Por Consuelo Solis (*) 

-Solo será un fin de semana.

-Y por 180 soles.

-Habitación dos días, desayuno, almuerzo y cena.

-Y Dios nos bendecirá en cada gemido.

-Eres una puerca.

-Lo somos.

-Un par de marranitas.

Ambas acercaron sus labios delgados y pi pi pi , se dieron un piquito agudo y riquísimo.

Silvia coge el teléfono.

  • Buenas noches. Quisiera reservar una habitación doble para este sábado.
  • Sus nombres señorita.
  • Silvia Lujan Rosales y Macarena Mendoza Valencia.

Hace ocho meses, la madre de Macarena olvido su monedero en casa cuando iba de compra. Al volver subió a su habitación, cogió la pequeña cartera y hubiera seguido su camino, si unas risitas, muy agudas y muy breves no la hubiesen puesto en alerta. Dotada de un sexto sentido, natural en las madres, regreso en sus pasos, se dirigió al cuarto de su pequeña Macarena, que a su vez, olvidó cerrar la puerta con seguro. Un monedero y un pestillo olvidado fueron los ingredientes para que la cuadriculada madre de Macarena, la descubriera empiernada a su mejor amiga, Silvia.

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María Macarena de los Santos Mendoza, de padre español y madre peruana sintió renacer en ella sus genes de antepasados inquisidores. Hecha una furia, corrió al herrero, le soltó un centenar de billetes, abrió su cartera, saco un calzón de Macarena, y le hizo fabricar una trusa de hierro con llave incluida. Acto seguido, trasladó a la menor a otra entidad educativa. En vano fueron los reclamos de los maestros, alegando que cambiar a la niña en octubre era la forma más necia de hacerle repetir de año. No le importo.

Micaela al año siguiente portaba un calzón de hierro con interior de algodón (para que no se escalde) y repetía el quinto año. Había sido desaforada de celular, internet y de la llave de la casa. Las mil formas como logró comunicarse con Silvia, eran una dulce copia de un libro de García Márquez. Después que su madre comenzara a chillar: Lárgate de mi casa, Lárgate o llamo al cura para que las exorcice ¡O mejor! ¡Te consigo un negro para que te enseñe lo que es ser mujer y dejes de pervertir a mi hija! Silvia se puso el jean con premura y olvido su trusa adrede (para que Macarena tuviera un erótico recuerdo de ella en las noches, en que sus piernas extrañen cruzarse, y empantanarse en las de ella) y acercándose a Macarena, que se cubría con las sábanas, aterrada le dijo al oído: Como en el “Amor en los tiempos del cólera”, mientras que la desquiciada madre no dejaba de gritar, de alzar la cara al cielo, preguntándose entre gemidos: “¡¿Por qué Dios, qué estamos pagando?!”

Cartas en los ladrillos salidos en el callejón que daba a la casa de Micaela. Cartas en el hoyo del viejo roble del parque de Silvia. Mensajes con Rogelio, el heladero. El viejito que se dio cuenta de sus amores. Porque ustedes chicas, cuando se miran se derriten peor que helado en febrero. ¡Qué cosas dice, señor Rogelio! A este viejo verde, ustedes no lo engañan. Y así, el viejito con una sonrisa cómplice aceptó y respetó su amor juvenil. Y más tarde, lo apañó.

II

De eso, ya habían pasado seis meses. Silvia terminó el colegio, no quiso ir a la universidad. “De frente al trabajo, marranita, para así tener dinero y no tener que depender de nadie”, le decía en una de sus cartas. Cuando llegaron las vacaciones de medio año, decidieron viajar. Macarena para la satisfacción de su madre, empezó a asistir a una escuela cristiana todos los sábados. Lugar en el que Silvia se escabullía como otra feliz devota. El primero fue un campamento de jóvenes. Compartían habitación con seis chicas más.

Muchachas, hagamos un compartir. Aquí Silvia y yo hemos preparado un rico y refrescante, además de bendecido té de cereza.

  • ¡Oh, cerecita, nunca he probado! ¡Ay que rico! ¡Dame! ¡Yo quiero probar! – decían las chicas alborotadas. Ambas van sirviendo el té saltando de cama en cama, con vaso en mano.
  • ¡Un brindis por esta nueva amistad al lado de Diosito! ¿Ya chicas? – dijo Macarena.
  • Sííííí – dicen las niñas más inocentes, las más puras del mundo, las vírgenes por excelencia, las chiquis de los sueños húmedos, las pequeñas que piensan que el diablo tiene cara de pene.

Tin tin tin suenan sus vasitos de plástico de colores. Todas primorosas, ríen jijiji. Silvia y Macarena se miran, sonríen, cada quien con su vaso, con su té especial de esencias de vainilla con pisco. ¡Harto pisco!

