Cuando el venezolano Daniel Arzola se enteró en 2012 que un chico de su ciudad había sido quemado vivo por ser gay, la indignación lo regresó al dibujo con una pasión implacable. Lo que hace Arzola es Artivismo y “No soy Tu Chiste”, su potente creación, es considerada la primera campaña viral venezolana en llegar a los cinco continentes. El mensaje de Arzola golpea duro.

 

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Vive en Buenos Aires hace unos meses. Todavía no se adapta. Arzola está con el corazón partido, con la rabia encima. El asesinato de Giniveth Soto lo ha dejado en shock. A Gini muchos las conocimos después de muerta. Arzola estuvo con ella y su esposa en Buenos Aires. Él fue testigo de cómo ellas celebraban la vida, el amor, la dicha de unirse. Y cuando recibió la noticia, se quebró. El gobierno de Venezuela no contempla el matrimonio igualitario. La esposa de Gini y el hijo de ambas, Salvador, han quedado desamparados. 

Artivismo es un modo de acción no violento para transformar la sociedad. Es usar arte en pro de los derechos humanos. Puedes discutir contra el arte, pero no puedes ganar la discusión, tus palabras se irán y el arte seguirá ahí. Muchos sistemas totalitarios han buscado censurar el arte, porque este siembra una idea, y las ideas son la semilla de una nueva realidad.

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Daniel Arzola  cuenta que No Soy Tu Chiste (NSTC) nace de una historia de injusticias. No le gusta pensarse como víctima y remarca que ha tenido la oportunidad de transformar todo lo que le pasa: “Tenía más de siete años sin dibujar. Cuando tenía 15 me atacaron, rompieron mis dibujos, logré escapar cuando me ataron a un poste para intentar quemarme con fuegos artificiales, pero en ese momento perdí la capacidad para dibujar, o al menos eso había creído. Cuando me enteré en el 2012 de un chico de mi ciudad que fue quemado vivo por ser gay, las ganas de dibujar volvieron pero esta vez quería que nadie pudiese destruirlo, por eso empecé a dibujar en la computadora. Si alguien lo rompe, imprimo otro”.
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Para Arzola, la injusticia siempre es un motor: “Hay mucho por hacer mientras la gente allá afuera está sufriendo, naturalizar la violencia nos hace violentos”. El artista plástico nacido en Maracay, en 1989, usa las redes sociales para difundir sus opiniones y su trabajo. Su voz y su arte son cada día más importantes para un país polarizado. Y no solo para Venezuela. Gracias a Internet, el ‘artivismo’ cruza fronteras.
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Miles de miles de venezolanos, y millones de latinoamericanos conocen tu obra. Madonna ha dicho que te admira. Eres un venezolano exiliado en Buenos Aires que publica en medios de su país, que habla de su país y dibuja el día a día. ¿Qué se siente mirar la realidad desde afuera y con el corazón partido como imagino que ves lo que pasa en Venezuela?

–Lo de Madonna fue un regalo muy especial, me cambió en parte la vida, porque mucha gente me conoció por eso, pero después de todo sigo siendo el mismo. Tengo cinco meses en Buenos Aires, pero aún no me siento aquí. Cuando tu país te deja heridas supongo que cuesta mucho que deje de doler. No puedo ver a otro lado aún, no estoy listo para olvidar, hay muchas historias latiendo, yo solamente necesitaba luchar a distancia. Y sigo luchando porque creo en la gente. Cuando eres joven en Venezuela tus preocupaciones no son qué zapatos usarás, o qué libro nuevo comprarás, tu preocupación es pensar: Quiero llegar con vida a mi casa. Crecí con el miedo a morir antes de poder hacer algo. Al menos eso fue lo que yo viví, y todas las personas que conozco. Quizá haya tantas personas como países en el mundo. Actualmente escribo para un medio holandés sobre la situación en materia de derechos humanos en Venezuela. Creo que ser venezolano en este momento de la historia implica una gran responsabilidad y yo no estoy dispuesto a abandonarla.
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LA ESPERANZA QUE NO SE AGOTA

Los dibujos de Arzola podrían estar inspirados en Venezuela, pero son universales. Cualquiera que ha visto de cerca la homofobia, la discriminación, el bullying entenderá que el ‘artivismo’ de este venezolano puede (y debe) ser propiedad de todos. El asesinato de Gini nos lleva a preguntarnos si hay esperanza para la población LGTBIQ. Le pregunto por Venezuela, pero pienso en América Latina y en mi país.

Arzola me dice que el caso de Giniveth partió su corazón y que le resulta imposible visitar su historia con los ojos secos: “Nos conocimos en Buenos Aires y caminamos una tarde, aún su esposa estaba embarazada de Salvador. Hay esperanza mientras una sola persona siga queriendo cambiar nuestra realidad, pero si somos miles, y sé que lo somos, algo cambiará. Simplemente necesitamos unión”.

