Guillermo bebe cocoa. El café le desagrada. De hecho, no tiene sentido del gusto. Pero con la cocoa es distinto y su lengua la saborea de una forma extraña. Al menos, eso es lo que cree desde siempre.

Guillermo pasa la tarde en casa, un departamento ubicado en un distrito de clase media de Lima. Se toca el rostro tratando de encontrar defectos. Reordena sus cabellos ondulados, pone las manos en la mesa y deja que la palma de su mano se contraiga.

No hay nadie en casa y no tiene mascotas cómplices. Ni siquiera está el portero del edificio al que saluda por la ventana a menudo, cuando quiere observar la calle y sus matices. Está solo y eso lo hace feliz. Está solo, pero no lo agradece. Ahora su cuerpo ocupa el suelo de su sala, y observa el techo con abundantes chicles, todos masticados en su infancia, algo poco decoroso.

Guillermo se queda quieto. Inhala y exhala, siguiendo la orden del abuelo que le decía que se calmara cuando era pequeño y hacía berrinches. Al voltear su rostro, aún puede ver al tata en el sillón.

Hay poco ruido en el espacio: el reloj, una mosca, el refrigerador, las bocinas de los autos. Pero ahora no importa, pues se concentra en él, en el ritmo de su respiración hasta que poco a poco va sintiendo a su corazón, y poco a poco, cómo la sangre fluye en todo su sistema sanguíneo.

Es un momento íntimo. Guillermo reflexiona. Guillermo ha decidido no querer ser más Guillermo. Ya no hay ninguna duda. Su mundo interior es diferente. Realmente diferente. La circulación de su sangre es normal, no tiene problemas, pero piensa en acabar con esa calma.

Guillermo quiere ser Heliah. Quiere cambiar de sexo, pues siente que algo no anda bien, y quiere cambiar ese sentimiento.

Sus padres lo sabían, pues desde pequeño demostró que quería ser diferente. Tuvo la fortuna de recibir todo el apoyo. Mucha, mucha fortuna.

Tanto fue el amor de sus padres, ambos inventores, que decidieron crear, ante la determinación de su único hijo, un artefacto impulsado por la nanotecnología y las ondas cerebrales para, en pocas palabras, trasladar el alma de su retoño al cuerpo de la chica que quisiera, y que, claro, busque lo mismo que él, estando de acuerdo con el proyecto denominado Genoveva.

La tecnología era única. Una manera alternativa para evitar operaciones y tratamientos químicos, que en nada habían evolucionado a lo tradicional en el año 2100, con costos altísimos, los cuales crearon incontables casos de depresión y suicidios.

Para la familia de Guillermo, el cuerpo era lo más sagrado que puede haber sobre la Tierra. Era un templo que se tenía que preservar. Pero tenía que haber una manera para que abandonar un cuerpo fuera posible y seguro. Así se evitan daños, se evitaba sufrimiento, y la sociedad entendería que una persona podía cambiar radicalmente cuando lo quisiera.

El prototipo fue desarrollado en 10 años.

— Pronto serás libre. — Repetía la madre de Guillermo, quien fue una importante programadora y genetista en un mundo poco futurista, pese a todas las películas de ciencia ficción y al ánimo de nuevos desarrolladores en el mundo.

Las pruebas empezaron a realizarse con ratones, pero los exámenes tenían exigencias cada vez más grandes y riesgosas. Sobre todo porque las mentes, como la sangre, tenían que ser compatibles, y ciertamente el riesgo en animales era enorme.

Es por eso que el padre de Guillermo le dio una clave: Encuentra a tu alma gemela.

Unas lágrimas aparecieron en el rostro de Guillermo, tendido en el suelo de su sala con un techo muy familiar. El ritmo de su respiración cambió. Su sangre ya no era tranquila. Estaba accediendo a memorias difíciles de asimilar.

CONTINUARÁ.

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