Decía que en su estado de felicidad no podía escribir. Se creía feliz, ilusa, torpe como siempre. Hasta lo había tuiteado: “¡Qué extraño se siente no estar triste”, escribió en la red social que ocupaba buena parte de su tiempo. Seguro le creyeron. Pero ella no mentía, ella se lo estaba creyendo, en serio. Y decidió que en su estado de felicidad era imposible escribir algo decente. Su felicidad falsa tenía un nombre y un rostro que la paralizaba. Quienes la conocían admiraban ese amor. No sabían, y ella no quiso saber tampoco que estaba mintiendo sin mentir. Es decir, mintiéndose.

Alejandra cumplió 40 años un jueves con sol triste, como cuando te iluminan la cara con un foco de luz blanca. Buscó la ventana y vio que era un día de esos, un día más, nada excepcional. Hasta sintió frío, ganas de encender un cigarrillo, y dormir otra vez. El anterior cumpleaños tampoco fue mejor. Recuerda que la pasó de tienda en tienda, buscaba algo para  regalarse, cualquier tontería que le permitiera sentir que era su santo. Hoy sería diferente. El cuerpo no le daba para moverse más allá de las cuatro paredes de esa habitación de ladrillos mal pintados de gris, rodeada de ceniceros llenos, y amparada en estantes de libros sin ningún orden y recubiertos de un polvo seco. Las tres gatas sobre la cama, indiferentes, ausentes.

Ese era su espacio. No tenía tele. Y sobre la cama habían potes de plastilina Play-Doh de siete colores.

No era el mejor momento para arreglar la habitación y menos para pegar los destrozos de su vida, pero se preguntó, todavía bajos los efectos del clonazepam, por qué había tardado tanto en poner fin a esta historia. Su falsa historia de amor que ahora la tenía en esa habitación. Dos pisos más abajo, sonriendo, estaba ella, como siempre distante y helada, jugando quizás con la perra, cocinando, viendo televisión, o también durmiendo. Dos pisos más abajo eran kilómetros de distancia, un abismo que había cruzado tantas veces para terminar así, mirando el techo, esperando una señal.

Alejandra aceptó ese día que su vida era una mierda, y que los últimos veinte años habían sido mierda pura. Se inventó un amor, una familia, una vida, y ahora estaba sola.

¿Hace cuánto que no recibía un abrazo? No era la primera vez que un dolor la recorría de los pies a la cabeza. Era un dolor sin razón aparente. El tiempo perdido no se recupera nunca. Es mentira eso que se dicen los amantes reconciliados: vamos a recuperar el tiempo perdido, mientras se abrazan y llegan a la cama. Alejandra no tenía en su historia esas reconciliaciones. Sus regresos a la mujer de dos pisos más abajo habían sido calculados y organizados, como quien firma un contrato, de reglas ambiguas.

Los primeros días, quizás los primeros meses, la felicidad se parecía a eso que tanto confunde, cierta dosis de sexo, besos, atenciones, almuerzos y cenas, salidas de bares, paseos con la familia, juegos con las mascotas en común, compras. Nada más falso que llenarte de cosas para creer que todo marcha bien. En sus numerosos reencuentros, la costumbre mandaba a comprarse algo, en los viejos tiempos era ropa, muebles, celular, computadora y ahora una camioneta del año. Dinero no faltaba, pero así como llegaba, se iba tan rápido en ese afán de rebalsar con objetos el amor inexistente.

Lesbianas

Esa mañana Alejandra pensó en cuántos clonazepam necesitaba para romper su historia de fracasos. Alejandra fue hasta la mesita de vidrio, buscó las pastillas, y tomó diez, a pesar de que debía tomar más de 50 como el escritor colombiano que tanto admiraba y que hizo la tarea bien. Ay, Caicedo. Tú tan valiente, y yo tan cobarde.

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Con 10 clona, Alejandra prendió la Mac y se puso a escribir un borrador de despedida, sabía que iba a despertar, y que nada cambiaría, pero al menos no estaría tan lúcida para sentir la soledad de morir sola. Mientras escribía sin mayor cuidado, la visión se le iba nublando, no buscó sus lentes verdes, solamente dejó que las pastillas la hicieran caer sobre la máquina. Ya casi sin fuerzas, miró el reloj y eran casi las 11. La mujer de abajo que llamaba amor no había subido, quizás ni siquiera se había dado cuenta de su ausencia, menos de su cumpleaños.

