Lima, 20 de diciembre de 2013

Verónica, mi Verónica

He dudado mucho antes de escribirte. Tres años y medio no pasan sin dejar huella, yo he cambiado y seguro que tú también. Pensarás que inicié una relación, que tengo un amor fuerte y sólido, o que me marché del país. Quizás crees que estoy haciendo la vida que había soñado cuando en el malecón de Chorrillos te contaba mis planes de hacer una revista, de dejar el periódico y estar de freelance por un tiempo. Nada de eso ocurrió, Verónica. Sigo en la misma redacción, editando notas cada vez más pequeñitas, dicen que el diseño actual pide notas chiquitas y que la gente no lee. Yo simplemente hago mi trabajo, ocho horas al día, sin urgencias y me marcho a casa, la misma casa de donde te fuiste una noche con apenas una mochila de libros. Solo que esa casa cambió drásticamente.

¿Dónde he estado? Es posible que ya no te lo preguntes, pero recién ahora me atrevo a escribirte. No sé cómo comenzar. Siempre he tenido esos problemas para empezar a decir la verdad y aunque esta carta sea breve te aseguro que pasaré muchas horas intentando explicar lo que me pasó, las razones que me llevaron a pedirte que te fueras y que dejes de amarme.

No me creerás, pero no ha habido noche lejos de ti, de nuestros recuerdos, de tus caricias y de todo lo que me diste en cuatro años juntas. Escribí un libro bastante cínico de mis aventuras amorosas, más ficción que realidad. Y ahora estoy escribiendo uno sobre la maternidad. Ya a estas alturas te preguntarás qué hago escribiendo de la maternidad cuando nunca quise tener niños.

Verónica, eso creía yo. Yo creía que no estaba hecha para ser madre, pero un año antes de pedirte que rompiéramos me llené de culpa por algo de mi pasado que me hundió en esa pena que no entendías y que nunca supe explicar.

La historia es así. Yo tenía 17 años y todavía me creía heterosexual. Fue en esa época que conocí a Viviana, la que fue mi primera jefa. ¿Recuerdas que me enamoré desde que me senté en su oficina para escuchar sus órdenes? Fue en esa época que mi novio y yo todavía seguíamos teniendo sexo. Me costaba mucho llegar a la cama con él y prefería beber para complacerlo. No tenía idea de cómo decirle que ya no me sentía plena a su lado. Mientras cada sábado me metía a su cama, Viviana y yo empezábamos algo, o eso creía yo. Fue en esos días que me embaracé. Mi mundo se derrumbó apenas recibí los análisis, mientras él me comía a besos. Quería ser papá y yo quería morirme.

No quería tener ningún hijo y decidí abortar. Él no compartió la idea, y me rogó hasta el último momento. Yo solo recuerdo que entré a una clínica de la avenida Aviación, pagué unos 200 dólares y me puse en manos de un doctor que parecía un carnicero. Y en verdad eso fue, una carnicería. Yo salí de la clínica, consultorio o habitación hedionda sin culpa. Me sentía vacía, rota, pero liberada. Nunca te lo había contado. Rompí con mi novio, me acepté lesbiana y me enamoré de otra persona que no era Viviana. ¿Te acuerdas de Martha? Sí, Martha, mi primera pareja mujer. A los meses de relación, la pena se instaló en mí. Todas las noches soñé con el hijo que había perdido, o que me había extraído del cuerpo para seguir mi vida. Fueron meses de dolor. Creo que Martha y yo nos abandonamos por esa culpa que me impedía tener paz. No lo sé. Yo tuve una vida loca. Me la pasé de fiesta en fiesta, de borrachera en borrachera para no pensar. Alejandro, mi hijo, era una presencia muy fuerte. Lo soñé cada noche, incluso cuando estaba durmiendo con alguien, o cuando apenas me podía parar de lo colocada que estaba con las drogas que consumía en ese tiempo. Muchos años después, el recuerdo ocupó el lugar de los recuerdos, y yo alcancé cierta paz, pero jamás me lo perdoné.

El último año de nuestra relación, Alejandro apareció en mis sueños, y yo sentí que algo debía cambiar, entonces renuncié a nuestro amor y decidí ser madre.

Me embaracé, no me preguntés cómo, solo debes saber que me embaracé. Y esperé a mi hijo con un amor que no cabía en mí, mi madre estuvo al lado a cada momento. Ella no sabía nada de Alejandro, quizás lo sospechaba, pero no hizo preguntas.

Valentín nació en octubre, el mismo día de tu cumpleaños. Tenerlo en mis brazos fue maravilloso. Era como reconciliarme con la vida, como recuperar a mi Alejandro, y alcanzar el perdón. No juzgo a las mujeres que abortan. Solo juzgo mi decisión porque creo que Alejandro pudo tener una vida a mi lado, y yo no se lo permití por miedo a mi familia, y por un terror absurdo a fracasar como profesional. En verdad el miedo más grande era ser madre y lesbiana, algo que no me parecía correcto. La crianza, la estupidez, qué se yo.

Valentín fue lo mejor que me pasó. Pero un día Valentín se fue. A los tres años, cuando ya me decía mamá, Valentín fue atacado por una rara enfermedad que me lo arrebató en pocas semanas.

No creo en Dios, lo sabes. No creo que sea un castigo, ni nada parecido. Creo en Alejandro, que seguro no hubiera querido este final.

Te escribo solo para decirte que mientras cuidaba a Valentín con ayuda de mi madre me preguntaba si tendría valor para buscarte y presentarte a mi hijo, y decirte que juntas podíamos darle un hogar. Tenía la seguridad de que aceptarías, y que me habrías recriminado mi absurda decisión de alejarte.

