He decidido escribirte pensando que algún día, espero pronto, tengas internet.

Parece una ironía, una trampa de internet, pero mi amiga virtual no tiene internet o tiene gotitas de Internet, como yo tengo a veces gotitas de agua como cuando cortan el agua en esta parte de mi ciudad.

Y resulta que sé tan poco de ti, que te extraño tanto, y me haces falta como si alguna vez te hubiera tenido más de una semana a mi lado, como si alguna vez nos hubiéramos ido tres días a la playa, como si quizás tres noches tú y yo hubiéramos compartido la luna, las calles de mi Lima, las calles del París que te conté, o las calles polvorientas de mi barrio. No sé qué pasa. Se lo dije a mi psicoterapeuta ayer. La extraño. Es como si me faltara algo que nunca tuve. Es como si añorara algo que jamás fue parte real de mi vida. Tampoco hablábamos todo el tiempo, pero ella estaba allá y yo aquí, y de pronto, resulta que estoy yo aquí y ella no sé dónde, no sé si sonríe, no sé si llora, no sé si se acuerda de mí, dice que sí, pero quizás lo dice para que no me sienta peor con su ausencia.

–No sé si es mi amiga virtual, doctora.

–¿Por qué lo dices?

-Porque la conocí unas horas, pero fue un encuentro tan accidentado, quizás efímero.

-Pero no para ti–dijo la doctora.

–Supongo que no. Yo regreso siempre al café donde la vi sonreír y donde le tomé fotos.

De regreso a casa seguí mirando el celular por si aparecía. Ya sabía que no estaría. Y yo extrañando, y yo esperando. Recordé que algún día pronostiqué: Facebook se morirá y tú y yo quedaremos incomunicadas para siempre. Dijiste que las cartas existirían. Creo que me burlé de los carteros. Resulta que Facebook sigue vivo, pero tú no tienes Internet y yo estoy aquí. Te pienso, y dices brevemente que me piensas.

Un drama tan típico de mí. Tan poco virtual, tan real. Tan bobo, pensarás.

Sé que Internet volverá y entonces al leer esto dirás que soy una tonta. Escribirlo me acerca de alguna manera a ti.

Ay, peruana. (Lo escribirás o lo pensarás, no importa).

 

 
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