  • Ay muchachas me está entrando sueñito.
  • Ayy chicas como se nota que no se desvelan.
  • Solo para la universidad, además la jornada de canticos y abrazos ha durado mucho.
  • Bueno chicas, no las culpo, acuéstense.

Una a una las chicas van cayendo, acurrucadas en sus camas, en sus frazadas de polar estampados con la cara de Justin Bieber y One Direction.

Macarena comienza a tararear: Tómame en tus brazos, Cristo. Silvia alza los brazos, arrodillada en la cama. Macarena se deja caer en los frágiles y rosadas extremidades de su amante y contesta: Y haz de mi lo que tú quieras, sonriéndole con la dulzura de un postre de leche, calientito.

Las dos al unísono: Toma mi vida en tus manos. Se envuelven bajo las sábanas. Se van formando figuras asimétricas, mientras las dos vuelven a cantar toda la canción.

III

  • ¿Llevamos cigarros y alcohol Macarena?
  • No creo que los Hare Krishna nos dejen.

Huaral las recibe con neblina y frío. Su habitación en forma de botella se agita. Ellas son pisco, limón, pero sobretodo jarabe, jarabe, jarabe, goma, goma, goma, dentro de ese recipiente frenético que se bamboleaba por un barman invisible que juega con el frasco, que hace malabares.

¡Cómo se agitaba! ¡Goma, goma, goma!

In Chorus como decía la miss de inglés, Macarena:


Hare Krishna Hare Krishna

Krishna Krishna Hare Hare

Hare Rama Hare Rama

Rama Rama Hare Hare

Silvia reafirma:

¡Oh! Mi Señor supremamente atractivo,

Fuente de todo placer.

¡Oh! Energía espiritual del Señor;

Por favor ocúpame en tu servicio con devoción


Ambas, mientras Macarena le muerde la orejita de bocadito a Silvia y le acaricia la entrepierna, rezan: Señor, libera con este canto, nuestros espíritus de este ente material, déjanos fluir, olvida nuestras apariencias.

Silvia no dice nada, hace rato que ya ha llegado al Nirvana, hace rato que está charlando con el maestro de los Krishna.

–Señor azulito. ¿Lo puedo llamar así cierto? –dice Silvia.

–Llámame como desees. Sigo siendo tu Dios. ¿Eso si lo sabes cierto? – le contesta el maestro.

–Claro que sí. A mí me gusta más el color rojo. ¿Por qué eligió el azul?

–Porque me gusta ese color. ¿No se me ve regio?

–Bueno sí, pero solo por eso, ¿No hay un significado más profundo?

–¿No te es suficiente con que me guste ese color? ¿Acaso tienes que escribir un ensayo para explicar por qué te gusta el color rojo?

–No. Simplemente me gusta y lo elijo.

–Bueno, chiquita esa facultad se las he otorgado yo. El libre albedrío.

–Bahhh, esperaba algo más.

–Complácete con lo hermoso y sencillo, que ahí me encuentro yo. La complejidad déjasela a los charlatanes, políticos y demagogos.

–O sea… ¿Tú cruzas tus piernitas azules, haces ohm, te pones alhajas de colores y feliz?

-¿Por qué no? en el Ohm, en ese sonido del mar, yo rezo por ustedes, para que alcancen la tranquilidad, la armonía espiritual a la que yo he llegado.

–¿Cómo es eso? Tú eres el Dios, ¿A quién cha` le rezas?

–Háblame bonito.

–Explíquese azulito.

–No puedes ir. ¿Sabes qué muchachita? Se te acabó el orgasmo. Adiós, sal de mi recinto. Tu petit morte como lo dice el nombre, se acaba en un ratito.

–¡Oh Dios! – dice Silvia, sorprendida.

–¿Te gusto eh?– dice Macarena.

–Más que eso, he conversado con el maestro Krishna.

–¡De nuevo Sylvia! ¿Cuándo vas a tener un orgasmo normal?

–Marranita, ¿Cuándo un orgasmo es normal?. Ambas ríen, y ellas son una acuarela, una torta de cerezas, horneado por la abuela. Así de armónicas.

IV

Ha pasado año y medio. Han recorrido retiros evangélicos, krisnas, mormones, adventistas, hasta han viajado a Chilca con los amantes de los ovnis. Lo hicieron en una carpa frágil, que les lapeaba las nalgas desnudas por tanto viento. Nunca fueron descubiertas. Macarena seguía sin encontrar la religión que la convenciera. Silvia ya llevaba casi dos años laborando, vivía sola, mientras Macarena iba a la academia, ella frecuentaba bares.

–Tenemos que hablar – dice Silvia.

–Oh, no .¿Ya llegamos a ese punto de la relación que necesitamos hablar? ¿No bastó con superar los obstáculos de mi madre?

Macarena alza los brazos, como lo hizo su madre “¿Qué estamos pagando?” harta de esa charla, harta al saber que vendrá después. Deambula por el departamento de Silvia.