Suicidio

Cuando Alejandra se desplomó sobre la computadora, el sueño se hizo pesado y ella sintió como que el cuerpo se le desprendía del corazón. Su corazón se iba por caminos desconocidos, mientras su cuerpo quedaba quieto e inmóvil, pesado, como muerto pero vivo, furioso y detenido.

A las 10 de la noche, Alejandra abrió los ojos, pero no podía moverse. No tenía fuerzas, alcanzó un cigarrillo, lo fumó a la mitad y pensó que necesitaba 15 pastillas más para acabar de una vez.

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Prendio el celular, su Facebook estaba lleno de saludos de cumpleaños y de “que sigan los éxitos”. Se pudo reír. “Miren mis éxitos, amiguitos”, pensó. Twitter también se había inundado de frases de compromiso, saluditos. Su visión apenas borrosa.

Durmió.

Al día siguiente, la mujer de abajo la miró sin interés. Alejandra tomó un café apurado y dijo adiós. Se fue al trabajo. En el camino se encontró con una chica que antes había sido su amante. Quince años menor que ella. Alejandra la miró y le dijo: “Sabes, ayer fue mi cumpleaños. Y nadie me ha abrazado hasta hoy. Solo necesito un abrazo. Me perdonarías y me darías un abrazo”. Lucy la miró conmovida. La abrazó, la besó en el rostro, mientras el Metropolitano y los taxis seguían su curso, la ciudad indiferente a esa hora en la que todos luchan por llegar temprano ignoró a estas dos mujeres que podrían ser madre e hija, pero que en verdad eran examantes.

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Alejandra no quería más. Al desprenderse de los brazos de Lucy, le dijo que debía irse. Lucy la miró con lástima. “Tu vida es un engaño, pero es la que escogiste”, se lo soltó así, sin adornos. No era la primera vez que Lucy le recordaba que nada tenía mucho sentido en esa vida inventada. Alejandra se avergonzó. Que te lo diga una chiquilla, a la que le llevas 15 años de supuesta  madurez.

“Sí, mi vida es una farsa. Pero es la única que tengo”. Lucy, con el cabello suelto y negro, la tomó de la mano. “¿Vámonos lejos?”, preguntó.

Alejandra retrocedió. Será que no quiero que me ame nadie.  Lucy la miró con más pena. “Yo estoy aquí, tú estás allá. Yo te he esperado, tú te fuiste, y te sigues yendo. Un día ya no estaré ni para decirte que me regales un día. Si solo recordaras lo que eran nuestros días juntas. Te acuerdas que además de una chibola como me decías, hablábamos de literatura, de la universidad, de nuestros padres, que yo te cocinaba y te masajeaba los pies y el cuerpo, te acuerdas que te decía que no me interesaba tu edad, que no es nada extraordinaria. Apenas tienes 40. ¿Recuerdas?”.

Lesbianas perú

Solamente un día. Alejandra recordó aquella canción de Lila Downs, se transportó al Café Tacuba y extrañó a quien no debía.

…te daré mis manos
solamente eso
que no cargo mucho
y mis sentimientos…

Alejandra regresó a su realidad. Se fue con su mochila por la avenida inmunda que la llevaba a la redacción.

Decidida a buscar a la mujer de dos pisos abajo, Alejandra volvió a casa. Abrió la puerta y la mujer que era su supuesta felicidad estaba con una amiga en la sala. Las dos reaccionaron nerviosas.

Alejandra subió las escaleras al tercer piso de su infierno y se puso a escribir desde la más honda infelicidad, con un dolor en el pecho que le quitaba la respiración, y los músculos de la cara como piedra le decían que se calmara. Otra vez ese dolor en el pómulo derecho. En el ojo derecho, en la mano derecha.

Buscó las pastillas ahora con determinación.

La habitación estaba limpia y las gatas dormían en el sillón rojo. Las pastillas no estaban en ninguna parte.

Halló una nota sobre la mesita: “Solo tienes que bajar, te amo”.