El amor que no podía ver la enfermedad 

Victoria García Peña (*)

No tengo idea de cuántos años duró la relación de mis padres. Jamás fui participe de sus aniversarios de bodas, menos de la historia de cómo y cuando se conocieron. Fui fruto de una unión donde la enfermedad del alcoholismo y la violencia doméstica estuvo presente mucho antes de que mi madre fuera fecundada por mi padre.

Durante la infancia escuché las historias contada por mi familia adoptiva sobre como el “bueno para nada” (y otros adjetivos un poco más fuertes) de mi padre golpeaba a mi madre. Crecí odiando a mi padre y culpando a mi madre. En la adolescencia era imposible poder entender cómo una mujer había tenido cinco hijos y había soportado tanto abuso físico y verbal y continuar viviendo en esa relación que nada tenía que ver con el amor a la familia. Cómo era posible de que mi madre soportara los golpes y continuara trayendo hijos al mundo.

Mi historia familiar no era la única. Aunque no se hablaba en la escuela se sabía de dónde uno venía. Y podía darme cuenta de que no era la única niña cuyos padres le habían engendrado en medio de un hogar disfuncional donde la mujer era sometida a golpes de todo tipo por su esposo. Mi padre y mi madre, al igual que muchos de los padres y madres de mis amigos escolares habían sido unidos bajo los ojos de Dios en una unión para toda la vida. Me pregunto si los sacerdotes y familiares que asistieron con alegría a la boda, tenían conocimiento de los golpes a los cuales mi madre fue sometida desde el noviazgo con mi padre.

Como fuera, la historia era de ellos y creía yo, no era mía. Yo no mataba ni una mosca y no permitía que nadie me pegara. Crecí con una parte de esa historia. Me hice adulta y tuve mi experiencia con el amor y las relaciones de pareja (léase también amantes, novias,  y esas otras historias llamadas casuales…).

Educada bajo una dictadura militar la violencia institucionalizada se unió a la violencia doméstica. Porque como ustedes sabrán, no existen dictaduras pacíficas.  Aunque en mi casa adoptiva la política nunca fue objeto de discusión, el bombardeo de represión se instaló en la calle y en la escuela.

Tuve una “desgracia” y fue aprender a leer desde muy niña. Eso me dio la capacidad de analizar y darme cuenta de que el día en qué las Fuerzas Armadas de mi país tomaron el poder algo no estaba funcionando bien. La violencia entró a mi escuela y abrió la puerta de mi salón sin pedir permiso a la maestra, quien a sus 23 años se convirtió en desaparecida. Días después, su foto aparecía en la pantalla del televisor como una terrorista peligrosa que había sido detenida en actos de violencia “Tupamara”. Supongo que esos actos terroristas eran dar clase. Ana, así se llamaba mi maestra, estuvo presa durante 10 años. La dictadura terminó después de 12 años. Mientras, la iglesia Católica, (donde estaba siendo educada) daba comunión a los dictadores, esa misma iglesia que había bendecido la unión del matrimonio de mis padres. O Dios era un pelotudo que se hacía el ciego o la iglesia tenía un Dios que bendecía las armas y los golpes. Como fuera, tanto la educación como la familia como la institución que me hablaba de Dios, esparcía golpes y balas por todos lados.

Crecí con enojo y rebeldía hacia todo lo conocido. La familia, la escuela, la iglesia. Dicen, que la violencia engendra violencia. No me hice punk ni me convertí en pandillera, ni había golpeado a mis parejas, ni abusé de animales. Muy por el contrario fui una buena estudiante, una amante amorosa, una activista por los derechos de mi comunidad. Supongo que todo ello me daba la etiqueta de “un fruto de la violencia convertida en un buen ejemplo”.

La violencia estaba dormida en mí. Y salió un día cuando la rabia explotó y me golpeó a mi misma convirtiéndome en víctima y verdugo de mi propia persona. ¿Cómo? El castigo, el boicot, la manipulación, el usar la palabra como una metralleta disparando sin ton ni son, hiriendo, tienen la violencia de los mismos golpes físicos que mi madre recibió en su propia casa, y que mi maestra recibió en la cárcel. Hay historias de mi vida que aún no han salido a la luz. Hay una en especial que jamás me he atrevido a contarla hasta el día de hoy. Un poco por vergüenza, otro poco por respeto al silencio que otra persona me pidió guardara.

