El día de la marcha, ella estaba en la esquina más desnuda del parque. Su cabello negro y muy corto parecía imposible de despeinar, y su piel dorada, casi tostada, delataba infinitas horas en la playa sin bloqueador. Miraba nerviosa a los grupos que iban concentrándose alrededor de las banderas, pancartas y afiches hechos a mano. Ella se descolocaba los lentes negros a cada instante, y yo no podía mirar sus ojos, pero sí imaginarlos con esa manía que tengo de presumir que hay detrás de las cortinas, de las gafas oscuras, de las faldas muy largas, de los jeans muy ceñidos.

Las Converse rojas y sucias, y la camiseta negra que marcaban unas tetas naturales me hipnotizaron. No tendría ni 30 años. Sus manos de nudillos marcados y uñas bien recortaditas, clásico de un cuidado manicure, llamaron mi atención. Toda ella me cautivó. El iPhone que metía y sacaba del cintillo de su pantalón le permitía esconderse del mundo, pero a ratos nos miraba, nos exploraba. Yo hacía lo mismo con mi teléfono, miraba la pantalla, y la contempabla, me hundía en el correo electrónico y buscaba su presencia entre la gente.

Cuando el chico de la organización le alcanzó un volante que detallaba los objetivos del proyecto de la Unión Civil, Mariana –así se llamaba, pero entonces no lo sabía– lo tomó sin interés. Luego lo arrugó y lo lanzó a un tachito. La multitud comenzó a avanzar y ella dudó en quedarse o ir tras la masa que empezaba a gritar arengas contra la homofobia. Dio una vuelta antes de animarse a caminar por la avenida Wilson, dividida entre los manifestantes, los buses y los curiosos de los negocios limeños.

Yo iba casi detrás de ella. Mi incapacidad para entablar una conversación con desconocidos me hizo resistir varias veces en mi intento de decirle “hola, ¿quién eres?”. Esa hubiera sido la forma más estúpida de abordarla. No es mi estilo ir de caza, pero me provocó romper las reglas. Tampoco podía decir “siempre vienes aquí” porque no hay marchas todos los días. Para conocer o enamorar a una chica en una discoteca puedes empezar con la frase -pregunta de “¿siempre vienes por aquí?”, pero en una marcha qué diablos dices. Podía hablar de la homofobia, pero no sabía bien qué decir. Yo acompañaba las arengas con entusiasmo, aunque su presencia me distraía. “¡Hétero y gay con una misma ley!” Más que una arenga era un grito desesperado de tanto tiempo en silencio. Sí, podía contarle que estaba harta de esta Lima hipócrita y homofóbica, que esta marcha era increíble, que en verdad nunca me había sentido tan conmovida, que tenía ganas de llorar de emoción y que este encuentro era un gran paso en este país excluyente. Pero mientras mi voz se perdía entre miles de voces, su andar me hacía pensar que esa mujer era invisible, o se haría invisible en unos segundos.

De pronto, mientras las combis pasaban y desde las ventanas miraban a los manifestantes –algunos nos aplaudían y otros nos insultaban como siempre–, ella respondió a un ataque: “Hijo de puta. ¡Qué te importa nuestra vida”! Su voz, ronca y dura, me paralizó. Era una mujer enojada marchando por una causa que convertiría al Perú en un país mejor. Me gustó su energía, su determinación. Se lo estaba tomando en serio, no como esas chiquillas poseras que iban a la marcha para lucirse, aparentar que eran bisexuales y repartir besos para enojar a los conservadores.

Mientras yo caminaba a paso más rápido para no perderme y no perderla, Mariana me habló.

-¿Esas fotos las publican en los medios o solo en Facebook?”, dijo. Un fotógrafo de prensa apuntaba su lente contra ella y yo casi iba atrás. Ante la ausencia de travestis y figuras del espectáculo, la prensa buscaba chicas bonitas y allí estaba ella, acaso la más linda de todas. Quizás buscaban a la Camila Vallejo de Lima.

–Supongo que estarán en los medios y en Facebook–. Era algo obvio en estos tiempos.

