De todas las prácticas afectivo-eróticas que ha desarrollado la humanidad a lo largo de la historia, el homoerotismo ha sido la que ha recibido las más duras críticas y desaprobación social más generalizada. Lo mismo sucede con las personas transgénero.

Aceptémoslo: el estándar socialmente aceptado en la mayoría de las culturas es el heterosexual. Gracias su fin reproductivo, ha ido tejiéndose en torno a dicho patrón de conducta sexual las estructuras de emparejamiento, crianza, familia y, por ende, adquisición de derechos. Lo que deja a otras “prácticas” fuera del estándar.

Es así que los fundamentalistas afirman que la homosexualidad es una amenaza a la concepción tradicional del mundo, que se rige con base en la dicotomía femenino-masculino. Claro, sin olvidar que caen en la profunda ignorancia al confundir los términos «orientación» e «identidad».

La homolesbotransfobia es violencia. La violencia puede tomar muchas formas: puede ser directa o indirecta, evidente o “encaletada”. Ignorar es violencia, excluir es violencia, negar los derechos es violencia,  el ataque en las redes sociales es violencia.

Tomar nota y no olvidar.

En algunos estudios (aquí y aquí) que he podido revisar sobre homofobia en estudiantes (algunos realizados en el Perú: psst hay un par de tesis en la UPCH y la Villarreal que pueden encontrar en las bibliotecas), muchos psicólogos buscan relacionar aspectos como la influencia familiar, los valores aprendidos en la sociedad y los medios de comunicación con las conductas de rechazo hacia la población LGTB.

Sin embargo, olvidamos cuál es el determinante más importante durante la época escolar, especialmente durante la adolescencia: los pares.

Si bien la crianza y las creencias religiosas tienen influencia en la formación de las actitudes, durante la adolescencia el grupo de amigos es uno de los influyentes más marcados a la hora de hacer juicios sobre el mundo. Dime con quien andas y te diré quién eres.
Pero vamos a los datos científicos y descubramos a qué factores se asocia la violencia contra las personas LGTB.

Aunque no me gusta la idea de comparar hombres y mujeres en las investigaciones, en este caso vale la pena explicar este importante dato: los hombres tienen mayores conductas de rechazo que las mujeres. En casi todas las investigaciones que he podido revisar es así.

Es una cuestión de prejuicios, en los que el machismo hace presión en los varones por asumir un rol de masculinidad «apropiado»: ser gay (que para la sociedad machista significa asumir el rol femenino) es terrible, te hace débil (como una mujer).

Es por esto que hay menos mujeres que exhiben conductas de rechazo a la homosexualidad, ya que las mujeres se encuentran, por el contrario, en posición de desventaja social, por su género, por su identidad. Lo mismo sucede en el caso de las personas LGTB.

Otro factor importante es la experiencia. Las personas que tienen familiares o amigos LGTB muestran menos actitudes de rechazo, lo cual nos remite a un gran problema: la invisibilidad. Las personas LGTB pueden esconder quienes son por muchas razones, pero ser invisibles trae consigo el refuerzo de que esta comunidad es pequeña y que no tiene un alcance real en la sociedad, cuando es todo lo contrario.

¿Cuáles son las consecuencias de la homofobia? Múltiples: vivir en un contexto donde se recibe violencia nos vuelve una población en riesgo de sufrir trastornos emocionales (¿es cierto que las personas LGTB tienen más trastornos psicológicos?) y nos obliga a cuestionar nuestro deseo de visibilidad. Algunos efectos de la homofobia son: tristeza, soledad, autovaloración negativa (o la internalización de la homofobia – sí, las personas LGTB también pueden ser homofóbicos, pero ese será tema de otra nota) y hasta ideación suicida.

Pero no solo vivimos la violencia de manera directa. Existe una homofobia implícita, que es una suerte de «no soy homofóbico pero que no se casen y no adopten».

En una investigación del 2003 en España, analizaron los prejuicios homosexuales y buscaron compararlos con el racismo. En los resultados encontraron que la homofobia sutil estaba tan presente como la explícita. Incluso, había un gran grupo de personas que era explícitamente homofóbica y que esto estaba ligado a prejuicios y «valores tradicionales». Encontraron que estos parámetros eran muy parecidos a lo que sucede con el racismo.

Igualmente, otra investigación encontró que al medir las actitudes homofóbicas explícitas, los hombres puntuaban más alto que las mujeres. Sin embargo, al medir la homofobia implícita, encontraron que esta era más frecuente que la explícita y que los hombres y mujeres la ejercían igual. Esto nos indica que la aparente disminución del prejuicio hacia las personas LGTB está en realidad encubierto.
¿La cura? Aparentemente es salir del clóset.

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