Por Fernando Vérkell (*)

Satanás se queda en la parte superior de la nariz toda la noche. 

(Mahoma, Jadíts, Tomo IV, 516)

El desierto de noche es peor que el infierno; el frío nocturno es peor que el Paraíso; la luz de la luna es peor que la ira de Alá; la plegaria mental es peor que la blasfemia cruda que corre silenciosa por la boca ajada de arena y sal, de mierda y agua oscura; la vida es peor que la idea del desierto mismo. El desierto se extiende sobresaltado sobre la cordillera. El árido camello del lunario y la vasta extensión de la frontera serpentean desde el otro lado del universo hasta la línea indeleble que algún berebere trazó con la espada de Alá, al rasgo de la medialuna.

Susek y Móla huyen. Su destino es el campo de refugiados en Bujará.

No son padre e hijo, no son hermanos ni creyentes. Simplemente son dos hombres; uno más viejo que el otro, uno asesino y el otro cómplice; uno siente las manos tiesas de sangre árabe y el otro lleva la boca reseca de amor, de fluidos, de camas suaves, de respiraciones privadas, de libros prohibidos escritos en la espalda del hombre que camina a unos metros de distancia. Susek y Móla son amantes en una región donde a los ladrones les amputan las manos mojadas en sal.

Si no llegan a Bujará antes del amanecer morirán de frío. Si en el campo descubren su vínculo, serán ejecutados bajo el chasquido de la espada.

Unos días antes estuvieron en Alhalí Dubar. Móla nunca había visto esclavos de ojos azules. Le gustó el tono descolorido de las tumbas argelinas; un kurdo oraba hacia La Meca en medio del sendero del mercado y nadie protestaba; Susek compró una daga corva, como la de Solimán; y en medio de la urbe, cuando empezaba a dibujarse el crepúsculo, Susek le besó el cuello y lo vio como le habían dicho que debía mirar a las mujeres.

Móla extrañaba el olor del camello, ahora que caminaban apresurados y erróneos; pero Susek tenía razón: dos hombres sobre un camello eran presa fácil; además, el sagrado Corán prohibía que se compartieran de ese modo las cabalgaduras. Después de todo, sonrió Móla, él aún tiene escrúpulos.

Llegaron a Masnarem de madrugada. La daga corva brillaba. Móla recordaba el olor del establo de su casa, semejante al del majá que vivía en la mansión de roca caliza, pero su padre había muerto y lo había dejado en la calle. Gracias a eso, había encontrado a Susek en el muelle de Jushraim, cuando fondeaba la tarde y la luz del puerto rozaba las callejuelas sucias, donde los hombres ya habían renegado de la antigua fe.

Habían quedado lejos en el tiempo y la memoria esos días primerizos, donde el vértigo del desagravio le rondaba los cabellos; ahora eran parias, asesinos, y merecían el infierno, donde solamente van los judíos y los infieles.

Móla recordaba que en demasiadas noches, escondidos entre las dunas o los fosos de las cuevas, Susek lo había obligado a jurar amor incondicional. No me digas que morirías por amor, le gritó ―mientras los dos, desnudos, empuñaban la daga―; lo que quiero escuchar es que grites que matarías por amor.

Justo en ese momento, en medio de la huida y los recuerdos nocturnos, Susek se detuvo. Móla regresó al presente y vio al hombre y sus cabras, que arribaban sobre la curvatura del horizonte.

Salam alaikum.

―Ua alaikum as-salam.

¿Adónde vais, hermanos míos?

Mi hijo y yo lo perdimos todo. Farid Rayanan arrasó con nuestras tierras y nos dirigimos a Bujará, para pedir refugio.

El Señor, exaltado sea, se encargará de él, estoy seguro.

¿A qué te dedicas, hermano?

―Antes era hafiz[1]. Ahora soy prófugo.

―Nunca, por Alá. Tú mejor que nadie sabes que aquel que busca y juramenta y reza y hace el Hadj[2] solamente edifica su morada eterna en el Paraíso. Yo soy un pobre pastor que voy al sur a vender dos cabras, para después celebrar el ayuno santo. Pero si me das tu bendición, sabio maestro del Corán, y aun se me la negares, llévate estos dátiles y este pedazo de queso y que Alá te guarde, como guardó al Profeta, sea bendito, cuando huyó a Medina.

