México es un país sumamente complejo: los más de cien millones de habitantes de 31 Estados y un Distrito Federal compartimos historia general pero reivindicamos tradiciones particulares, hablamos español pero dialogamos diferente y si bien hay lugares comunes para todos, no todo el imaginario cultural es positivo: hay ciertos prejuicios que parece que nos viene de los genes, engendrando una discriminación que lesiona a individuos en todos los sectores de la sociedad.

Estos prejuicios responden a los usos y costumbres replicados por generaciones en todos los estratos de una sociedad forjada de la mano de la religión católica (que no ha destacado en la historia por su lucha a favor de la mujer). Colonizados por españoles siglos atrás, conquistados por la espada y la Santa Cruz, la generalidad de los mexicanos tenemos como referencia a la Bandera y a la Virgen de Guadalupe (no necesariamente en ese orden) como signos de identidad.

Ciertamente, las cosas han cambiado, un poco. Hay quienes aseguran que los casos de pederastia en la institución religiosa han contribuido a disminuir las estadísticas de los declarados católicos practicantes (83.9 por ciento en 2010 contra 90.4 por ciento en 1990 según nota) y el divorcio ya no es visto como un tabú en la sociedad mexicana, a pesar de que la jerarquía católica insista en catalogarlo como acto inmoral. Pero con sacerdotes como José María de la Torre, obispo de Aguascalientes que insisten en pronunciarse en contra del libre albedrío del ser humano, cobijado por organismos sin facultades para sancionar tal exhibición de homofobia, falta mucho, mucho por cambiar. Pero el cambio está en marcha.

EL AYER Y EL HOY

En 1997 inicié mi carrera universitaria y tardé más en encontrar mis aulas asignadas que en enterarme de Ana Karla. Así se hacía llamar un muchacho, afeminado, cuya matrícula insistía en que su nombre era Israel. Pero a él le gustaba más Ana Karla y se sentía feliz pidiéndonos labial. Pero era una aguja en un pajar: una aguja que había encontrado la manera de sobrevivir a las burlas y al acoso de los demás aceptándose a sí mismo. Pocos lo lograban en esa época, aún y que estudiábamos en la Facultad de Ciencias de la Comunicación, ser gay o lesbiana era tabú y motivo de rechazo; si lo contabas a los amigos, ellos “te aceptaban” casi como un favor, pero no todos te defendían y muy pocos se mostraban cómodos de que estuvieras “fuera del clóset”. Ser “gay friendly” no era trend topic, no era algo “in”.

Por cuestiones que casi nadie entiende, después de quince años de periodista y una maestría, regresé a sentarme en los salones de universidad, esta vez en el área médica. Por supuesto, el primer día que entré a la clase, los muchachos que aguardaban al profesor se incorporaron en sus asientos al verme llegar y guardaron silencio pensando que yo dictaría el tema. El desconcierto en sus imberbes rostros fue inolvidable, pues al fin y al cabo los más pequeños bien podrían ser mis hijos. Con el paso de los días, dejaron de hablarme de usted y comenzaron a tutearme y a contarme. Me reconocí en sus ganas y me desconocí en sus hábitos: son todos hijos de las redes sociales virtuales. No pueden vivir desconectados. Prefieren perder los libros que el cargador del móvil. Eso es diferente a mis años de estudiante. Eso y que si bien tienen otros retos, viajan con menos prejuicios en la mochila, al menos en lo que a homofobia se refiere.

Una de mis compañeras es tan lesbiana en su Facebook como en su twitter. Me confesó que en su casa trató de hablarlo con su madre pero ella es negó a escucharlo, así que eligió no pelear esa batalla hasta que fuera inevitable. Mientras tanto, disfruta a su novia, quien está tan incluida en su mundo como cualquiera. ¿El resto de los muchachos? Actúa normal. Otra becaria también está fuera del clóset. La leyenda de la becaria casada con una mujer no es tal, es sólo una manera de distinguirla de otras becarias que se llaman igual. Sin más. Ciertamente, a algunos y a algunas no les parece, pero se guardan del ataque directo, so pena de ser acusados –con justa razón- de intolerantes. Para suerte de la sociedad, ser respetuoso es algo “in”.

