Enciende la cámara. Presiona el icono para grabar. Se pone de frente al lente (luce el cabello desordenado y un polo con la figura de un durazno muy simpático). Respira hondo y exhala, y lo vuelve a hacer (y otra vez).

Primera parte: Genoveva: No quiero este corazón

No tener un falo nunca ha sido un problema. Tampoco tener pechos pequeños. Conquistar a las chicas es sencillo, a menos que sean chicas heterosexuales solo con ganas de experimentar. Ellas realmente te pueden destrozar el corazón. ¿Llorar? He llorado de verdad solo tres veces: cuando terminé con mi primer novio, Rodrigo. Lo hice llorar como nunca esperé que un chico lo hiciera por mí, y lloré con él y luego en mi habitación, y luego con Cristina, a la cual me llevé a la cama (en su casa) tras contarle mi situación, y con solo tres conversaciones en el chat. Sí, todo un récord. Soy-la-peor. Y lo sé. Pero no tengo arrepentimientos.

Debería comenzar de una forma un poco más formal. Soy Margarita y me identifico la mayor parte del tiempo con un durazno. Es viernes 13 de 2100. Es un día nublado en Lima y no les contaré más de la ciudad.

Te decía que no tener una verga no es un problema. Tengo 19 años y no es un problema. Sé cómo usar muy bien los dedos que me dio Dios y Cristina lo puede reafirmar aunque ahora me odie. Me volví una experta, primero como DJ todas las noches. ¿No me crees? No es extraño que no me creas, de hecho no te pido que confíes en mí, pues nadie cree que sea lesbiana, solo porque sigo usando vestidos. Las personas parecen estar muy interesadas en comportarme exageradamente como un chico. Afortunadamente no tengo tiempo para convencerlos.

Te hablaba de Cristina. Ella es heterosexual y creo que fue parte de una secta universitaria de orgías en la que los chicos eran los dominados. Me agradó la idea. No va conmigo, pero admito que me excitó imaginarla desnuda dominando a otros chicos.

Cuando le quise proponer que sea mi novia, estaba a punto de viajar a Miami. Fue una sorpresa que me dejó helada. En aquel momento solo fue una despedida, y me aseguró que la había pasado bien, pero que los dedos no eran lo suyo, y tampoco los penes de plástico que con tanto esmero traté de conseguir. La verdad es que ya tenía novio y no me quería contar nada. Solo estaba probando otras latitudes, en realidad no guardaba ningún sentimiento por mí.

Su novio era Rodrigo, mi ex. Al principio no entendí. ¿Cómo es que esa vagina llegó a tus manos (o verga)? ¿Cómo es que ella me dejó por ti? ¿Qué es lo que hice mal para no aprovechar el sexo con ese huevón?

No lo culpo. No la culpo. Rodrigo tiene un rostro simpático, parece un asiático, pero con una personalidad muy tranquila y un paquete que envidiaría el promedio de jóvenes limeños. En mi cuarto, pensé que era una tonta, sí, tonta por separarlo de mi vida. Y pensé que la vida era una mierda cuando miraba el techo de mi cuarto, en donde está escrito exactamente “mierda”. Es raro, lo hice cuando redecoré ese lugar porque me pareció gracioso. Hasta ahora, nadie en mi familia se ha dado cuenta, y recién esa palabra tiene una justificación que va de acuerdo con mi edad.

La situación era nueva para mí, aunque una mejor amiga me sugirió que era cliché porque siempre ocurre. Lo siento, pero no sé de alguna otra experiencia. No tengo amigas ni la sabiduría de otras lesbianas. Estoy en básico 8 del curso. Así que puse en el buscador: ¿Por qué mi ex ahora es la pareja de la chica con la que estaba saliendo? Sí, mi dignidad se fue a la basura en ese momento.

No me sorprendió que las respuestas estuvieran orientadas al público común y corriente, y aunque encontré el título “Como recuperar a tu exnovia si ella tiene novio”, no me atreví a leerlo. Para empezar, no era mi novia, y sería trampa leer ese artículo.

Mi techo todavía tenía la razón. Lloré un poco más. Mi madre me preguntó si estaba bien. Le conté que había terminado con Rodrigo. “Ahora Rodrigo está con una huevona que me tiré…”

–¡Qué!

Bienaventurados son los que no piensan en voz alta.

– Está con una chica que me cae muy mal. Me pegué un tiro en la sien cuando me enteré.

– Qué lástima. Tan bien que lo estaba engordando. Estaba muy flaquito ese chico. Supongo que no volverá a comer aquí.

Y me dijo lo que toda madre de 48 años diría:

– Todo pasa por algo. Deja de llorar. Ordena tu cuarto. ¿Cómo vas en la universidad? Ponte una chompa, no has tomado tu jugo de papaya orgánica.

– Ya.

Salió de la habitación a visitar a los otros hermanos. Imagino. Yo soy la mayor, la menos agraciada y la más plana. Las nuevas versiones de hermanos nacen con ojos verdes, y ya se comprobó que tenemos a los mismos padres. Joder.