Alejandro y Valentín  son parte de mi vida, de mi presente, y no sé bien cómo vivir con estas ausencias. No encuentro explicación para mi cadena de errores. No logro superar esto que ha pasado. Cada vez que veo a un niño como Valentín me quiebro de dolor. Extraño su risa, su carita, sus ojos, y lloro donde pueda. Me decía ma, no mamá. Me decía Chis, en lugar de Cris. Su voz era suavecita, y era el niño más tierno del mundo. Cuando veía a la gata le decía miau y la gata lo ignoraba, ya sabes como es la gata.

¿Por qué me alejé de ti? Pensé, amada Verónica, que Valentín no se merecía una mamá lesbiana, y aunque no pensaba darle un papá, se me ocurrió que como madre soltera él se sentiría mejor. Me equivoqué otra vez. Valentín como Alejandro habrían sido muy felices en nuestro hogar.

No creo que quieras volver a casa después de tanto tiempo. Solo he querido escribirte porque no podía seguir callando.

Te amo, Verónica.

Como el primer día que llegaste a mi vida, y me besaste para no irte hasta que yo te dije adiós.

Te amo, mi Verónica.


Madre Lesbiana

Lima, 30 de diciembre de 2013.

Estimada Cristina.

Soy la madre de Verónica y aunque siempre estuve al margen de sus cosas decidí abrir la carta. Ya no llegan cartas a esta casa, ya no llegan cartas a ninguna casa, con esto del Internet.

Te respondo porque creo que Verónica lo hubiera hecho. Verónica ya no está con nosotros, querida Cristina. Lamento sumar más a tu dolor, pero hace seis meses nuestra Vero falleció. No sé si sirva de algo decirte que durante sus últimos días me habló de ti, entonces me enteré de que no eran amigas sino pareja. Creo que siempre lo supe, y no entiendo por qué ella guardó silencio, y vivió esa doble vida, si yo estaba lista para aceptarla, protegerla y apoyarla.

Verónica murió de un cáncer al seno, el maldito cigarro digo yo. El cáncer es así, devastador. Verónica sufrió mucho por esa enfermedad y por sus silencios. Cuando ya sintió la muerte cerca me contó lo de ustedes, y también lo de Valentín. Ella sabía que lo habías tenido y también supo de su muerte. Me dijo que no se acercó porque no tenía valor para irrumpir en tu vida, incomodarte. Me mostró una foto de tu hijo. Creo que se la tomó en alguna parte, la tenía en el celular, no sé cómo la consiguió. Yo conservo la foto. Valentín está en brazos de su abuela en el parque de tu casa. Me imagino que Vero fue muchas veces por allí, no llegó a decírmelo. La cosa es que yo bajé la foto a mi computadora.

(No sé como aprendi esto del Internet, quizás porque me la pasé buscando una cura para Vero. Y ahora mismo me cuesta escribirte a mano. Yo mando emails y creo que tú también, no importa).

Me dolió mucho que ella no me dijera su verdad. Nada hubiera cambiado porque dicen que el destino está escrito, pero al menos habría podido acompañarla cuando regresó a casa y se encerró para solo salir abrumada por el dolor en el seno. Así se murió nuestra Verónica, tu Verónica, mi Verónica.

Ella me contó, con la voz cada vez más frágil, que tú la querías mucho, y que habías sido lo mejor de su vida hasta que decidiste romper. Ella también sabía lo de Alejandro. Me parece que leyó unas notas tuyas, ¿por qué tu tenías un diario, verdad? Verónica entendió tu decisión, la respetó y me dijo que hasta el último minuto estaba esperando tu llamada. Pero nunca llamaste y la vida no le alcanzó para seguir esperándote. Como su madre que soy sé perfectamente que si Dios le hubiera dado vida ella estaría ahora acompañándote, abrazándote y secando tus lágrimas. Mi Vero era un amor, y no tenía rencor.

Alejandro, Valentín y Verónica son ahora nuestros ángeles. Me dijo que no creías en Dios y lo dice tu carta. Yo soy creyente. Y respeto a los que no lo son, pero tus niños y mi hija estarán cuidando tu soledad.

Verónica me dijo que si alguna vez te ubicaba te pidiera que no te quedaras sola, que la soledad era muy fea y dolorosa. Te lo digo con todo el amor de madre despojada, como tú ahora.

Ojalá respondas mi carta, te animes a tomar un café y acompañarme al cementerio. Creo que podemos ir a visitar a Verónica, y a Valentín. Alejandro es una estrella, y nos guiará.

Solo me queda darte las gracias por el amor que le diste a mi hija. Renunciar a ella fue doloroso, pero ella te lo perdonó y yo no tengo nada que juzgar.

Cristina, eso de que Dios sabe lo que hace y que la vida por algo nos pone pruebas suena bastante tonto cuando uno tiene la herida abierta. Sin embargo, con todo respeto y amor te pido que te levantes, y pienses en la sonrisa del hijo que tuviste en tus brazos. Te cuento un secreto. Cuando Verónica se mudó con la amiga que eras tú ella estaba dichosa. Llegaba a casa los domingos para desayunar y era toda felicidad, todo chiste, todo abrazos hacia mí. Yo sabía que era el amor, el amor no se puede esconder. Ese rostro recuerdo yo y sé que Verónica no me quiere triste. Ese rostro de mi Vero enamorada y completa me ha hecho levantarme. Hazlo tú también.

Abrazos largos, como esa página de Facebook que no sé de qué trata.

Ana

 

Fotos: Renzo Salazar 

Dejar respuesta