Marzo se terminó y -en lo personal- es un mes que preferiría olvidar. Pude sentir visceralmente cómo mi corazón y mi himen terminaban por romperse (¡Esperen, los hombres no tenemos himen! Supongo que fue mi corazón el único en quebrarse.)  No sé si era el despecho, el calor de este infernal verano peruano o la calentura de no coger desde hace un par de meses que me incitó a volver al hábito, viejo y lascivo, de tener sexo ocasional.

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Al principio, el deseo carnal, la libido y la lujuria se veían apagados cuando el sentimiento de culpabilidad se metía bajo las sábanas de quien sería mi primer amante ocasional en años. Después de dos o tres hombres, el sexo se volvía placentero y el número de orgasmos se incrementaba. Me di el permiso de volver a experimentar, entre tantas prácticas sexuales, el fetiche del cuero –el cual anhelaba volver a practicar desde hace tiempo- y algo de sadomasoquismo ligero. Este tiempo de sobredosis de las tradicionales artes del sexo homosexual y vulnerabilidad emocional me sirvieron para despejar mi mente y estar en contacto con mi yo sexual, que se encontraba dormido y aletargado. Sin embargo, intentar sanar un corazón roto, frágil y herido, con sexo -mucho sexo- puede resultar un completo desastre. No solo es necesario el uso de preservativos para evitar el contagio de ITS (Infecciones de Transmisión Sexual), sino la creación de una especie de barrera emocional que proteja los pocos retazos intactos de corazón restantes.

Dentro de nuestra diversa comunidad gay, el sexo casual es una práctica que resulta bastante común y, al mismo tiempo, nos condena, pues esta contribuye en la creación del estereotipo del hombre gay promiscuo. Ante esto, me surgen una serie de dudas: ¿Es tan malo ser considerado promiscuo? ¿Es tan malo poder disfrutar de nuestros cuerpos a plenitud? ¿Nos quita valor como personas el satisfacer los deseos sexuales de otras personas al mismo tiempo que satisfacemos los nuestros? Opino que no. Poseemos plena libertad sexual y control sobre nuestros sensuales cuerpos; en tanto, ejerzamos nuestra libertad de manera responsable no debería existir problema alguno.

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Muchos podrán alegar que los practicantes del sexo casual buscamos llenar un vacío emocional, que tenemos miedo al compromiso o tenemos altos índices de egoísmo. Yo no podría negar tales afirmaciones, pero afirmarlas sería una evidenciar la ausencia de sesos, producto de dejarse llevar por estereotipos. La sexualidad humana es tan compleja –y la sexualidad gay es más compleja aún– que resulta casi imposible encasillar o establecer un perfil de los practicantes de sexo casual. No todos somos egoístas, no todos tenemos miedo al compromiso y no todos buscamos llenar un vacío emocional, aunque debo confesar que mis últimos encuentros sexuales hayan tenido la finalidad de ahogar el dolor de un desamor.

El sexo ocasional es ideal para librarse del estrés o de la calentura, mas no lo recomiendo para escapar de los problemas que podamos estar enfrentando. Sonará a cliché, pero el tiempo siempre se encarga de cicatrizar las putrefactas heridas y llenar los inmensos vacíos, estas funciones no le corresponden al sexo. El sexo debería servir para demostrar afecto (idealmente), manifestar atracción física, derrochar energía y quemar calorías (acompañado de una dieta balanceada y actividad física). Existen quienes disfrutan y viven de las efímeras relaciones del sexo casual, así como, existen aquellos que prefieren mantener relaciones sexuales con conocidos, novios o amistades. Todo es válido en lo que concierne a la sexualidad, nuestra sexualidad. Todo mientras sea consentido, legal y responsable.

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