trabajo a casa cada día. La señora Miller se culpa cada segundo y pide a Dios regresar el tiempo atrás para poder tratar a su hijo de otra forma.

 

(*) Estudiante de periodismo en TEA y guía del Centro Ana Frank Argentina. Amante de los libros y la escritura.

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