No, yo no golpee a ninguna pareja, ni maltraté a ningún animal, ni castigué a ningún alumno, ni levanté la mano a mi padre o a un amigo. Pero destruí mi propia vida al hacerme cargo de la violencia ajena y guardar silencio. Al declararme culpable y merecedora de golpes institucionalizados, de insultos callejeros por ser lesbiana, de tomar como normal el hecho de que “quien bien te quiere alguna vez te golpea”, “que la letra con sangre entra” o “que para ser merecedora del amor de Dios debía aceptar la crucifixión y la jodidez”.

Un día me vi en el lugar de mi madre. Eso sucedió en México, ese lugar que amo tanto y fue mi paraíso. Sentada, desnuda, temblando en el borde de la cama que compartiera con la persona que hasta el día de hoy, ha sido, el amor de mi vida. Ella, una dulce mujer, de 1.90 de altura, imposible de levantar una mano y matar una mosca, hija de un padre golpeador y una madre agresivo-pasiva rompió la cerradura de la puerta del cuarto donde dormíamos, y como poseída por un demonio comenzó a golpearme y a repetir mil veces “eres como mi madre, muévete, defiéndete, no dejes que te golpee. Ahora dirás que soy una mierda y tu una santa igual que ella…” y los golpes llovían en mi cabeza, en mi pecho, en mi cuerpo.

No fue una película de Netflix. Fue una escena que durante años he guardado en el silencio. Ni siquiera tuve el coraje de compartirlo en algún grupo de apoyo, o de contárselo en confianza a alguien. Pero hoy, en homenaje de todas las mujeres que están sufriendo violencia física, verbal, psicológica y emocional lo escribo. No con el fin de obtener más aplausos ni lisonjas, sino con el fin de liberarme y de contarles, que quizá esa buena persona, buena ciudadana, tranquila de carácter, de suaves modales, de amor comprometido con la comunidad y su familia, esa persona bella por dentro y por fuera, lleve una violencia dentro que un día sin saber ni como ni cuando, o quizá bajo una presión de manipulación emocional o verbal le explote dentro y la convierta en golpes hacia la persona que más ama. No sé que sucedió aquella mañana. No sé cual fue el detonante de esa explosión de violencia física, pero no fue mi cuerpo solo el que recibió los golpes: fue mi alma.

En ese momento, repetí el rol de mi madre y mi pareja, el de su padre. Luego de los golpes sobrevino el llanto incontrolable, el pedido de perdón, el no entender qué me pasó. El por favor no hables con nadie. La promesa de silencio eterno, la promesa de que ante todo existía el amor. El amor que no podía ver la enfermedad porque estaba tan enfermo como lo estaba mi persona y la de ella. Los golpes físicos no volvieron a repetirse, pero la violencia emocional y psicológica anidó en cada uno de los días de nuestra relación e inclusive de nuestros años de separación.

Luego de 13 años de mantener el secreto logro contar esta historia. Luego de que hace un año ella  continuara pidiendo no escribiera sobre nuestra historia, logro escribir algo. No con el fin de lastimar o culpar o enjuiciar, sino con el fin de ayudar a otros. Ella no es un verdugo. Yo no soy una víctima.  ¿Cual de las dos es buena y mala? Nadie tiene el derecho de juzgarnos.  Sigo amando a esa mujer maravillosa que me dio y enseñó tanto pero no amo la violencia en que las dos fuimos engendradas y educadas. Y al menos de mi parte, llevo un año trabajando en un programa para entender y sanar el por qué de mis emociones y de mis acciones.

Y por último, asumo las consecuencia de que esta nota podría traer a mi vida.

(*) Atemporal y sin patria me defino como mujer lesbiana emigrante y latinoamericana. Mi pasión: escribir mi historia que es la historia de muchas y de muchos. Profesión: vivir.

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