Por Mónica A. Deras (*)
Hace un par de años me congregaba en un movimiento juvenil parroquial y un joven homosexual se acercó a mí para confiarme su secreto. ¿Por qué tenía que ser un secreto? Primero, ese tema sigue siendo tabú, incluso creo que algunas personas piensan que son fantasías o cuentos de hadas y que en su familia “esas cosas” no pueden pasar. Segundo, en la iglesia te etiquetan como el más grande pecador si hablás algo sexual y sobretodo “antinatural”. Tercero, el miedo a que todos te vean mal y hablen a tus espaldas te lleva a ocultarlo. Cuarto, las dudas que te entran y las preguntas de ¿seré normal?, ¿qué me pasa?, ¿alguien me va a entender?, hacen que ocultés tu propio yo ante los demás.Y a esto es a lo que voy. No tenemos que llegar al punto de borrar nuestra identidad para satisfacer la “normalidad” de la sociedad. Un humano de bien no se basa en su vida sexual, no se basa en sus gustos sexuales. Todos tenemos la libertad de ser quienes somos, donde quiera que estemos, con quien quiera que estemos.Hay tantas cosas por las que luchar y cambiar, que me parece ridículo enfocarse en si una persona es homosexual o no. Aunque también debemos de empezar cambiando nosotros mismos para que el mundo se transforme.Todos estos prejuicios nos llevan a dudar de nosotros. No siempre. Algunos días, algunos momentos. Somos más que nuestro cuerpo, somos más que nuestra sexualidad, somos seres conectados entre sí y con todo.Creo que la tolerancia y la armonía deben de empezar con cada uno. Desde el momento en el que te encontrás con vos mismo y aceptás todo lo que sos, el mundo pasa a un segundo plano. Todos nacemos sin saber qué vamos a hacer de nuestras vidas, ¿por qué tenemos que cuestionar las decisiones de los demás, si estas no afectan nuestro camino?

¡Ya basta con esa repulsión y comentarios ofensivos hacia la comunidad LGBT! ¿Por qué seguir generando odio entre nosotros si ya suficientes guerras, muertes y pobreza existen en el mundo?

Es tan difícil encontrar amor verdadero estos días, y es inaudito criticar a una pareja que, a pesar de todo, quiere estar junta. Sea hombre con hombre, mujer con mujer, hombre con mujer. ¿Cuál es el problema? ¿Serán celos acaso? ¿Celos de esa libertad, de esas decisiones tomadas cuando vos no podés ni decidir qué ropa ponerte?

Así como el verdadero amor no ve clases sociales, razas, a veces tampoco ve el género. El amor es más que un hombre y una mujer juntos. El amor es todo. Y no, una pareja homosexual no rebaja al amor, al contrario, lo eleva. Porque el valor que se requiere para arriesgarse en esta sociedad estereotipada, es mayor en todo aspecto.

¿Por qué no dejar que dos personas se amen como se les plazca? A la frase “Vive y deja vivir” debemos agregarle: Amá a quién querrás y dejá que los demás amen a quien quieran.

 

(*) Licenciada en Ciencias de la Comunicación

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