-¡No te bastócon superar a mi madre! , ¿Con ser más fuertes que el amor en los tiempos del cólera? En Lima la que se escalda por todo…

-Ya no sigas Macarena–. Es que ya lo sé. Estas harta de esta situación. ¿Te das cuenta en que nos estás convirtiendo?

-¿En esas novelas del corazón?–. Peor aún, en esta situación, rosa y cabra, homosexual Pero es necesaria esta conversación. Las relaciones de los gays no difieren de la de los heterosexuales.

-Pero date cuenta Silvia, míralo desde afuera. Antes éramos un cuadro sexy, hot, de dos chicas lindas amándose. Ahora somos un cuadro chirriante, rosa y cabra a lo Almodóvar style.

–Pero si Almodóvar es chévere

–Sí, pero es un cabrazo. Y esta no es una película. Es la vida misma. ¿Por qué no bailamos un bolero de Los Panchos, así pegaditas como antes?

–¿Qué dices? ¡Y abrimos un vino, que hurté de mi madre!

Macarena se lo propone con una sonrisa tan diáfana que es difícil decirle que no.

–Ponte sería – le dice Silvia.

–¿Para qué? Ves estamos discutiendo como dos viejas.

–¡Pero si aún no me dejas decirte de que quiero conversar!

–¡Vámonos de retiro por última vez! -propone Macarena. ¡Y de ahí ya conversamos de lo que quieras!

-¿A dónde?– Vamos a uno católico. El más común, el más corriente.

–Perfecto.

Alistan las maletas. Macarena ya ingresó a la universidad. La madre ya ni siquiera la va a despedir a la estación. Confía en su hija, en sus amiguitos de su nueva parroquia. Macarena ha vuelto por la senda del bien. Sigue en busca de Dios y será profesional. Uy sí. Uy sí. Llegan. El lugar es tan bello como los demás. Campo, césped, un río. Macarena planea hacerlo entre las aguas, para que la corriente toque sus partes nobles, a mitad de la noche.

Se acomodan en sus habitaciones. Está oscuro. Vuelven a dopar a todas las niñas de su habitación. Se escabullen entre el ramaje de los árboles, escuchan las llaves de uno de los acólitos. Se quedan quietas. El ruidillo se va perdiendo entre los claustros de aquel viejo monasterio. Avanzan, agazapadas, en cuclillas. Silvia lleva una manta y un par de velas bien pegadas a su pecho. Macarena lleva el vino, un encendedor y una cajetilla de cigarros. Ya están por cruzar los portones principales. Un sonidito se acrecienta, es agudo y es algo así como un jijiji, que se hace más fuerte. A las dos se les viene a la mente, sus risas antes que su madre las descubriera. El ruido se hace más intenso, tanto que le duelen las orejas. Deciden retroceder, pero no pueden, algo se los impide.

–Buenas noches señoritas. No me digan nada. Usted Macarena regrese a su cuarto. Usted… ¿Cómo se llama? –Silvia.

–Señorita Silvia, venga conmigo.

Macarena se aleja en dirección contraria. Escucha los pasos en las baldosas de ese viejo recinto, dobla la esquina. El padre y Silvia entran a un despacho.

–¿Por qué no me regresa a la habitación como a Macarena?

–Porque con usted quiero hablar. Usted no se congrega cada semana como Macarena, simplemente fue una invitada, segura de ella.

-Así es.

-¿A dónde iban?

-Solo nos íbamos a embriagar.

-¿Solas?

-¿Qué insinúa? Silvia se indigna, la que no sabe de las perversiones de la carne. Y el acólito sabe que sabe.

–¿Usted no es bastante grandecito para seguir siendo acolito?

–Silvia contra ¡ataca, sonríe, pícara.

–¿Qué? ¿Ahora usted me interroga?

–Solo preguntaba.

Silvia cambia de actitud a un modo más risueño, coqueto y ofrecido, piensa: Es casto, nunca lo ha hecho, solo tiene la seguridad que tiene, porque está en su territorio. Lo seduciré, se asustará, y me iré.

El juego empieza. Ambos se disparan preguntas, ambos se van acercando un poco. Atrás dejan la silla donde Silvia debía ser interrogada, atrás queda el escritorio donde el acólito debía quedarse a interrogar. Ambos están encima del mueble hablando muy cerquita en posición de loto. Ambos sonríen, no se tocan, huelen las respiraciones del otro.

-¿Usted nunca lo ha hecho cierto niña?

-¿Niña? ¿Qué? ¿Tan viejo es?

-Es cierto, ¡Nunca lo has hecho! Se ríe, se tapa la boca, quiere reírse más pero no puede.

Macarena sigue en su cuarto esperándola, felizmente no le quitaron la botella de vino. Ya va por la mitad, está alegre, empieza a tararear el burrito sabanero de los toribianitos.