En lo que a mí respecta, cuando me excusé la semana pasada de no ser voluntaria a una clase por estar en los preparativos de la boda, 48 cabecitas curiosas y sorprendidas se voltearon hacia a mí, preguntando al unísono y entre gritos cursis los detalles. Les dije que me casaba en Saltillo. La mayoría me felicitó. Al terminar la hora, uno de los chavales se me acercó para corroborar si era una boda gay. Le contesté que por supuesto. Me dijo que por favor lo invitara. De hecho, a la fiesta asistieron tres chicos con los que compartí equipo el semestre anterior. Para ellos, normal. Las chavas de la facultad con las que platico, normal. Es común para ellos y ellas tener amigos o familiares fuera del clóset. No los ven como diferentes, no los tratan diferentes. Aunque los muchachos sigan utilizando “gay” como un insulto (y ese tema da para mucho) y aunque el machismo sea mas cruel con ellos en ese aspecto, no se respira la homofobia que asfixió a generaciones atrás.

PORMENORES DE UNA BODA

El cambio, como dije, se está dando.

Cuando marqué a la oficialía en Saltillo pidiendo informes para el trámite de Matrimonio, me recitaron los requisitos. Al apuntar que nos casaríamos dos mujeres, el joven dijo “es lo mismo” de la manera más campechana posible, tanto que la sorprendida fui yo. Hay que reconocer la capacitación del personal.

Al llegar a los laboratorios de análisis clínicos y solicitar un paquete prenupcial, la enfermera fue tan encantadora como puede serlo alguien que te va a sacar sangre, literal. Con aguja en mano, comentó algo del cambiante clima de la ciudad, luego nos pidió los datos y nos deseó felicidades. No sé si hace quince años hubiésemos sido tratadas igual, al rentar por ejemplo, el jardín para la recepción (el dueño se alegró tanto por nosotras, “mi prima se casó en el DF”, nos dijo, contento). La capital del país y Coahuila son, por lo pronto, los dos lugares que permiten el matrimonio homosexual.

En el ámbito personal, las cosas no fueron tan tersas. Los familiares, inoculados con el tradicionalismo religioso, se mortificaron, algunos más que otros. Pero los que fueron solicitados, acudieron, felices. Los amigos, que llegan a ser familia, atestiguaron como nuestros dos hermanos menores, de 23 y 29 años respectivamente, nos llenaban de amor, de elogios y de orgullo, en su discurso de padrinos: “Esta boda es más grande que nosotros, porque nos recuerda que el amor vale por sobre todas las cosas y eso nos da esperanza para construir una mejor sociedad”. Por eso insisto en que el cambio está en marcha.

Y aunque en las calles de Saltillo la gente no dejara de mirar a dos novias caminando presurosas a la oficina gubernamental, una señora joven y su hija que se detuvo para felicitar y prodigar bendiciones; además de un camioncito de turistas quienes, jubilosos, echaron porras y vítores.

No se trata de mi boda, se trata de que el Estado de Coahuila me reconoce el derecho a casarme. Se trata de los amparos que existen en el resto de la República para que todas las entidades igualen esto y que si se viaja sea por gusto, no por obligación.

No se trata de mis recuerdos de estudiante, se trata de los estudiantes de ahora, que crecen respetando y amando al diferente.

No se trata, en fin, de creer que ya todo está hecho. Pero por cada mirada desaprobadora, hay un niño que aprende que está bien celebrar el amor, como quiera que este se exprese. Falta y falta mucho, pero de repente es muy bueno recordar que algo se está logrando, que se hace camino al andar, que se puede, en este país tradicionalista y machista, casarse y aspirar a ser felices, lesbiana o no, gay o no, travesti o no, transexual o no, heterosexual o no. Al fin y al cabo, seres humanos que dicen “si, acepto” con una esperanza común. Una esperanza por la que bien vale la pena apostar.

 

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