Es de noche. Ella está bailando lejos de mí. Estanco mi mirada en su cuerpo, sin éxito. Una vez, dos veces, tres veces. Nada. Ella sigue bailando y no me mira. Me acerco, la tomo de la mano y bailamos. La toco y siento ganas de besarla. Lo hago. Luego nos acomodamos en un sillón cercano y nos acariciamos con cuidado. No paro de besarla.

Lo que pudo terminar en una noche placentera se frustra cuando distingo a un grupo de mexicanos que se acomodan en la barra del bar. Uno de ellos, el de bigote, me parece muy atractivo. Le digo que regresemos a la pista de baile, y en medio de alguna canción que no recuerdo, parto en búsqueda del hombre de bigote.

Lo encuentro y la dinámica se repite. Lo tomo de la mano, bailamos, nos besamos y vamos a un lugar cercano a tocarnos un poco. Luego me aburro y me voy. La busco de nuevo pero me rechaza. Asumo que lo merezco. En realidad, no sé cómo proceder con mujeres. Cinco días después la agrego a Facebook y le digo para vernos. Luego de algunos titubeos, acepta. El día pactado me dio el encuentro en un bar del centro de Lima, pasamos la tarde conversando, nos besamos y dormimos juntas.

Hasta ese momento, yo era parcialmente virgen. Quiero decir, nunca había tenido relaciones con mujeres, pero sí lo tenía pendiente. Me preguntaba cómo podía enunciarme desde la heterosexualidad si no me había dado la oportunidad de experimentar con mujeres.

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Luego de lo sucedido no me sentí diferente. Ni más lesbiana, ni más heterosexual. Solo pensé que, en definitiva, lo volvería a hacer. Para dotar de gracia la experiencia decidí actuar frente a lo sucedido como lo haría mi versión del 2006, la adolescente católica de 13 años, así que fui a la Iglesia y me confesé. A decir verdad, fui a tres Iglesias, hablé con tres sacerdotes y recibí tres dictámenes.

La primera fue la Iglesia del Sagrado Corazón de María, conocida como “La Cúpula”, en el distrito de Magdalena. Recuerdo que de niña temía ingresar a este lugar de ventanas amplias y colores pasteles que contrastan con la miseria ploma de la calle. Ahora esta Iglesia pinta mejor. Ya no hay tantos mendigos muriendo un poco en sus puertas. En su lugar, un grupo de fieles venden libros católicos y conversan animados sobre la única religión que legitiman. Ingreso y me siento insignificante, como si las más de 100 personas presentes estuvieran dispuestas a abalanzarse sobre mí si supieran lo que me he propuesto hacer.

Solo cuando estoy de rodillas me pongo nerviosa. El sacerdote me dice “Ave María Purísima” y yo recuerdo que no realizo este ritual desde hace muchos años. Temo que la memoria me falle, pero las palabras llegan a mí como si hubieran estado esperando ser necesitadas. “Sin pecado concebido”, respondo de forma automática.

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No creo en nada de esto. Es una farsa a la que de niña debía asistir. Ahora me conformo con estar de forma consciente, con la intención de cobrarme la revancha. Cuando el sacerdote me pregunta por mis pecados le dejo en claro un punto que mencionaré en mis próximas dos confesiones: No se trata de pecados, sino de un pecado muy muy grande. ¿Cuál es?, me interpela. Que tuve relaciones sexuales con una mujer. Una muy interesante, además.

Veo por las rendijas del confesionario que el sacerdote de soba las manos y frota con velocidad su dedo pulgar sobre su mano derecha. Creo que está nervioso. Me pregunta si estoy arrepentida. Pienso un poco. La verdad es que me gustó, le digo. Él me pregunta un poco sobre mí. Le cuento que soy estudiante, que tengo 21 años, que me gusta rezar (esa fue una mentira) y que lo hice porque me daba curiosidad.

