Alejandra Pizarnik, un amor sin fondo

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Por: Luis Paucar (*)

Ocho meses antes de suicidarse, la poeta argentina Alejandra Pizarnik escribió una última carta a su amiga Silvina Ocampo. Alejandra era adicta a las anfetaminas, tenía acné, había publicado dos poemarios póstumos y a sus treinta y cinco años no quería ir a otro lugar más que al fondo. Las primeras líneas de la carta dicen así: “Vos, mi amor, vos no me des memorias. Voy sabes cuánto y, sobre todo, sufro. ¿Acaso las dos sepamos que te estoy buscando? Sea como fuere, aquí hay un bosque musical para dos niñas fieles”.

Ale Pizarnik

Cada frase hacía un tajo en el papel. Alejandra solía decir que lo único que tenía era su nombre, Alejandra, que fue el que se dio a sí misma a partir de su segunda publicación, guardando para el recuerdo el que le habían dado sus padres, Flora, y el verdadero apellido, Pozharnik, alterado por un error de registro. Sus padres fueron una pareja de judíos rusos que huyeron de Europa antes del Holocausto. En junio de 1971, había ingerido una sobredosis de barbitúricos pero fue encontrada a tiempo, de modo que fue internada en un hospital para practicarle un lavado de estómago.

A partir de entonces frecuentaría clínicas y tratamientos para tratar de aliviar su persistente depresión. Escribía cosas como: “La jaula se ha hecho pájaro y se ha volado”, “yo no sé de pájaros, no conozco la historia del fuego, pero creo que mi soledad debería tener alas”, “a mi noche no la mata ningún sol”, “el cielo tiene el color de la infancia muerta”. Le escribía a Cortázar y Cortázar le respondía que quería verla en slip. A Silvina Ocampo, la mujer que Alejandra amó tanto, le decía: “¿Por qué, Silvina adorada, cualquier mierda respira bien y yo me quedo encerrada y soy Fedra y soy Ana Frank? El sábado me choqué. Me duele todo. No me dolería si me tocaras”.

Las anfetaminas seguirían acompañándola durante sus años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, prolongando las noches de desvelo en las que intenta estudiar letras pero que después dejaba para estudiar pintura con Juan Battle Planas. La carta continúa: “¿Y tu libro, Silvina? El mío acaba de salir. Formato precioso. (…) Oh, Silvette, si estuvieras, claro es que te besaría una mano y lloraría. Sos mi paraíso, vuelto a encontrar y perdido. Adoro tu cara y tus piernas y tus brazos que me llevan a la casa del recuerdo. Sueños. Urdida en un más allá del pasado verdadero. Silvin, mi vida, en sentido literal. Le escribí a Adolfito para que no se perdiera nuestra amistad. Le rogué que te besé. Poco. Cinco o seis veces de mi parte y creo que se dio cuenta de que te amo sin fondo”.

Sus diarios personales fueron mutilados por la familia para evitar que se supiera sobre su homosexualidad y sobre sus fantasías eróticas de contenido sado y obsceno. Sin embargo, ya habían sido editados años antes por la misma Alejandra, quien borró algunas partes que no le hubiera gustado ver publicadas. Un año antes de morir garabateó esta línea: “Abandono de todo plan literario… Las palabras son más terribles de lo que me sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana… sé que escribo bien y esto es todo. Pero no me sirve para que me quieran”.

De Silvina Ocampo, en enero de 1972, se despedía así: “Te dejo. Me muero de fiebre y tengo frío. Quisiera que estuvieras desnuda, a mi lado, leyendo tus poemas a voz viva. (…) Además la muerte, tan cercana a mí, tan lozana, me oprime. Silvette, no es una calentura, es el reconocimiento infinito de que sos maravillosa, genial y adorable. Hacéme un lugarcito en vos, no te molestaré. No imaginas cómo me estremezco a recordar tus manos que jamás volveré a tocar si no te complace (…) Sos la sola, sos la única, pero es necesario decírtelo: nunca encontrarás a alguien como yo y eso lo sabés todo. Silvina, curáme, ayudáme, no es posible ser tamaña supliciada. Silvina, curáme, no hagas que tenga que morir ya. Tuya. Alejandra”.

Ocho meses después, el 27 de septiembre de ese año, Alejandra Pizarnik se suicidó en su habitación. Junto a su cuerpo encontraron escrito: “No quiero ir nada más que hasta el fondo”. Su cuarto estaba lleno de muñecas destartaladas y maquilladas, libros que se apiñaban por todas partes, lápices de colores que ella coleccionaba como manía personal y los papeles dispersos de sus últimos escritos.

(*)  Estudiante de Comunicación de la Universidad de Piura. He escrito para algunos medios de Piura, la ciudad donde vivo, y también en una libreta que guardo bajo mi cama. Mi perra se llama Kena. Es una señorita de dos años, sin raza, rubio natural, creo que leca. Cada vez que leo, ella se acurruca en mis pies.

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