Colombia: Padres potenciales atados de manos

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Mi nombre es María Alejandra Benavides, y antes de empezar a decir a lo que me dedico o qué hago, lo más importante es definir qué soy y a quién amo.Tengo 27 años y soy lesbiana desde hace años. Como varias de las personas que conforman mi comunidad, traté de encuadrar en los estándares heterosexuales impuestos por mi familia en primera instancia y luego por la sociedad, lo cual incluso me llevó a tener parejas del sexo opuesto y no me arrepiento porque con estos hombres amé la vida, al punto en que uno de ellos me hizo el más hermoso regalo que fue la maternidad y el poder disfrutar por pocos meses el placer inigualable de tener a mi hijo amado Carlos Alberto.

Debo hacer énfasis sobre lo que fue la presencia de mi hijo en mi vida. Él ya no está, o por lo menos en este mundo, lo que me entristeció profundamente hasta que con ayuda de mi última pareja pude afrontarlo de la mejor manera. Encontré muchas personas, muy católicas por cierto, que celebraron el hecho de que Dios se hubiera llamado a mi hijo. Creo que así lo hizo saber una de ellas para que no viera o padeciera la homosexualidad de su madre… Creo que el dios de esa persona debe estar también muy enfadado porque celebrar la muerte de mi chiquito solo deja ver la mezquindad de un alma pobre.

Escribo esto no por continuar el boicot que existe en este momento frente al tema de la adopción igualitaria, pero confieso que al verme influenciada por tanto punto de vista decidí plasmar mi posición al respecto. En primer lugar debo contar que hay una mujer a la que amo con toda mi alma, y aunque nuestra relación es indeterminada no porque haya una promiscuidad sentimental o física, si no por circunstancias de crecimiento personal, debo reconocer que ella es la que me ha enseñado a conocer la lealtad, el compromiso y sobre todo fue la que hizo que naciera en mí la decisión de tenerle un amor devoto y exclusivo.

Como es de suponer, en el continuo caminar de la vida, en el tiempo en que no tuvimos una relación (ni siquiera cercana), conocí muchos cariños grandes y experimenté la fugaz esperanza de familia, porque reconozco que nunca he renunciado a ese sueño aprendido de las parejas heterosexuales de hacer familia de papás e hijos, sueño que cada vez se vuelve más utópico por las decisiones jurídico-legislativas de mi país (sí, tuve bastantes amores pasajeros).

Explorar y asumir mi sexualidad, no fue del todo un proceso armónico, puesto que crecí en un hogar jurídico, conservador y religioso, no obstante eso no impidió que al final yo ejerciera mi verdadera identidad, no sin antes entre tantos amores perderme y creerme todo aquello que decían de la no estabilidad en una pareja gay, y no fue hasta que la mujer que amo llegó para que todo eso quedara atrás y aprendiera el verdadero sentido de una relación, y confieso que ella debió aceptar y diferenciar la Alejandra inestable y mitómana que existió y entregarse a la nueva realidad de la persona que después de tantos excesos (todos un error) pudo pulirse y entender que heterosexual o homosexual, el amor es una responsabilidad por la que se lucha y donde la lealtad forja una mejor familia, todo dentro del marco de la responsabilidad, la moral, el respeto y sobre todo la infinita credibilidad de que es una bendición de Dios poder disfrutar una sana relación.

Ahora bien como amante de las leyes, me parece que se ha suscitado un debate interesante, propio dentro de una sociedad en vía del desarrollo. Pero en mi humilde opinión el enfoque erróneo que se le dio por parte de la máxima Corte Constitucional, la cual actuó ante la ausencia del Legislativo vulnera derechos fundamentales per se una valoración absurda y llena de perjuicios.

En primer lugar no acudiré a lo tan citado en redes sociales, que si los niños que están en estado de adoptabilidad merecen tener un hogar en donde como hijos de una familia puedan gozar de la protección afectiva, psicológica y económica; esto sin contar el bienestar que les significaría a estos infantes el dejar de vivir en casas de paso e institutos. No creo que esto haga parte de una problemática a la que deba referirme, pero claro está que si bien primarán los derechos de los niños AL NEGAR LA ADOPCIÓN IGUALITARIA acaba para muchos de estos menores la posibilidad de perpetuar uno de sus derechos más importantes, el derecho a tener un hogar digno en donde sean amados.

