Por Rossybell Tobón Prieto (*)

Ya no hay más nada que no pueda recordar, exceptuando, como la suavidad de sus labios rozaba mi cuello, como lentamente un escalofrío erizaba mi piel, mientras mis ojos permanecían cerrados, llevando a mi mente al borde de la lujuria, al éxtasis prohibido y lleno de divinidad. No recuerdo más que sus manos en mi cintura, que aceleraban mi respiración.

Foto original: Liliana Falcón
Foto original: Liliana Falcón

Mientras lo revivo en mis pensamientos es como si viera una película: mi propia película hecha realidad. Nunca nadie había logrado desestabilizarme de tal manera que sintiera que mis pies no tocaban el suelo, jamás, y así lo hubiese deseado antes, había experimentado tanto calor en mi cuerpo, era como si el sol naciera de mis entrañas.

Las miradas sobraban, se hacían furtivas, deseosas, evidentes. Ya no había secretos en esa habitación, sólo lo que mi corazón sentía, lo que mis labios sentían en intensos, dulces y exuberantes besos. Sabía cómo miel, se sentían tan exquisitos como el desayuno a primera luz del día, sólo en esa habitación, reconocíamos nuestras debilidades.

No sentía el día, no sentía la noche, las horas podían ser años, meses, siglos, la propia eternidad. Mi piel era un lienzo de secretos, era, como un confidente especial. Ese, que no emitía sonidos, pero demostraba de que estaba hecha… Un roce, un solo y único roce, revelaba mis más oscuras intenciones, tocando lo prohibido, mirando la pureza de lo que estábamos por hacer,

Ahí, frente a frente, no podía disimular, no quería callar, no quería huir, sólo quería estar en la cima de sus pretensiones, que me comunicara o me demostrara, lo mismo que mi cuerpo tembloroso anhelaba. Frío, como pureza de hielo, ni en mis sueños más extrovertidos, había pecado de tanto deseo, sin la más mínima gota de arrepentimiento.

Era como un veneno embotellado en frasco de perfume, aparentemente inofensivo, pero con un contenido inesperado. Así, así mismo me sentía, y ya no conseguiría marcha atrás. Ya estaba ahí, en su cama, en la cuna de la banal perdición, de la condenación social y religiosa, pero intensamente deseaba seguir, seguir sintiendo más que unas simples caricias.

Estaba desquiciada, atormentada, impaciente y nerviosa. Que me esperaría, sino lo que ansiaba con todas las fuerzas físicas de mi anatomía. Precisamente descubrirme, descubrir que tenía razón en lo que pensaba. Que me sentiría en el tope del cielo, sumergida en el agua más pura y blancuzca, que me entregaría sin medidas y sin carta de devolución.

(*) Periodista, escritora, locutora,amante de los deportes, fan de los tatuajes y madridista de corazón… Tengo 24 años. Lo demás, lo dejo a tu criterio.

Foto original: Renzo Salazar

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