–Puta madre, todo el mundo sabrá que estoy aquí–. Le preocupaba más el Facebook que los diarios.

–Pero estás con los lentes–dije torpemente. Y solo entonces ella miró mi cara. Sentí que quería empujarme hacia los autos y buses.

–Seguro que no sabes lo que es vivir en el clóset. Seguro que eres de esas activistas que se la pasan bien dándose besos frente a la Iglesia para joder al maldito Cipriani, seguro que te gusta exhibirte–, dijo. Odio en sus ojos.

–-No, no soy activista. No me beso con nadie delante del maldito Cipriani, pero no estoy en el clóset. Y doy besos solo cuando me provocan.

Mariana se acercó mucho a mí y me dijo: ¿Te provoco?

No pude responder porque su boca me había atrapado. Los manifestantes avanzaban y yo besando a la extraña chica con lentes. Nos besamos una y otra vez, mientras la ciudad polarizada por la unión civil nos miraba. Al menos hoy no éramos ignoradas o linchadas. El fotógrafo tomó más fotos, mientras la lengua caliente de Mariana no dejaba de sumergirse en mi boca.

–Soy Mariana-, dijo con la respiración agitada.

–Soy Claudia-, dije, desarmada.

–Es la primera vez que participo en estas cosas. No me gustan las manifestaciones, menos las de los gay, aunque soy lesbiana desde que tengo conocimiento de mi cuerpo. Y me jode que me observen como bicho raro, y tú me estabas mirando todo el tiempo.

–Y con besos silencias a los que te miran– respondí con una firmeza cínica. En el fondo, era la misma de siempre, una vez que me daban permiso de seducir.

Se quitó los lentes. Sus ojos marrones sonreían.

–A veces.

–Y si no te gustan las marchas, ¿qué haces aquí?

–Era una buena causa. No tengo novia, pero cuando la tenga quisiera que no nos traten como ciudadanas de segunda clase. ¿Y tú?

–Yo participo en algunas marchas. No tengo novia. Me separé hace dos años, y ya pasé por el duelo, y esas cosas.

–Lima apesta, odio Lima, y su pacatería–. Mariana estaba muy seria, enojada, resentida con su ciudad, la ciudad en la que había nacido, y a la que no mostraba sus deseos más íntimos.

–No podría vivir en otra parte que no sea Lima. Odio Lima, pero la amo al mismo tiempo. Cuando era muy joven amenacé con largarme apenas tuviera el dinero suficiente, pero no he podido irme muy lejos, no he podido dejar Lima, no la quiero dejar.

Ella me miró con lástima. Seguro que no me creyó. ¿Quién podría tener la oportunidad de irse y optar por quedarse en una ciudad donde la discriminación es cotidianamente cruel en cualquiera de sus variantes? Bueno, yo podía quedarme. ¿A luchar? No, solo a sobrevivir.

Las dos apuramos el paso para juntarnos con los manifestantes.

–Soy policía.

–¿Mujer policía?-pregunté detectando al instante mi redundancia.

–No, hombre policía–. Ella soltó una risa de niña en contraste con su tono rudo y me tomó la mano.

Lima es una ciudad homofóbica, y de mujeres y hombres en el clóset. No es extraño encontrar mujeres como Mariana que esconden su homosexualidad para llevar la fiesta en paz. La ciudad perdona (carajo, perdona es una mala palabra) la homosexualidad, pero no el escándalo, lo decía mi abuelita, tu abuelita, las tías, las señoras de la misa, mi mamá. Yo no había conocido jamás el clóset porque siempre  me sentí libre para decir mi verdad y salir por el mundo a vivir la vida que quería. Pero Mariana quería ser policía al salir del colegio. Ingresar a una institución donde hay más hombres que mujeres, donde el machismo brota por los poros de los uniformados, me hacía entender que su decisión de llevar una doble vida tendría alguna justificación.

Cuando llegamos a la Plaza San Martín, Mariana me volvió a besar. Parecía sentirse libre, lejos del uniforme, de la moto que manejaba de martes a domingo, o de lunes a sábado, del revólver que normalmente llevaba camuflado.