Silvia también sonríe, no va a dejar que la vean sonrojarse.

–Mira, vamos a hacerlo, ¿Te parece? Si te gusta, genial, sino, tómalo como una experiencia, como que la puerta se abrió y dejes el estigma de ser virgen, y puedas seguir intentándolo con quién quieras.

Silvia medita.

– Está bien. Piensa: Bueno, esto debe ser algo divino, es un acólito. Quizás antes fue un malandrín por eso tanta viveza, pero ahora tiene un uniforme religioso. Además de todo, es original. Perder tu virginidad con un agente de Dios. Creo que no hay pecado. Sin pecado concebido. ¿Cómo dijo? Que no habrá pecado en esto y tampoco vamos a concebir nada. ¡Ay Dios no lo quiera! Te daré una pastilla mañana. Ni hablar hacerlo con condón en tu primera vez, sería como dar tu primer beso con una bolsa de plástico en los labios. Nada más ruin. Hagámoslo.

Por las maniobras, por la delicadeza, por la paciencia como poco a poco el acólito fue acariciando el cuerpo dorado de Silvia. Ella supo que no era su primera vez, que ya era ducho en el arte de poseer cuerpos. Ella se dejó hacer y sí que la hicieron. Cuando llego el momento decisivo, Macarena era ya, una música fácil.

-Hola Cristo ¿Podemos conversar un rato? Hola Silvia. Claro, por eso estas aquí. Sí, es que bueno, Macarena no quería hablar del tema. ¿Y el acólito sí? Risas divinas resuenan en el cielo. No sea cachoso, ni me vaya a dar un sermón. No, qué aburrido, para eso existen los católicos, el Papa, y toda esa gente de culo apretado y estreñido. Sabía que te la zurraban todos ellos. ¿Por qué dejas que usen, que manoseen tanto tu nombre? Ay pequeña, ya lo dije, ya se lo dije a mi padre. Dios perdónalos porque no saben lo que hacen. Pero ellos sí lo saben, son malos, abusan de ti, para tener un montón de gollerías. Bueno, bueno, ¿Para eso no has venido hasta aquí cierto? No, claro que no. ¿Qué quieres? Poder hablar contigo. ¿Cómo lo has estado haciendo? Sí, en todos tus nombres y en todas tus formas. Pero hija no puedes vivir con un orgasmo encima, te me vas a morir de felicidad. ¿Es por eso que la felicidad no es perpetua? Sí lo es, pero no a ese grado. Diablos. ¿Cómo que “diablos”?. Ay, se me chispoteo. Cuidado, que ahorita se nos aparece y nos agua la fiesta.

El acólito no se venía, seguía, seguía, seguía.

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-Esta charla está durando más de lo normal. ¿Qué es normal en un orgasmo? Le decías tú a Macarena. Lo mismo te digo a ti. De por sí, esto no es muy normal. Ya que tenemos más tiempo del “normal” ¿No quieres conocer a mis amigos? Claro.

Se abrieron paso del vacío hacía una escalera de nubes, bien al reino de los ositos cariñosos, todo bien suavecito, acolchonado y con olor a bebe Johnson, así de risueño. En una gran mesa de roble, un centenar de hombres y mujeres con túnicas sueltas. Hombres y mujeres de cuerpos precisos, entallados, musculosos. ¡Qué papadas ni que rollitos! ¡Faltaba más! Eso no existía en el…

sexo acolito

– Y aquí estamos niña, en el Olimpo. ¡Oh, Dios! ¡¿Alguien me llama?! – Contestaron los Dioses – Al no escuchar respuesta siguieron cada uno en sus asuntos. ¿Me puedo quedar aquí Cristo? ¡¿Sigues en lo mismo niña?! ¡Cómo piensas vivir con un pene adentro! No es que quiera estar así, pero quiero quedarme aquí. ¿Y Macarena? No sé. ¡Qué se venga aquí! Pero el acolito no es pepito dos cañones. Y no sabemos si ella quisiera estar con otro igual .Yo tampoco lo sabía. Andas como soga sin cabra. ¿No será como cabra sin soga? ¡Sera el sereno! Mira ya como me pones chavo. Déjame quedarme un rato más aquí, por fis. Se me va a morir el acólito, necesita un descanso. Un ratito maaaás. Baco esta que me hace ojitos, quiero que me invite de su copa. Bueno, pero solo un ratito que el chico se me muere. ¡Gracias! y un favorcito más. Llénale la botella a Macarena, que ya debe estar por acabársele. Bueno, dale. La llenamos.

En medio de la noche se escuchó un ruido, agudo algo así como un jijiji. Era la botella llenándose. Macarena ni cuenta se dio. Dio un sorbo. Seguía feliz. Por esa noche todos estaban felices.

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