Rodrigo también se fue a Miami. Resulta que tenía familia ahí y que podía viajar cuando quisiera con solo pedirlo. Yo lo imaginé de clase media baja, no de media alta. Sabía que algo me ocultaba.

Estaba sola de nuevo en mi universo cool. Todo iba en orden, comprando gelatina todos los días, haciendo garabatos en cualquier superficie, haciendo origami, inventando canciones, leyendo los mensajes que me enviaba Rodrigo cuando éramos una pareja que se quería.

En un curso de arte encontré a Concha. Así se llama, y no recuerdo a qué nombre le pertenece ese diminutivo. Solo sé que me excita. Mi pene espiritual se erecta cuando lo escucho. Y es incluso más excitante cuando el cura que tenemos por maestro lo dice al tomar lista.

–Presente– dijo con una voz agradable. Un tono suave, limpio, calmado y un poco grave. Aún no sé si juzgar a las personas por su voz es bueno.

En ese momento recordé que no había forma de que ella sea lesbiana, ni siquiera de que sea alguien curiosa, pero me volví su amiga pronto. Siempre me ponía nerviosa, pero logré saber que le gustaba la fotografía, el yoga, comer ensaladas, el tequila, y patinar. Era perfecta en mi adolescente mundo.

Y es por eso que me tomé un shot de tequila antes de decirle que me gustaba y que quería una oportunidad para demostrarle que podía ser una buena pareja.

–No lo dudo. ¿Pero por qué pensaste que podría ser lesbiana?

Si no fuera por el valor que me otorgó el tequila me habría derrumbado.

–Me encantas. Eres genial, pero no estoy interesada en las chicas. No puedo. No podría. Discúlpame si me he mostrado como una chica dispuesta a mantener una relación contigo. De verdad, sería como engañarte, y no me atrevería a aceptarte a menos que seas un chico.

Aún con los efectos del tequila, pensé en que eso era posible, mientras ella se alejaba. ¿Podía cambiar por ella? Sí. Puedo hacer las locuras que quiera por Concha, pensé.

Pase una semana, dos, tres, practicando otra forma de ser yo sin perder mi esencia. Madre preguntó qué estaba pasando, mi padre solo me miró de reojo mientras leía el diario digital en sus manos. No me dijo nada.

Una mañana no paré de dar vueltas en mi propio cuarto por una hora, lo cual es un suceso que ocurre de manera espontánea antes de darles a mis padres una extraña noticia. La última vez fue cuando empecé a menstruar. Esta vez se trataba del lesbianismo se los conté porque ahora era lo más normal hablar sobre esos temas con los padres. Eso creí.

Mi madre se tocó el pecho, respiro un poco, se fue a la cocina e intentó hacer algo de la limpieza que se supone debe hacer en ese lugar aunque ahora no exista mucho que limpiar porque las cosas prácticamente se restauran por sí solas. Mi padre me miró de reojo y no dijo nada. Yo me sentí igual que siempre.

“A menos que seas un chico”. Esa frase se repetía en mi mente una y otra vez y me pregunté si valía la pena esa chica o si era una señal divina de que verdaderamente debía cambiar. Al instante les dije a mis padres: Quiero ser un chico.

Madre fue aún más severa. Salió de la casa. Mi padre apagó el dispositivo y se fue. Mis hermanos estaban en el colegio, así que no se enteraron del embrollo en el que estaba envuelta la familia por mi culpa. 

Pasaron las semanas. No dirigieron una palabra para mí y el dinero que me daban lo depositaban directamente en mi cuenta bancaria, lo cual es lo peor que me ha pasado sobre conflictos con los padres. No, aún no voy al psicólogo.

En la escuela, en donde la vida de las otras personas me parecen irrelevantes, para variar tampoco me hablan, pero ahora me ignoran con cuchicheos y creo que con algo parecido a discriminación, como diciendo, “miren ahí va la lesbiana”. No conozco a otras chicas lesbianas en ese lugar, así que estoy sola. Y debería conocerlas pronto. Tampoco conozco a otras trans. Realmente estoy solo. Aún me cuesta referirme a mí como un chico. Es bastante difícil. Creo que me iría mejor si continúo. Aunque creo también que debería abandonar esa meta. Son muchos temas que tengo que resolver internamente.

Concha no merece mi cambio. Estoy tratando de hacerlo por mí. Lo juro. Estoy siendo lo más sincera conmigo.

Este video iba a ser prueba del rechazo que he experimentado. Aquí iban a quedar mis últimas palabras, por sí me ponía lo suficientemente depresiva para acabar con mi vida o mudar de país y cambiar mi identidad. Pero terminé siendo algo romántica, creo.

Supongo que continuaré con mi vida. Mis padres ya se acostumbrarán. Sigo siendo un durazno suave.

PD: Rodrigo, disculpa por hacerte llorar. Sí estoy arrepentida.

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