En ese momento, él sentencia; si estás con una mujer no vivirás plenamente. Luego me explica el fin reproductivo de la especie humana. Me quiere convencer, pero insisto; me gustó estar con ella y quisiera verla nuevamente. Entonces el sacerdote se sincera; el verdadero problema es que dos personas del mismo sexo que deciden tener una relación nunca podrán ser felices.

–¿Por qué?

–Porque es pecado. Y porque la sociedad no lo acepta.

Quisiera ingresar a su lado del confesionario y ayudarlo a rascarse la mano. Parece desesperado. Cuando le cuento que soy estudiante universitaria su tono de voz cambia y siento que ha encontrado la respuesta.

–Mira, hay un problema. En las universidades ahora hay todo este tema de la ideología de género. Que es una ideología, pues. Porque Dios ha creado mujer y varón. Mujer y varón.

Creo que si pudiera repetirlo cien veces solo para que yo lo interiorice, lo haría. Me llama la atención que mi penitencia sea tan amable; un Padre Nuestro y un Ave María. Cuando era escolar, iba con eventualidad un sacerdote a mi colegio y nos confesaba. Cuando le contaba que desobedecía a mi madre, que por las mañanas botaba la leche por el caño o que besaba a muchos hombres, los castigos eran más severos. Diez padres nuestros y cinco Aves Marías. Penitencias que, por extensas, prefería no cumplir.

Luego me absolvió de mis pecados y partí. Antes de eso, me preguntó si lo volvería a hacer. Le dije que no, que haría lo posible por no pecar. Él consideró necesario aclararme que existían varones buenos, que me iban a querer y a respetar. Que no todos eran malos y violentos. Pero me advirtió que no tenga relaciones sexuales a menos que me case, porque eso también era pecado.

Me quedé insatisfecha con el veredicto. ¿Acaso ningún sacerdote iba a abogar por mi felicidad y confiar en mi decisión? Así que, como segunda opción, asistí a la Parroquia San Juan María Vianney de Magdalena. Estaba abarrotada de personas. Parejas, freaks, familias y ancianos. Más de un niño parecía haberle pedido permiso a su conciencia para abandonar la misa. Solo sus cuerpos flotaban, bajo la sonrisa estática de sus padres, orgullosos de llegar al domingo dispuestos a poner en escena la obra de “La familia feliz”, para el resto de la semana continuar en pie de guerra. Un señor vestido de blanco me llama la atención. Carga una bolsa de basura grande, del color de su atuendo. Utiliza lentes para nadar y al momento de comulgar se arrodilla. Yo también he decidido comulgar. Al regresar, me siento observada. Sonrío levemente en vano. A los pocos segundos me descubro exaltada y no paro de reír. Es entonces que me coloco en la parte de atrás, avergonzada de mi inconducta.

Mi acompañante de travesía, un muchacho que sabe de religión menos que yo, le responde a una mujer que tuvo a bien desearle la paz: “La paz sea con usted, compañera”. Ambos reímos de ese desliz partidario.

Mientras espero mi turno para confesarme, todos cantan “Un niño se te acercó”. Me sé la canción de memoria y aprovecho que nadie me conoce para dirigir el canto. La mujer que está a mi lado se suma a mi entusiasmo y cantamos juntas. Nos miramos, reconociéndonos cómplices. Tendrá 30 años y parece preocupada. Ingresa al confesionario antes que yo, pero se queda poco tiempo.

Es mi turno. El sacerdote, luego de las palabras de rigor, me increpa: “¿Qué tiempo que no se confiesa?”

–Dos semanas.

Miento.

Le cuento mi pecado y le digo que temo que Dios me castigue, pero él me tranquiliza.

–Un pecado nos aleja de Dios, la confesión es justamente para eso, para recuperar esa amistad con Él.

Me pregunta si es la primera vez que eso sucede y le digo que sí había sentido atracción por otras mujeres, pero que sé que hice mal.

–Más que esté mal es que usted no va a poder ser feliz así, ese es el punto. Eso por un lado. Por otro lado tienes que poner en orden las cosas.

Pero a mí me gustó cuando lo hice, insisto.