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CIUDADANOS DE SEGUNDA CATEGORÍA

La verdadera pregunta va dirigida a los ilustres magistrados: ¿Desde cuándo a mí se me debe tratar como un ciudadano de segunda categoría? ¿Desde cuándo a mí se me tienen que reconocer mis derechos? Pues no, como ciudadana colombiana y habitante de este planeta, mis derechos fundamentales son inherentes a mi persona, por tanto es ilógico que yo deba solicitar a un juez constitucional que me reconozca un derecho que yo libremente debo ejercer y empoderarme por ser la titular del mismo.

Como amante del Estado Social de Derecho, soy fanática de la Constitución de 1991, y en especial hago alusión al artículo 13 Ibídem, en este reza que soy igual a los demás y que si mi población se considera vulnerable, es el Estado el que tomará las medidas necesarias para garantizarme esa igualdad, ahora bien si el fin de Estado es garantizar la efectivización de los derechos fundamentales y además asumir el cumplimiento de mis necesidades, como pretende el Estado o bueno su órgano legislativo que se someta a un referendo la aprobación o no de mi derecho libre de formar una familia.

¿Cómo tranquilizarme ante el retroceso, que significaría que una mayoría social con tendencia homofóbica pueda decidir mis derechos como minoría? Es alarmante que la nueva batalla que pretenden emprender lleve a las urnas a un país de doble moral, con tendencias tan altas de analfabetismo (lo que hace vulnerables las mentes o influenciables) y de homofobia para que se cumpla un formalismo legal que ofrezca argumentos para negarme mi tendencia natural a ser madre.

PADRES POTENCIALES ATADOS DE MANOS

¿Qué estudio científico con un bajo margen de error puede a mí descartarme como madre adoptiva o biológica por mi orientación sexual? Es indignante que mientras muchos niños no tienen hogar, mueren de hambre, son prostituidos o vagan en la calle y no le importan a nadie existan padres potenciales con estabilidad emocional y económica a los que se nos niega la posibilidad de amarlos todo porque ahora la doble moral dice que son los niños a los que se les salvaguarda los derechos, “pues al negarles estar con pervertidos como nosotros que los volverán gay y abusaran de ellos, por lo menos se les garantiza que no tengan familia, hogar, padres o madres etc”. Es más o menos así la cosa.

En mi caso soy homosexual y me formé en un hogar disfuncional por la separación de mis padres pero tuve una figura paterna en mi padrastro, agradezco esto porque aunque no conseguí centrarme en mis primeros años de identidad sexual, de ahí vienen mis bases para querer una familia monógama, perpetua y real.

Perdí a mi hijo en los primeros cinco meses de gestación cuando sabía que sería un hermoso caballero, gentil y caballero y eso sí dueño de su destino, aun así no quiero quedarme con un vientre vacío, pero estoy consciente de que mi enfermedad ovárica puede volver a impedirme tener un embarazo a término completo, y si esto sucede, ¿de verdad es justo que se me niegue la posibilidad de adoptar? La verdad si de justicia se trata, nada más mutilador que negarme realizar una parte muy importante de mi vida.

Con pareja o sin pareja he decidido que quiero ser madre, eso no expondrá a mi hijo a ningún patrón de orientación y menos seré yo la que lo mutile o lo someta a actos de abuso, pues he conocido el abuso desde la persona que me dice cómo debo vivir mi vida, hasta el abuso sexual del cual doy cuenta desde muy temprana edad y, claro, por personas heterosexuales y de mi sangre.

Así que obviamente no hay nada que a mí me descalifique como madre, e incluso si mi actual relación terminara (que espero que no sea así porque de verdad mi hogar con mis hijos y ella sería ideal), sé que ella sería la primera en celebrar mi embarazo o a mi hijo, pues aún disfruta de la presencia mágica y tierna de Carlos Alberto, un nene hermoso rechazado por su padre heterosexual y adoptado de la manera más dulce y bella por esa mujer que amo y la que hoy sigue haciendo mi vida feliz.

Tengo derecho a disfrutar de mi cuerpo, mi sexualidad, a formar mi hogar con la mujer que amo, pero sobre todo tengo todo el derecho de regalar a mi hijo todas las formaciones culturales, sociales y ancestrales que viven en mí y de las que espero él sea el heredero de amor, porque al final eso tendrá: un hogar hermoso con dos madres que harán todo por hacerlo un niño feliz, pleno y sobre todo dueño de su destino y de su vida.

 

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