Por Luis Cusicanqui

Eran las nueve de la noche, Andrés, Julio y Eduardo entraron al bar. Buscaron una mesa antes que el lugar se llene de gente y se eligieron una para cuatro aunque solo sean tres. Pidieron unas seis cervezas y empezaron destapando solo dos. Eduardo fue el primero en sacar un cigarrillo, lo prendió y parecía botar todo su estrés universitario en ese humo. Julio fue el primero en sacarse la casaca y colgarla atrás de su silla, tenía mucho calor y solo repetía la frase de cada fin de semana: “Hoy la cagamos”. Aunque cada vez que salían solo tomaban hasta  las tres de la mañana o hasta que la mamá de alguno de ellos llamara. Los tres se conocían desde el colegio, se conocían bien o al menos eso pensaban hasta el 24 de junio.

La silla en la que se sentaba Julio sonaba mucho, por lo que decidió fumar sus cigarrillos parado mientras se agachaba a ratos para recoger su vaso de cerveza. Andrés solo contaba lo bien que se sentía desde que había terminado con Cecilia. Julio y Eduardo solo le preguntaban por qué habían tomado esa decisión de separarse pese a que hacían una buena pareja. Andrés solo omitía las preguntas cambiando de tema. Mientras las horas pasaban, más cervezas compraban. Las conversaciones de esa mesa se volvieron bastante densas debido a que los tres ya estaban en pleno proceso de ebriedad.

Andrés decidió pararse a bailar, lo miro a Julio y le preguntó “¿vamos a bailar?” Julio, pese a que le parecía “extraño” bailar con un hombre, accedió porque era su mejor amigo. Era una canción de rock en inglés. Julio no la entendía bien pues con suerte entendía el castellano, pero era lenta por lo que solo atinaba a mover despacio sus pies, mientras mantenía una distancia necesaria para que no parezcan dos gays bailando si no dos amigos. Julio miraba abajo, no quería mirar a los ojos a Andrés. Le empezaron a sudar las manos, su amigo le preguntó si estaba todo bien, Julio dijo que sí aunque estaba incómodo.

Mientras ellos bailaban, Eduardo solo los miraba fumando su cigarro y observando a las chicas que pasaban para ver a quién conversarle pues su soledad lo empezaba a avergonzar. Eduardo era un chico clasemediero que se vestía con la ropa de su padre, que tenía un problema con los cigarros pues fumaba más de una caja diaria sin miedo al posible cáncer que pueda desarrollar en un futuro. Sus amigos lo llamaban “Edd”, aunque a él no le gustara porque sonaba delicado, sí, él era homofóbico. En cierta oportunidad le derramó su vaso de cerveza a dos sujetos besándose en la mesa del frente y les gritó “anormales de mierda”

La canción cambio a una de español y con eso la tensión que había entre Andrés y Julio se quebró.

-No sé cómo decirle a Eduardo que soy gay, mis padres ya saben, me aceptaron, sé que tú también me aceptaras siempre has sido bueno, pero Eduardo, tú sabes cómo piensa él. Me da miedo, no quiero que me arroje la cerveza, pagué mucho por ella- dijo Andrés entre risas

-Pues, ¿cómo estás tan seguro que a mí me da igual? – dijo Julio con seriedad

– Eres tú Julio, no creo que te importe mucho que sea gay, sé que vivimos en otra época, en donde la homosexualidad ya es más aceptada, pero el miedo no se va, la represión que tuvimos en ese colegio católico fue demasiada, podemos hablar en otro lugar, me siento incómodo.

– Y Eduardo. ¿Lo dejamos solo?

– Tú sabes que él siempre se las arregla solo.

Ya eran más de las tres de la mañana y la madre de Eduardo ya lo llamaba, el celular vibraba dentro de su pantalón pero Eduardo solo trataba de ignorarlo porque no se quería ir del bar, pese a que no veía a ninguno de sus dos amigos cerca. Su mirada ya ni siquiera estaba en las chicas como hace un par de horas, estaba en el cuadro del frente, trataba de mirar un punto fijo, trataba de mantenerse en pie. Al parecer Eduardo ya estaba totalmente ebrio, pero como buen necio no daba por terminado su sábado aunque para ser justos ya era la madrugada del domingo. En sus delirios de la ebriedad decidió romper un vaso cerca de unas chicas y gritarles “vístanse decente. carajo”. Seguridad inmediatamente se acercó a Eduardo, lo cogió de ambos brazos y lo llevo hacia la puerta. Él no pudo resistir, estaba demasiado ebrio como para mantener resistencia, pero si tenía la fuerza para gritar excusas machistas sobre por qué él no tenía la culpa de lo que había pasado.

Eduardo al ser expulsado del bar vio las espaldas de sus dos amigos sentados en la acera del frente. Pese a su ebriedad se acercó lentamente, haciendo tanto silencio como el que Andrés había tenido sobre su sexualidad durante toda su vida. Cuando Eduardo estuvo lo suficientemente cerca como para escucharlos, paró su rumbo y escucho a Andrés decir: “Desde que tengo 16 años, cada vez que estoy en una reunión solo quiero besar a un chico y pienso en las posibilidades de que eso pase”.

Eduardo, al escuchar eso, se abalanzó sobre Andrés. Su puño no paró de agitarse hasta que sus nudillos estuvieron lo suficientemente morados como la cara de su amigo. Él no había muerto. Aún se podía escuchar sus gritos de dolor. Julio solo miraba. Eduardo le gritó: “¿No lo vas a besar?, ¿No eres igual de maricón que este imbécil?”. Julio bajó la cabeza.

Es un poco difícil expresar su homosexualidad abiertamente cuando hay cientos de personas en el mundo con miedo como Andrés. Otros cientos de personas como Julio que pese a que los acepten viven viendo los maltratos de miles de personas como Eduardo, que aún en el siglo XXI, piensan que la homosexualidad no es una orientación. Los bares estaban cerrando, ya eran las cuatro de la mañana. Eduardo ya se había ido, Andrés estaba tirado en la vereda con la cara inflamada y el labio partido y Julio estaba a su costado, susurrándole al oído: “Siempre serás mi mejor amigo”

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