Lo recuerdo perfectamente. Era una tarde noche del 11 de agosto de 2007. Hace ya siete años que conocí el rostro de ese hombre, que con voz impostada, ojos enmarcados con largas pestañas y labios que incitaban al deseo del beso, me atrapó en un mundo que no podría ser más que fantasía.

Han pasado siete años desde que conocí a Juan Amador. Siempre le creí importante, siempre me atrapaba con su palabras que para mí eran nuevas, eran atractivas al oído y más cuando las escuchaba salir de su boca.

–Quiero verte.

–¿A las 5?

–Te veo.

Siempre acordábamos la hora para vernos, platicar, reír y contar historias de nuestros respectivos países. Él era colombiano, yo de México.

–Parcero, ¿cómo está?

–Muy bien, ¿y tú?

–De maravilla.

–Oiga, ¿sabía que en Colombia se habla el mejor español del mundo, que producimos el mejor café y que somos una gran promesa latinoamericana?

–Algo había escuchado. Pero México no se queda atrás, aunque en estos momentos no me siento tan orgulloso de pertenecer a un país que no lucha, que solo lo hace cuando le conviene y cuyo pueblo sigue sometido por su gobierno, que además se confabula con el crimen para tener prisioneros en una falsa libertad a sus ciudadanos. (Aún no era octubre de 2014).

Y así podíamos hablar de economía, de la comida típica de nuestros países, de la lucha, de la historia, de los conflictos internacionales. En realidad creo que comenzó como una amistad para él, pero yo, yo sí me enamoré.

Estúpidamente creí que algún día lo iba a conocer, que viajaría a Sudamérica, tomaría café en su “finca” y saldríamos “enguayabarnos” después de la “rumba”. Que me llevaría a conocer las playas de Cartagena y las calles llenas de historia en su natal Medellín. Aún no ha pasado.

Era su cumpleaños, el 11 de abril, no le había felicitado y mi corazón me brincaba porque quería que mis “mejores deseos” fueran diferentes. ¿Qué hacía? Una postal por Metroflog, una imagen con globos y gliter en Hi5 o alguna canción ranchera compartida por MySpace.

Seis años atrás, las llamadas de larga distancia aún eran caras y no me atrevía a marcar a un lugar tan lejano y que en la próxima factura del servicio, mis padres preguntarán quién realizó esa llamada tan cara.

–¿Hola?

–Juan, hola, soy Mario Alberto.

–Cachay, qué gusto ¿cómo estás?

–Bien, y tú ¿cómo la estás pasando?

–De maravilla, estoy por salir con mis parceros.

–Qué padre. Pues solo hablo para felicitarte y desearte lo mejor en tu cumpleaños.

–Wow parce, de verdad que me habla desde México para felicitarme, muchas gracias.

-Bueno, te dejo, tengo que irme.

–Muchas gracias. Oiga, por cierto, tiene una voz muy linda.

–Nos vemos.

–Hasta pronto.

Ahora lo recuerdo como una tontería, pero en ese momento mis mejillas dolían de la prolongada sonrisa que no bajaba de mi rostro. Por primera vez escuché su voz, nunca antes la había escuchado, solo nos veíamos por web cam.

Opté por cambiar el lugar de las citas. Tendría que caminar más, pero en aquel cibercafé tenían audífonos y las cámaras eran mejores, más caro, qué importaba, dejaría de beber refresco durante la escuela para ahorrar ese dinero.

Pero que tonto fui. Mi incapacidad para relacionarme con personas de mi círculo, de la escuela o de la ciudad donde vivo, me orillaron a poner mis esperanzas en un ser digital, una persona que no existe más que en mi monitor, a quien no puedo tocar, no puedo oler.

Pero sí me hace sentir. Lo siento en mis sueños, en mi mente, en mi cuerpo cada que veo un like, un comentario y, no se diga, un mensaje privado.

A la par, me enamoré, sí, al fin, alguien de carne y hueso, a no menos de dos metros de distancia, me hizo vibrar, sentir, llorar y odiar tanto en un periodo de tiempo tan corto que regresé a mis andanzas digitales.

ENAMORADO DE UN SER DIGITAL

La verdad es que creí en esa relación, era la primera, lo quería y no. Sabía que no estaba bien, pues era mujer, y yo, al interior, sabía las otras cosas que sentía. Me dejé llevar, me dejé engañar, y salí peor de lo que entré. Amador y yo nunca dejamos de hablar, por eso regresé a mis citas cibernéticas.

Siempre engañado, siempre esperanzado a que en mis cumpleaños me dedicara un lindo pensamiento. Pero nada. Nunca pasó. Y nunca pasó porque él era un experto en buscar ‘amistades’ por internet y yo, un inexperto en relaciones personales.

Pero cómo le cuentas esto a tu mejor amigo, a tu familia. Cómo les dices que tú mismo te destrozaste el corazón, pues nunca te dieron alas, nunca tuviste más que conversaciones, a veces eróticas, a veces educativas, a veces, a veces, a veces ni conversaciones, solo miradas.

Cómo le cuentas al mundo que te ‘enamoraste’ de un ser digital. Cómo es posible esto, no se puede, ¿o sí?

Y de vez en cuando charlamos, de vez en cuando me recuerdas con un pulgar arriba que sigues ahí, no me he atrevido a darte “unfriend”, porque a pesar de todo aprendí, conocí otros lugares sin salir de casa, desarrollé una imaginación incapaz de aterrizar a la realidad.

El olor a café sigue presente.

El olor a café continúa en mi paladar, en mi olfato, en mis ojos aún está.

El olor a café aún me dice que está cerca, que no se aleja, solo se ausenta.

Que puede volar pero siempre en una taza llegará.

El olor a café sigue en mí. En mis recuerdos, en mis pensamientos, en mis sentimientos.

El olor a café me enciende, me apaga. Me hunde y me sube a lo más alto.

El olor a café, su intenso olor, me tira al piso y me levanta de un solo golpe.

El olor a café es añoranza, es recuerdo, es palpitar, son risas y lágrimas, es sentir y no, es querer y no, es estar y no.

Tu olor sigue aquí.

Tu olor está ahí.

Tu olor hermoso a café.

 

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Comunicólogo, reportero intermitente, aficionado a la política, al cine, a la música, a las cosas que nuestro subconsciente no nos permite ver, entender y aceptar. Irónico, idealista con los pies en la tierra y la mente más allá del cielo. A veces vuelo a otras realidades y las mezclo con mi ambiente. En proceso de construcción...

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