Por Rossybell Tobón (*)

Hay muchas cosas sin explicación aparente en el mundo y en la vida. Hace unos días conversaba con la pastora de la iglesia donde asiste mi madre, pues ella tenía tiempo queriendo conversar sobre “mi vida”, y amablemente y sin miedos, accedí. Fuimos a comer una pizza para romper el hielo y dar toque al tema principal: “Mi homosexualidad”. 

Ver: Así salí del armario

Con un poco de temor y nerviosismo de su parte empieza a contarme cosas suyas antes de convertirse al evangelio de Dios. Me comentó que iba a muchas fiestas, reuniones, que tomaba mucho y que era muy querida por sus amigos, por ser revolucionaria y divertida, por ser, lo que muchos de sus amigos en ese entonces no eran.

Allí estaba yo, frente a ella, escuchando todo lo que decía, mirándola fijamente a los ojos y prestando atención a toda su historia. Me parecía muy interesante la forma de abordar el tema, estaba algo extasiada de que yo aceptara ir a comer con ella y hablar de algo tan “delicado”. Me dio las gracias por aceptar y permitir que se acercara a mí “para ayudarme”.

Entre sus anécdotas me confesó muchas cosas. Una de ellas llamó mi atención: dijo que sospechaba de mi “espíritu de lesbianismo”. Todo lo concluyó en un día que entré a su librería y me vio de jeans, camiseta y tenis.

➤ No sé que tenga que ver eso con ser homosexual o no, la verdad.

Mirando al costado del local donde estábamos me dijo:  “Desde ese día, percibí en ti un espíritu de lesbianismo y empecé a orar por ti”. Sin ánimo de ofender, se me salió una sonrisa y comenté: “¿Espíritu? No sabía que ahora los gays tenemos espíritus que se inmiscuyen en nuestros cuerpos”. La dejé continuar escuchándola muy atentamente.

Hasta que tocó el tema de mi madre. Dijo que sabía que estaba sufriendo mucho por mi “pecado”, que un domingo en la iglesia le comentó  que tenían que hablar sobre mí porque el “Señor” le había revelado parte de mi vida. Me comentaba que la llamó a la oficina de la iglesia y para abordarla le contó parte de lo que ella había vivido en su juventud, de que había sido como yo: “REBELDE”.

Me desveló saber que mi madre lloró y se avergonzó, (que no es cosa nueva, siempre he sido una vergüenza para mi madre en todos los aspectos, por mi manera de ser, de pensar y de actuar). Ella le aseguró que estaba dispuesta a ayudarme, que Dios me sacaría de la inmundicia y exaltaría mi nombre. Pero pasaba el tiempo y la pastora nunca se me acercó, hasta diciembre pasado.

Me juró que Dios podía sacarme del pecado, limpiarme y hacer que posara mis ojos en un hombre de Dios, y le dije: “¿Y cómo hago? No me gustan, no me excitan, no me producen nada”. Seguía diciéndole que había salido con varios, intimado, pero el resultado era el mismo: NO ME GUSTABAN.

Le comencé a contar cómo fue mi primera vez con una mujer. Desde que estaba pequeña hasta la actualidad. Le dije que desde que tengo uso de razón me gustan las mujeres, que pasé por mi período de aceptación, condenándome a mí misma con el tema de que “no era correcto que me gustara una mujer”, pero que no evitaba sentir lo que sentía con mujeres.

Lesbianas

Que traté de forjar una relación y no pude, aparte de que no me sentía completa. Sufría maltrato psicológico por mi manera de ser y de vestir (que tampoco es que me vistiera como hombre); y hasta pensé en casarme, pero que me costaba hacer una “vida normal” por no poder sentir por un hombre lo que se suponía que debía experimentar.

SIN TITUBEAR Y SIN PECADO

Veía incomodidad en su rostro por la convicción de mis palabras al decirle que me gustaban las mujeres, que tengo planes de vivir con mi novia y que quiero irme del país. Su silencio era como de decepción, pero a la vez de sorpresa. Quizás le llamó la atención que nunca hubiera titubeado al afirmar mi homosexualidad en frente de una autoridad eclesiástica.

Le dije: “No me siento mal con lo que soy, me siento enamorada, llena, completa y perfectamente posicionada en el mundo. Ser homosexual no es una moda o el fin de mundo, es algo que no pedimos pero que brota incluso cuando no lo queremos, pero cuando aprendemos a ser conscientes, es donde valientemente lo decimos Seguimos siendo humanos”.

Dios es tanto tuyo, como mío, es de todos, me parece egoísta que nos quieran desplazar de Él, solo por gustarnos alguien del mismo sexo. En ese momento me interrumpió y me dijo: “La biblia es muy clara, es la palabra de Dios, y dice que no entrarán al reino de los cielos los fornicarios, los afeminados, los que están con varón siendo varón, los borrachos, las prostitutas”.

Me profetizó que saldría de eso, que tendría un ministerio enorme dentro de la iglesia, que arrastraría masas y respondí: “Pues esto es lo que soy, me siento respaldada por Dios, no me siento en pecado, no veo la aberración. Y aunque no vaya a una iglesia y no crea en religiones, sé que Dios existe y me acompaña, no tengo que casarme y tener hijos para que una sociedad me apruebe y ser la mujer más infeliz que llegues a conocer. No quiero usar a un hombre para que mi madre y mi padre sean felices y luego de diez años decirle que no quiero seguir con él porque me gustan las mujeres, que no tengo que esperar que nadie me apruebe porque no me interesa la gente que está en contra de la homosexualidad, que no hay nada por lo que pelear o afronta. Que no me siento arrepentida, ni con ningún espíritu maligno invadiéndome. Que no voy a complacer a nadie, solo a mí misma”.

Aunque sonara cruel entendía bien que mi madre no aceptara lo que soy, pero es mi vida. No haré nada por los demás porque no quiero tener la vida que los demás esperan que tenga. Tendré la vida que YO QUIERO TENER, QUE ASI SOY Y NO ME AVERGÜENZO DE ESO.

(*) Periodista, escritora, locutora,amante de los deportes, fan de los tatuajes y madridista de corazón… Tengo 24 años. Lo demás, lo dejo a tu criterio.

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