¿Y quién eres tú?–preguntó.

Yo era Claudia, la dueña de un bar medio gay. Digo medio gay porque iba gente que podía compartir espacio con dos hombres y mujeres que se besaran. Hombres y mujeres que ocupaban la pequeña pista de baile sin sentir repugnancia. Era un bar en las afueras de Lima, medio caleta. Se llamaba “La noche de mi mal” en honor a Chavela Vargas y  nunca quise que se pareciera a una discoteca porque solía poner canciones de Joaquín Sabina, Calamaro, Vicentico, Caetano Veloso, Marisa Monte, y Chavela Vargas, aunque no faltaba Lavoe. en fin, mi música.

Pero algunas noches la salsa y el rock se imponían a pedido de la clientela. Mi ex y su amiga nueva preparaban los tragos o servían la cerveza. Yo solo ponía la música y miraba que todos estuvieran cómodos. El bar tenía dos años de existencia y me había permitido vivir bien, lejos del periodismo al que dediqué casi 20 años de vida. El bar tenía mucho de mí, mis cursilerías, como decía mi ex. Mariposas amarillas por Gabo, fotos de gente que admiraba. Frida Khalo te miraba desde cada rincón, Bukowski, Marilyn, García Márquez, Vargas Llosa, Alaska, Patti Smith, Marguerite Yourcenar, algunas estrellas gays. Todas las fotos eran en blanco y negro que me había cuidado en mandar a enmarcar con cierto arte. También estaba el Che. Colgué fotos de portadas de libros imprescindibles, y de periódicos que había recolectado en mis viajes de reportera. Mi ex decía que parecía mi biblioteca, aquella que armaba y desarmaba en cada mudanza. La pared tenía gatas pintadas y las siluetas de mis perras. “La noche de mi mal” era como la casa que había soñado para los amigos, me hacía infinitamente feliz estar allí, casi vivía en ese lugar a media luz, dormía en un sofá de cuero rojo y leía al amanecer. Sola, o con mujer, lo cierto es que me refugiaba en esta casona vieja que acondicionamos a mi gusto.

En mi bar se podía fumar porque los fumadores así lo decretamos. Se permitían porros y seguro algunas líneas. Era el sitio que yo había soñado mientras editaba notas en la última redacción gris que me soportó. A veces tenía la Mac sobre la barra y me ponía a escribir sobre ciertos clientes que me impresionaban, hombres o mujeres, gays o heterosexuales. Escribía lo que me parecía. Me lo inventaba todo casi siempre y me divertía inventarles una vida. Luego mostraba los textos a mi ex y ella decía: “Te apuesto que su vida es tan desgraciada como la escribiste”. Nos reíamos mucho. Abríamos jueves, viernes, sábado y martes. Algunas noches llevamos al bar a cantantes sin éxito para que entonaran lo que a mí me provocaba, algo de Sabina, algo de SIlvio, algo de Soda, y si sabían canciones de Chavela se quedaban hasta la madrugada.

Mi ex parecía resignada. De vez en cuando la complacía con alguna cosa de esas que sonaban en la radio. Yo aprovechaba  para ir a la azotea a mirar el mar, que rompía sus olas a pocos metros. No me metía ni marihuana ni cocaína. Lo había hecho a los veinte, y ahora que casi iba a cumplir 40, las drogas no me inquietaban.

–¿Quieres ir al bar?–le dije a Mariana. smstracker for iphone. Tengo el carro en un estacionamiento cercano.

–Vamos, hoy es mi día libre. Pero vamos ya.

–Hoy no está abierto, pero puedo abrirlo para ti. Lo cerré por la marcha y porque pensaba ir a bailar con mis amigos que nunca encontré.

–Vamos.

En “La noche de mi mal”, Mariana se acomodó en el sillón de cuero y me pidió que le preparara un Maracuya Sour. Yo me excusé. Solo puedo darte cerveza y café. No tengo talento para hacer tragos.

Ella se puso de pie. Abrió la refrigeradora y se animó a preparar los tragos.

Yo me senté en el sillón de cuero poco después de poner el último disco de Calamaro.