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“Me temo que mucha parte de la población LGBT venezolana es muy inmadura. Creo que Gini y su historia elevan esta lucha a algo histórico. No debemos dar la espalda a su historia. No debemos naturalizar el abuso y decir: Venezuela es así. Hay mucho por hacer, y el que no quiera hacerlo que se aparte del camino y nos deje hacerlo. Hace falta quitarnos las etiquetas, y entender que el cambio empieza en el preciso momento que dejas de poner la otra mejilla ante el golpe”, dice Arzola.

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En una entrevista para El Nacional de Venezuela, el reportero le pregunta cómo salió del clóset y el artista recuerda que se ha prometido no tocar el tema con periodistas porque siempre publican la parte mala y su madre resulta herida al leer. Sin embargo, le cuenta que su madre hoy es su gran apoyo, pero al comienzo no fue fácil. “Cuando hablo de esto públicamente siempre digo que es como contar la historia de una guerra, y es como si con esa guerra hubieses ganado algo muy bonito y entonces la gente sólo se queda con la guerra. La primera vez que yo comenté que me gustaba un niño me pegaron tan fuerte que me oriné en el piso. A los 15 años se lo dije a mi hermano (que ahora tiene 30 años), al principio tampoco le gustó la noticia, a la semana me llamó diciéndome lo orgulloso que estaba de mí. Luego tuve que vivir un tiempo solo (a los 18 años). Mi mamá y yo necesitamos separarnos, lo que nos ayudó mucho porque hoy en día mi madre es otra. Hoy día entiendo que viene de una formación donde le habían dicho toda la vida que eso es malo. Son cientos años de eso. Ella pasó de ser una persona que me condenaba a ponerse la franela de No soy tu chiste”. La historia es brevemente hermosa, pero también dolorosa. Porque a Arzola le pasó lo que a muchos. Y sobrevivió.

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¿Cómo manejaste el bullyng que sufriste? 

–Lo que más recuerdo es la sensación de que el mundo tenía un problema conmigo, y yo me di cuenta demasiado tarde. Creo que la gente espera que los demás sean de un modo, entonces si caminas, hablas o te expresas distinto empiezan los problemas. Las personas suelen tener problemas con las diferencias. Creo que pasé una parte de mi adolescencia sintiendo vergüenza de mi cuerpo. También recuerdo que pasé mis dieciséis años planeando desaparecer. Un día entendí que si había algo peor que ser atacado, era rendirme, porque si seguía de ese modo el resto iba a salirse con la suya. Un día entendí que no tenía que agradarle a nadie, estaba bien ser callado, aislarme de los demás, dejé de sentirme culpable por esas cosas, y sigo siendo así. No soy una criatura muy sociable, pero soy sensible y eso está bien porque no admitirme de ese modo no implica debilidad para mí, sino todo lo contrario. A veces hay que aprender a ganar. 

 

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¿Qué le dirías a un chico que está afrontando esto? ¿Cómo asumirse gay y sobrevivir a la carga de violencia que hay en nuestros países? Pienso en Sergio Urrego y Daniel también.
–Hace poco una tragedia en Colombia me alcanzó. Sergio Urrego, un chico de 16 años que se quitó la vida, compartió mi trabajo y una frase mía: Mi sexualidad no es un pecado, es mi propio paraíso. En ese momento sentí inmensas ganas de hacer una obra que dijese: Todo pasa, no te rindas, y que él la hubiese leído. Si alguien te está lastimando entiende que vas a poder con eso y con más, que el dolor es una estación que muchas veces visitaremos en la vida, pero hay más estaciones y hay muchas cosas que aún vamos a vivir. Somos más que nuestros abusos, no dejes que la violencia te defina.
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Se habla tanto de LO GAY en todas partes que a veces parece que algo está cambiando. Ser optimista puede resultar poco apropiado cuando familias como las de Gini quedan en el desamparo. Y sin embargo hay que creer, hay que tener fe. Nos dice el sociólogo Frédéric Martel que vivimos una revolución gay. Pero si es así, cuánto falta para realmente cambiarlo todo.

Arzola opina: “Yo creo que estamos reclamando los derechos que les debían y le deben a nuestros antepasados, a los perseguidos, a los mutilados, a los quemados, a los negados. A Lorca, a Chavela, a Reinaldo Arenas, a Turing, a tu hermana, a ti, a mí. Estamos reclamando los derechos de una guerra histórica donde apenas empezamos a ganar batallas. Quizá lo que empezamos es una revolución humana”.
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Mi primer blog fue verde y era sobre ser lesbiana en Lima. Varios años después regreso a una temática que pensaba cerrada con el objetivo de hacer realidad un sueño: un medio LGTBIQ. Soy periodista desde los 17 años y ya cumplí 42. Soy profesora universitaria, adicta al café, mamá de gatos y perros, lectora desesperada e insomne. Soy la directora de ClasesdePeriodismo.com, consultora en social media, estudiante crónica y amenazo -para no perder la costumbre- que ya voy a dejar el periodismo para fundar un bar. Amo Chorrillos, y tengo la suerte de haber regresado al barrio para mirar el mar cada mañana.

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