Mientras enterraban al pastor, Móla trató de recordar algún versículo del Corán que hablase sobre la muerte. Empezó, por vez primera, a sentir miedo de aquel hombre que tantas veces lo había amado en medio de la arena del desierto.

Ahora Móla y Susek se dirigían al campo de refugiados como dos pastores pobres, santos y misericordiosos.

Quizá la tarde, quizá la madrugada, quizá doscientos años de desamparo, quizá la espada, quizá la muerte, tal vez la vida.

El amor. La tristeza de no saber por qué estás triste. Aquí está todo. La vieja leyenda reza que la cabra que carga con todos los pecados vaga por el desierto, y se esconde, porque si la ves, te condenas. Pero yo he visto a este hombre matar a un hermano, con la misma barba, la misma nariz, el mismo pene, las mismas cejas, la misma sonrisa, los mismos ojos que los míos. Los mismos ojos. Los mismos.

Ahora caminan; mañana, quién sabe. La ruta del Profeta nunca fue dura, porque él sabía adónde iba. Cuando caminas y sabes a dónde vas, en realidad no caminas, avanzas.

Tengo sueño. Ya no quiero caminar. Los párpados me pesan, los pies, las manos, el pelo, los dientes, las uñas, las rodillas, los recuerdos, las manos me arden, me queman, quiero tocarte, detengámonos, busquemos el camino de Simbad, el sendero de la Diáspora, maldito sea el desierto, quiero amarte, no me dejes, camina más despacio, no me veas así. Camino. Ya. Sonríeme, no me veas así. Ni siquiera me veas. Estamos solos en el desierto de Arabia. Miles de atajos ya perdidos. El camino. No hay camino. La arena te recuerda que estás vivo, porque puede borrar tus huellas antes de dar un paso.

La luna se ve tan grande desde aquí. Estoy sentado sobre una enorme roca, que rompe la monotonía del desierto. Nos hemos detenido porque el viento cargado de arena nos golpea las mejillas. Pienso en toda la gente y en los refugiados que se acurrucan unos con otros para sentir calor. No se han bañado desde hace meses, pero no importa. Están en Bujará y están a salvo. No sé cuánto falta para llegar. Móla está dormido más abajo, en la gruta, y yo monto guardia.

Ahora me parece ver miles de refugiados en los campos. Cuando lleguemos nos preguntarán por nuestra tierra natal. Querrán saber el nombre de mi padre y me inventaré alguno, como siempre. Diré que Móla es mi sobrino y que toda la familia ha muerto. No podré acercarme a Móla. Nos matarían con la misma daga que llevo entre el pecho y las costillas; o quizá nos colgarían o seríamos desollados. Aún vivos. En medio del ayuno, como expiación. Así como lo hicieron con los turcos aquellos en Kalib Al Hari. Pobres turcos. Murieron lentamente, mientras el ayatolá recitaba los versículos sobre los traidores. Antes les arrancaron la barba y las uñas.

Las cabras estaban demasiados viejas y raquíticas. No sé cómo caminaron tanto. Una de ellas murió de frío y degollé a la otra a mitad del camino. No hay fuego, pero tampoco siento hambre. Móla no mencionó nada. Ahora me ve y no sonríe. Lo mejor será separarse en el campo. Lo mejor será separarse para siempre. Siempre es hoy y tal vez mañana. Después, ya veremos.

Dos chicos corrían con el cántaro de agua. Una niña llevaba un canasto lleno de ropa andrajosa y un perro movía la cola. Era la cena y no lo sabía. Uno de los guardias levantó el fusil viejo que había sobrevivido la guerra y vio a un hombre que caminaba despacio. En una mano llevaba una bolsa de dátiles y en la otra una daga rojiza, quizá por el reflejo del fulgor del sol naciente de la madrugada.

[1] Título de respeto para un musulmán que sabe el Corán de memoria. (N. del A.)

[2] Uno de los pilares del Islam. Todo creyente debe peregrinar hacia La Meca por lo menos una vez en la vida. (N. del A.)

(*) Nació en Guatemala, en 1989. Estudió música y literatura. Publicó un libro de relatos, Nebulosa de un hombre que sueña (Editorial Mandrágora, 2014). Columnista de Casi literal y colaborador en la sección “Ficciones” de Murray Magazine (España). 

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