Mariana se acercó con el Maracuyá Sour.

-Un gusto conocerte, Claudia.

-Raro todo-dije.

-Hoy seré tu barman, mañana tu policía, bromeó.

Y nos besamos hasta quedar tendidas en el sofá. Le quité el pantalón con suavidad, y exploré sus pechos, bajé a sus piernas hasta llegar a su vulva, húmeda, caliente, abierta y amplia. Ella se estremecía y me jalaba los cabellos suavemente. No era la mujer ruda que pensé. Nuestros orgasmos, intensos y voraces, como de amantes que en verdad se amaban. Yo era de las que llamaba amor al sexo durante el sexo, para luego reconocer que solo había sido un buen polvo y rogar que se vaya a dormir a otro lado.

Desnudas, nos besamos y nos abrazamos, nos miramos a los ojos, como si ninguna entendiera qué estaba pasando. Al follar nos invadía la ternura no permitida para amantes de una noche. Pero yo era así. El patrón era el mismo. Me sentía enamorada hasta que el efecto del sexo se esfumaba y solo quería quedarme sola. Entonces pensaba en mi ex, y en su nueva amiga, me preguntaba por qué mi relación había fracasado, por qué ahora ella estaba con otra, mientras yo había optado por las conquistas de 24 horas para no comprometer nada más que el cuerpo.

Ella siguió desnuda toda la noche. Bebimos cerveza y por ratos pisco.

Cuando la luz asomó por la pequeña ventana, Mariana dijo: “Tengo el domingo libre. ¿Y tú?”.

Fuimos a la playa cercana. Tomadas de la mano.

Mariana se había intentado suicidar dos veces. Una vez ocurrió en la delegación de Comas cuando el comisario la abordó con el afán de besarla, ella resistió lo que pudo y él la violó. Mariana se fue a casa, golpeó con sus puños la pared del baño donde se duchó tres horas y buscó una soguilla. Cuando estaba por hacerlo, el miedo la hizo explotar en llanto. El miedo a morir es tan intenso como el miedo a seguir vivo, pero quizás el primero era más aterrador. Lo sabía yo.

Al día siguiente de la violación, Mariana regresó a la comisaría en silencio. Fue trasladada a otra dependencia. Su segundo intento de suicidio fue cuando su primera pareja la dejó. Todo esto había ocurrido hace ocho años, en lo que ella llamó “su peor época”. Tras pasar por el psicólogo, Mariana se estabilizó. Pero el clóset era un lugar demasiado asfixiante y cada vez que se subía a la moto para recorrer la ciudad le irrumpían unas ganas de empotrarse contra una pared o un camión. La muerte, decía, la acompañaba. La desafiaba metiéndose en líos que un policía de tránsito común y corriente prefería evitar. Había intervenido en asaltos, persecuciones y no tenía miedo a disparar. No había matado a nadie, dijo, como frustrada.

–Y ahora esta paz. Mañana será lunes y no volveremos a vernos. Yo no quiero tener compromisos, Claudia. Yo solo quería sentir y encontré en ti a esa persona. Quería sentirme libre y quería sentir a una mujer. Hace tiempo estoy sola.

–¿Por qué me elegiste a mí?–preguntó la boba que era yo.

–Por tu tatuaje– dijo. Yo miré mi brazo derecho y supe que se refería a mi tatuaje. Me había tatuado a una gata, a mi gata fallecida.

–Amo los gatos y el tatuaje me hizo pensar que podíamos encajar. EN-CA-JAR.

–Eso fue lo que pasó. Encajamos, dije bromeando.

Mariana me besó, pero su beso era como triste, como de despedida.

–No puedo ser lesbiana toda mi vida. Debo cambiar. Lo he decidido.

–Pero ayer dijiste que.

–Sí, pero no quiero ser lesbiana en este país de mierda, y este país no va a cambiar y yo no creo que pueda ir muy lejos. ¿Crees que se va a aprobar la ley? ¿Crees que nos van a dejar casarnos? ¿Crees que vamos a poder adoptar? ¿Crees que este Perú de mierda va a cambiar? No me digas que eres una ilusa.