–El placer es una cosa. Tengo un amigo al que le gusta la marihuana, le gusta comer demasiado, le gusta, ¿pero por eso es correcto? ¿Por qué me gusta es correcto? No necesariamente. A mí me gusta el alcohol, me gusta emborracharme, pero no es lo correcto.

–¿Qué hago si la quiero volver a ver?

El sacerdote guarda silencio. Llevamos varios minutos al interior del confesionario y parece querer ayudarme. Así que decide explicarme.

–Cuando una relación no se abre a la vida… porque precisamente cuando uno ama de manera responsable, como si fueran esposos… a eso aspiramos ¿no? A que nuestra relación con la otra persona sea en algún momento esponsal. Entonces no se va a dar porque no hay ni siquiera hijos, y no va a haber. Ese es el punto.

–¿Usted ha tenido enamorado?

–Sí.

–¿Malo o más o menos?

–Era bueno.

–Usted no debe cerrar la posibilidad de un amor con otra persona de sexo diferente. ¿Cuantos a los tiene?

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–Estás en la etapa de la curiosidad y la búsqueda. Pero llegará el día en que usted defina bien por donde va a ir. Porque una relación así no es muy feliz que digamos, ¿no? Por eso mismo habría que conversar aparte, ver con alguna persona que la ayude.

–Pero no sé cómo hacer para que me dejen de gustar las mujeres…

–Que le puede parecer atractiva tal persona puede ser, pero de ahí pensar a que puede haber algo más… No habrá futuro. Una relación apunta a ser esponsal en algún momento. No se puede ser enamorados toda la vida.

Entiendo. El sacerdote me pide que rece un Padre Nuestro y un Ave María.

-Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Puede ir en paz.

Me voy algo confundida. Las imágenes de esta parroquia son de dioses sin miembros. Hay una fantasmagórica estatua de madera de San Juan María Vianney. No tiene piernas y viste un manto largo que ahorra el bochorno de suponer que tuvo, en algún momento de su vida, pene.

Mi última visita es al lugar donde me bautizaron a los cuatro años. Recuerdo que mi vestido era muy corto y me sentía poco entusiasmada. Fue en la Iglesia Santísima Cruz de Barranco, ubicada en ese distrito. Llegué feliz de recorrer mis pasos. Le tengo a esas calles una nostalgia arrastrada desde mi infancia, que con el tiempo solo crece y sublima los recuerdos.

Nuevamente había cola. A mi lado, una joven me miraba como si supiera que era una farsante. Tendría poco más de 18 años. Imagino que a través de sus ojos, si existe, la virgen María me condenaba. Sentí que me increpaba el haber llegado tarde a la Iglesia. De reojo, me miraba mientras repetía una oración que yo desconocía.

Yo también la miraba. En un momento, cansada de que se esfuerce en mostrarme que ella sí conocía el rezo, le guiñé el ojo. Salió de la fila de inmediato, y yo llegué más rápido a mi encuentro con el sacerdote.

Esta vez fue veloz. Luego de repetir por tercera vez que estuve con una mujer, el hombre parecía tan agotado como yo. Me repitió la penitencia que sus colegas de sotana ya me habían impuesto y me invitó a retirarme.

Pequé, me confesé, y si bien fui absuelta tres veces, hace poco volví a pecar.

1 Comentario

  1. Hola chicas,
    He leído en Internet:
    “Las chicas lesbianas tienen nervios en y en sus delicadas partes sensibles de sus cuerpos, que las llamadas” niñas normales “no tienen. Depende de los países y la edad de consentimiento ……. ‘
    Oh sí, esto es realmente cierto. Tuve mi primera chica maravillosa en la 6ª clase.
    ¿Cómo es la verdadera vida sexual lesbiana? La mía está llena de vuelos de ultramar en 13 ciudades. ¿Podemos hablar de nuestros deseos y experiencias? Quiero conocerlos en mis vacaciones de junio / julio.
    Saludos
    Sonja sonjamcdonell@yahoo.com

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