La primera vez que mi mamá fue a mi nueva casa pasó algo que me hizo evaluar nuevamente qué tan cerrada es la sociedad ante una situación de personas gay. Yo me mudaba con una pareja de mujeres y nunca cuestioné el cómo eso podía cambiar mi manera de sentirme frente al lesbianismo o cómo lo verían otras personas, ¿por qué hacerlo? Mi mamá, hasta ese momento, no lo sabía y no entendía por qué habían dos chicas, a parte de mí, en el departamento cuando solo habían dos cuartos. Su cara era rara, trataba de entender la situación y miraba alrededor del depa para saber si por ahí yo le había dicho algo mal y en realidad cada una tenía su cuarto. “¿Mi hija va a dormir en el mueble”, fácil se le vino a la mente.

Cuando ya la situación se tornó bastante extraña, le dije muy suelta de huesos “ellas son pareja”. Trató de no exaltarse, aunque su rostro fue bastante expresivo y notorio. Días después me preguntó si algo estaba mal conmigo, por qué siempre estaba rodeada “de esa gente”, incluso me preguntó si era gay. No era la primera vez que alguien me lo preguntaba, así que no me sorprendió, nunca he sabido si es porque todos mis amigos más cercanos son gay o mi forma de vestir o de hablar o qué sé yo. No lo soy, nunca lo he sido y no tengo intenciones de serlo. Me gustan demasiado los hombres para si quiera considerar el poder ser gay. Lo siento chicas, este pechito no juega. Al comentar que vivía “con una amiga y su novia”, algunas expresiones cambiaban y venían más preguntas, no incómodas, solo estúpidas que ni siquiera merecían algún tipo de atención. Una de las más populares definitivamente fue “ah, ya saliste del clóset”. #BitchPlease.

Mis años de universidad los pasé al lado de una de las personas más maravillosas que he conocido en mi vida. Yo no podía sentirme más orgullosa de ser amiga de una de las primeras personas abiertamente gay que conocí. Las bromas de que éramos pareja, comentarios cuando nos quedábamos a dormir juntas o íbamos por unos tragos nunca se hicieron esperar y palabras y expresiones como ‘torteras’, ‘tijereteras’, ‘pan con pan’ se hicieron bastante comunes en mis conversaciones entre los pasillos de la U.

Sin retroceder tanto tiempo, cuando fui a la marcha por la Unión Civil el año pasado, a pesar de que mi novio estaba en una mano y mi cartel en la otra, muchas personas me preguntaron por qué hacía eso. Por qué me –exponía– a que la gente crea que soy gay. Por qué quería llamar la atención así. Porque, lógicamente, en la cabeza con tres neuronas de cualquiera, uno no puede luchar por un bien común, y mucho menos si eso afecta a una sola persona gay. Llamen a Cipriani porque hemos fallado todos. Egoísmo, homofobia, estupidez y más. Usted encuentre la definición correcta para este tipo de situaciones.

¿En una sociedad perfecta las personas gays solo puedan relacionarse con gays o los hetero con los hetero? ¿Solo los gays pueden luchar por sus derechos? ¿No puedo divertirme en una discoteca gay? ¿Escribir en una plataforma de noticias LGTB me condena como leca densa? ¿Si le publico a mi amiga abiertamente gay que la quiero entonces SIEMPRE la gente asumirá que estoy en el clóset? Lamentablemente estas son preguntas que en pleno 2015 aún se me vienen a la cabeza, porque esta sociedad así me lo pide y cuestiona. Porque el parafraseo de “no soy homofóbico, pero…” se ha vuelto tan común y famoso entre grupos de todas las edades, que siempre nos quedará preguntarnos: ¿Cuándo tendremos una sociedad sin prejuicios, sin homofobia? Espero que mis hijos tengan mejor suerte.

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