La voz de Manuela Gutierrez y las secuelas de guerra por ser libre

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Por: Luis Paucar (*)

Al principio no fue fácil.

Al principio nada fue fácil.

Ella le dijo a papá que le gustaba una chica, pero papá no dijo nada. Ni preguntó, ni recriminó.

Ella le dijo a mamá que le gustaba una chica y, claro, mamá —católica practicante, ministra de eucaristía— lloró, le dijo que se iría al infierno, trató de cambiarla —mamá creía que podía cambiarla—, pero terminó aceptándola. Era su niña.

Ella, finalmente, le dijo a su hermana que le gustaba una chica, pero su hermana ni preguntó, ni recriminó, ni lloró. La apoyó, dice.

Al principio no fue fácil, nada fue fácil, pero ahora son otros tiempos.

“Nunca me botaron de casa, nunca me dieron la espalda, nunca me faltó nada —dice Manuela Gutiérrez, escritora, activista LGBTI, autora del libro El llanto de una lesbiana—… pero fui yo quien se fue sobre todo para no incomodar a mi madre, que es muy conservadora”.

Buscaba un ángel acariciando
con sus manos de viento mis alas

Manuela Gutiérrez lleva el cabello rubio hasta los hombros, una sonrisa amplia, el gesto sutil cuando mueve las manos. Está alistando su segundo libro de poemas. Vive en Sullana, al norte del Perú. El último sábado de octubre, ella —que sufre de depresión y ansiedad— la pasó llorando. Se había muerto Gandhi, su conejo, un regalo de su expareja. “Gandhi me acompañó cuatro años y en mis tiempos más tristes”, cuenta. Manuela tuvo su primera mascota a los nueve años, hasta cuando ingresó a la universidad. Era una perrita pequinés llamada Nena, y Nena murió el mismo día en que ella ingresó a la Universidad de Piura, donde estudió Comunicación.

Cuando terminó la secundaria, tenía la ilusión de estudiar arte dramático en Lima. Pero mamá se opuso. Le dijo que buscara otra carrera y ella eligió Comunicación. Lo de escritora vino después, con su primera, gran depresión. “Siempre estuvo ese bicho desde adolescente. Escribía poemas, pero muchos de ellos se perdieron porque te educan pensando que vivir del arte no es recomendable”.

Manuela Gutiérrez viste blusa, jean, zapatillas deportivas. Es delgada, pura vanidad. Lleva una pulsera, largos aretes. Habla con la parsimonia de estar en casa. “Mis años de universidad fueron los más solitarios de su vida. Sabía que si me enamoraría me iban a expulsar porque el Opus es estricto. Evité el roce social, tenía pocos amigos. Si se hubieran enterado de que era lesbiana hoy  no tendría un título de comunicadora”. Lo ocultó durante una década. Hasta el último año de la universidad, cuando decidió contárselo a uno de sus mejores amigos. Y entonces, dice, por fin su almohada dejo de ser la única testigo de su esencia.

Una mujer que no muestra
ni la sombra
una sombra que me arropa
en momentos de naufragio

Hace unos años, Manuela creó una revista publicitaria y una página de Facebook llamada “Combatamos la homofobia en el norte del Perú”. Es activista online, pero también ha marchado por la igualdad. Cada vez que lo hace recuerda esta escena: ella yendo a visitar a su primera pareja y un grupo de chicos gritándole marimacha, machorra. “Tengo secuelas de esa guerra por mi libertad. Soy depresiva y ansiosa, por lo que voy a tomar pastillas de por vida para nivelar los químicos cerebrales”.

No hay amor, ya estoy muerta
no hay amor…

¿Con que sueña Manuela? Ella dice que con un mundo más justo y más humano. Por eso uso mi talento. Para que de alguna forma esos poemas sirvan como una lucha para la causa LGBTI. Quiero que mis poemas los lea el mundo no por una cuestión de ego sino por humanidad, de cambio, de trascendencia. Para que las generaciones futuras puedan andar con libertad. Para que no se piense que la homosexualidad es una enfermedad o un pecado. Mi libro es un llanto de libertad. Pero también de lucha. Porque me inspiro en el amor: en mujeres de las que me he enamorado, de las mujeres que vivo enamorada. Escribo por mi visibilidad. Respiro, me alimento y vivo de poesía.

(*)  Estudiante de Comunicación de la Universidad de Piura. He escrito para algunos medios de Piura, la ciudad donde vivo, y también en una libreta que guardo bajo mi cama. Mi perra se llama Kena. Es una señorita de dos años, sin raza, rubio natural, creo que leca. Cada vez que leo, ella se acurruca en mis pies.

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