–Creo que algo va a cambiar.

–Claro, refugiada en tu bar, la vida es más bonita.

–No es el bar. Yo tengo una vida más allá del bar.

–¿Por qué dejaste el periodismo?

–Me harté.

–¿De qué?

–De la vida real.

–¿Y ‘La noche de mi mal’ no es la vida real?

–Es la vida que me inventé. No quería editar notas ajenas de muertos y políticos. No quería escuchar las historias de los reporteros, no quería ser jefa de nadie, no quería tener jefes estúpidos. Solo anhelaba tranquilidad y el bar siempre lo tuve en la cabeza.

–Es bonito. Aunque no conozco a toda esa gente que tienes colgada en las paredes. Deben ser importantes, seguro.

Mariana caminó más rápido por la playa. Volteó y alzó los brazos.

–La libertad es esto que sentimos ahora, pero es efímera. Mañana cuando llegue a la comisaría regresaré a la cárcel y amo ser policía aunque deteste el sistema.

–¿Acaso no puedes ser policía y lesbiana?

–¿Vives en Estados Unidos o en Perú?

–Mariana, ese pesimismo no te llevará a nada.

–Claudia, yo no quiero ser una lesbiana marginada en este país. Por eso, cuando me vaya me buscaré un hombre y lo enamoraré, y me casaré lo más pronto, y tendré hijos. Y quizás entonces deje la policía para criarlos. Quiero ser madre. Este deseo por las mujeres se me quitará, o se me olvidará.

Regresamos al bar. La tristeza nos pesaba a las dos.

Eran las 4 de la tarde. Ella cocinó algo muy raro con atún, huevos, papa y mayonesa.

Me dio de comer en la boca.

Y me besó hasta llevarme al sofá y hacerme el amor con furia. Yo me dejé hacer, en sus manos me perdí, no quería más nada que sentirme su mujer.

–No te vayas, no te vayas mañana, no te vayas nunca–le susurré. Y me sorprendí.

Mariana terminó y me pidió que durmiera y nunca soñara con ella.

–No me vas a impedir soñar, Mariana.

–No sueñes conmigo, no quiero que tus sueñes me inquieten.

Salió del bar.

Yo la miré partir mientras las lágrimas me hacían sentir algo parecido al dolor.

No la seguí. La dejé ir.

Y lloré hasta quedarme dormida.

 

UN AÑO DESPUÉS

Yo nunca pude sacarme a Mariana de la cabeza. Esa tarde de septiembre, cuando iba manejando por la avenida Arequipa, la vi del brazo de un hombre. Me estacioné en el primer punto que pude y caminé tras ella y su hombre.

No sabía bien qué estaba haciendo. Ellos ingresaron a un centro comercial y luego de algunas vueltas se detuvieron en una tienda de ropa para niños. Él la tomó del brazo, la besó y le agarró la barriga, que entonces supe que era una barriga de embarazada.

Cuando ella tomaba las ropas de tono rosado y yo la miraba tras el cristal, sus ojos y los míos se encontraron. Ella se paralizó, y aunque pensé que iba a correr salió de la tienda y se dirigió hacia mí.

–Claudia, ¿qué haces aquí?

–Te vi, te seguí. ¿Serás mamá?

–Seguí mi plan

–Debo felicitarte.

–¿La noche de mi mal?

–Está muy bien. Ahora tiene dos pisos.

Me quedó mirando. Y dijo:

–He soñado contigo posiblemente más que tú. Pero esta es la vida que quiero. En dos meses abandono la policía. Mi esposo es policía.

–Felicitaciones, Mariana, dije sin ganas.

–No soy feliz, pero cuando nazca mi niña lo seré

–Seguro que sí.

Le di la mano a Mariana, ella me abrazó, la cercanía de su cuerpo me hizo temblar.

–El destino quiso que vieras que hice lo que me había prometido.

–El destino quiso que te viera para despedirte de mis sueños, dije yo.

Elena, Elena. , gritó una voz. Era su esposo. Y Mariana en verdad era Elena.

–Soy Elena, dijo.

Y regresó a la ropa de niños.

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