Tu stalker favorita

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¿Te persigue alguien en la red? No te asustes. No todos buscan lastimarte, robarte o chantajearte. 

Sé todo de ti. Sé todo de ti desde que me enteré que existías. Antes era más difícil  y yo era muy boba con esto de Internet. 

Si te preguntas cómo sé de tus gustos musicales, gastronómicos, literarios y hasta amatorios es por una simple y sencilla razón: me he dedicado a stalkearte. Suena horrible la palabra. Pero más feo es que te diga “Hola, soy tu espía”. Resulta que me ha pasado años siguiéndote la pista por la red. 

Sé que odias los lunes porque los domingos sufres el más cruel de los insomnios, ese que te aparta de la MAC (sí, sé que usas MAC, la vi en Instagram y Vine) y te lleva a mirar el techo. Esa es la fase que más odias. Ya no te provoca ni tuitear “maldito insomnio”, ya estás odiando las horas próximas. Sabes que estarás muy mal todo el día, y odias estar mal porque no hay café bueno que te levante y ya no tomas Red Bull. Sé que duermes poco, y que te gusta escribir de madrugada. No me lo contaron. Lo leí y hasta le di Like.

Por lo menos, tienes tres parejas ‘evidentes’ en tu historial de Facebook. He visto sus fotos y casi no encuentro puntos en común entre ellas, aunque escribiste en alguna parte, creo que en ese blog que llamas verde, que te gustaban las mujeres de cabello lacio y negro. En esa lista de tres hay una que no tiene el cabello así. Con las tres viajaste mucho, y con las tres, en su momento, se te veía enamorada. Nunca pusiste en Facebook que se había roto la relación, sin embargo, pude adivinarlo cuando dejaste de nombrarla o etiquetarla.

El preámbulo es una lista de canciones o frases tristes, allí está siempre Chavela Vargas, Joaquín Sabina, Vicentico, Calamaro y ahora último Lila Downs, siempre Caetano, a veces Patti Smith y Marisa Montes. Siempre recaes en Andrés Caicedo, al que pocas de tus amigas o fans conocen tanto como yo me encargué de devorar para entender tu fascinación por ese colombiano de cabello largo. Y aunque sé que adoras a Gabo, y que lloraste su muerte, Caicedo es sinónimo de que estás mal, de que la muerte ronda tu cabeza, otra vez te preguntas por qué te falta valor. El suicidio es un tema constante en tu vida, siempre piensas en la muerte, y te asusta, aunque la llamas, y Caicedo es tu héroe. No me lo niegues. 

Odias la política y casi evitas el tema porque no le crees a nadie. A veces opinas y puedes llegar a lapidar al que detestas. Sé que piensas bien lo que escribes, que te controlas mucho e intentas ser respetuosa o políticamente correcta aunque tu postura de lesbiana pública ya te hace incorrecta ante todos esos conservadores que desprecias.

Sospecho que tienes una novia por internet y me da pena no ser yo. Dices que detestas chatear y pasas horas chateando, y no respondes mensajes de otras personas como yo, que tantas veces te escribí con consultas tontas para interesarte de alguna forma.  

Hasta que me aceptaste de amiga y pude decirte, sin miedo, que sabía todo de ti, que moría por ti, y que solo una noche me haría bien. Recuerdo que abandonaste la ventana con esa amiga y te provoqué curiosidad. Supongo que con muchas te ha pasado lo mismo. Solo que yo me entregué demasiado, te dije de frente (bueno, a través del chat) que quería conocerte y hacer el amor contigo. Creo que eso desbarató tu indiferencia y te acercaste (bueno, me prestaste atención) y un día nos vimos. Y yo te repetí lo que ahora te escribo: “Soy tu stalker”.

No te molestó que nombrara a tus gatas y que recordara tanto a la gata gorda que lloraste seis meses, y a la que mencionas como si estuviera viva. No te incomodó que casi recitara tus tuits de desolación, esos que ya no escribes. Solo me mirabas y te reías. En ese instante, frente al café de la calle 100, me di cuenta de que no sabía tanto, y que mostrabas solo una parte de ti, que estratégicamente te movías en las redes, que no decías todo lo que te habitaba, y que podías llegar a ser, incluso, mejor de lo que te imaginé. Luego supe que eras peor, pero no sé si la palabra es peor. Es el despecho de pronto. Pero supe bien que me mentías, que mentías a los que te seguían y que te mentías a ti. En ese café, de paredes blancas y mesas de madera vieja, me dijiste que no, que no querías lastimarte. Yo quería acariciar tu ego y te llené de elogios. Esa táctica no funcionaba. No necesitabas palabras bonitas. Solo querías largarte de allí, detrás de tu mujer, a la casa de tus gatos y perros. 

No sabía nada de ti. No sabía que podías llegar a ser hiriente con tu mirada en el iPhone, chequeando noticias y hasta chateando con esa novia que no sé si es de verdad o solo una ilusión tuya, pero con alguien hablabas y le prestabas más interés que a mí. Y yo te miraba, y contemplaba tus heridas, las cuales no ocultaste. Hasta que dijiste adiós, y yo me quedé con la cuenta cancelada y una cara de sorpresa y dolor que no se me va.

A pesar de esa escena tan triste para mí, en tus ojos encontré una infelicidad asfixiante, y me pregunté hasta dónde tenía que llegar para alcanzarte, que debía hacer para retenerte a mi lado y mostrarte una vida nueva. No me diste tiempo. Solo te marchaste por la callecita empedrada de esa Lima que ya no existe. Te fuiste y luego me eliminaste del Facebook, me bloqueaste del Twitter e hiciste como si yo no hubiera existido jamás. Y otra vez te encontré, con otro perfil y otra historia de fascinación. Nada funcionó. Era un ir y venir. Yo le decía a mis amigas que te escapabas por miedo. En el fondo creía que no te gustaba, que mi cabello no era tan negro y tan lacio, o que mi conversación era muy estúpida.

Sospecho que en el fondo sabías que era yo, o eso me pareció cuando escribiste: “Ignórame un poco y me meterás a tu cama”. Seguí tu receta, y ahora te veo dormir a mi lado. Sé que te irás. Y posiblemente me elimines de todas partes. Te aviso que volveré, disfrazada de otra, con más certezas que esta vez. 

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