¿Vamos a ver cómo amanece en la ciudad de la furia?

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Por María Alejandra Benavides

Era el último miércoles de cada mes y como siempre estaba a reventar, el almanaque señalaba que el Bardearte se abría paso aquella noche, para quienes no lo sepan es el evento con bandas en vivo que se organizaba el Bar Jolie, el cual está enclavado en el tradicional barrio argentino de Palermo.

Para muchas como yo, era una buena oportunidad para dar rienda suelta a la calentura que ya me traía de pie las puntas de mis manos. Al llegar, solo había lugar en la apretada barra, el turno en el escenario  era para las viudas e hijas de Roque Enroll. La cacería empezaría, un buen enfaje  y eso sí unos tragos de vodka, eso se pronosticaba en mi noche.

Como siempre después de pasadas las dos de la mañana, el aire estaba insoportable, no cabía un alma más y las luces aturdían mis pupilas. Era hora de ir a ese viejo baño, un poco de agua en la cara, recoger mi camisa, acomodar mi cabello era lo normal, pero al tomar una toallita de papel, en el aparador justo antes de secar mis manos, una aparición trastorno mi mirada perdida. Frente a mí, estaba un morena de piernas firmes, cabello ondulado, ojos de aceituna y sonrisa empalagosa, una amante de sexo y carne… me miró sin reparos ametrallándome con una mueca dulce. Nuestros ojos se envenenaron, sobraba el aire, sin decir nada pero haladas por un magnetismo invisible, mi mano le correspondió debajo de su falda como dice Sabina, el cubículo del retrete era estrecho, pero eso no impidió ser una cama improvisada.

Una de sus piernas trepó por sobre la tapa del escusado, lo que ayudó a que mis dedos rápidos, furiosos, curiosos la penetraran profundo y rápido mientras mi lengua se deslizaba entre sus pezones y mi cuello. La hacía mojar a la velocidad que a mí me incitaba para decirle mi amor a una desconocida mientras duraba su llegada.

Alcance a cerrar su boca, hilos de sudor brillaban en su piel tostada y empecé a sentir gotas calientes que mojaban mi pantalón. Fue brusco, rápido y furtivo, no había nada que más agregar, una sonrisa en sus labios advertían el placer de un orgasmo fácil de arrancar…..Pregunto mi nombre y mi teléfono, como en otras ocasiones no había respuesta a esa pregunta. Fue delicioso conocerte, agregó. Y me cercioré que mis labios no tocaran los suyos porque -como siempre- pensaba que es un ritual muy íntimo el dar un beso para andar donándole mis labios a un orgasmo de un escusado. Arreglé mi camisa, ella ciñó su falda negra e intentó nuevamente llevarse un beso que supongo es la mentira grande de los que suelen hacer el amor… el beso después de…

Salí del baño, mis manos olían a jabón de lavanda, pero como era típico también en mí el alcohol glicenerado amuleto de protección según mis creencias lavaron por completo el rastro de aquella bella mujer. La vi salir y una sonrisa se desprendió de su rostro. Me acerqué a la barra en donde mi vodka me esperaba… era hora de dormir.

Me dispuse a pagar mis tragos, al hacerlo dejé caer mi Zippo y casi como película de cuentos de hadas, ella de quien mas tarde sabría su nombre se apresuró a levantarlo. Dije “gracias, hermosa” y es que a todas llamaba igual. Vieja táctica para no confundir los nombres.

Sus bellos ojos seducían con una ternura lujuriosa, y qué decir de sus labios, carnosos, altaneros y con un rojo carmesí brillante que parecían una roja manzana de esas que gritan que la muerdan. Sus dientes eran perfectos y esa manera de reír hoyuelada conmocionaban los sentidos. Su mirar era profundo y codicioso, su cabello era lacio y azabache, y su cuerpo dejaba ver una figura estilizada, firme y decidida. Sería el amanecer el que me confirmaría lo que veía.

¿Te vas ya? – repuso-, alcé los hombros con el importaculismo que había aprendido de ella, la que no puedo nombrar y le dije, me das alguna buena excusa para quedarme. Me dijo ” ¿quieres que lo intente?”. Sonreí y dije “¿porque no?”. Ella levantó la ceja y buscó entre la gente un algo.

-Tengo una mejor idea. ¿Vamos a ver cómo amanece en la ciudad de la furia?

Caminamos, a lo largo de la avenida 9 de julio, Corrientes, La valle…era irrisorio y tierno a la vez ver cómo se contoneaba  y danzaba con música que salía de su tarareo, en la ciudad que no duerme. El Obelisco era testigo de las historias que me contaba, me hablaba de su vieja provincia de Ushuaia, de su niñez y de cómo sentía ganas de estar por primera vez con una mujer que hiciera algo diferente que su exesposo en la cama.

Sin mediar palabra alguna le tomé la mano para dar una vuelta en su baile imaginario y al voltearla la estrellé contra mi cuerpo, para que sintiera la fuerza de mis brazos y el roce fuerte de mi pelvis, bese sus labios rojos, que me incitaban y ella con un poco de nervios respondió al beso cerrando los ojos, metiendo su lengua en mi garganta, y mordiendo  en pequeños bocados mi boca presa de su saliva fresca…tortilleras… grito un desaforado y alicorado que pasaba por nuestro lado, nos distanciamos enseguida pero al vernos directo a los ojos explotamos en una carcajada cómplice que rompía cualquier vestigio de incomodidad por la palabra.

La tomé de la mano y pasamos la calle, ahí estábamos frente a la puerta del gran hotel de Salles, hice un gesto de caballero indicándole que pasara adelante mientras yo le abría la puerta. Ya instaladas en la habitación, encendí la luz en el grado más tenue de su graduador, mientras me sentaba en el sillón de frente a la cama… Ella muy determinada me dijo: ¿y ahora? Yo le dije: danza otra vez como en la avenida, pero esta vez quítate la ropa despacio. Me miró desconcertada, y dijo: “No lo hecho nunca”. Bienvenida a la lujuria, pronuncié.

Esta vez su baile no fue tan seguro, era torpe e inocente y un poco temeroso, aun así perdió el miedo y mientras más se movía se dejaba poseer por esa sensualidad que habitaba en sus entrañas. Puso las manos sobre su cadera, acariciaba su ombligo levantando un poco su blusa de velo azul, y al dejarla caer en el suelo, empezó a acariciar su  dorso, sus brazos, sus hombros y así con una mano al quitarse el sostén me dejó ver esas puntitas pequeñas y respingadas que adornaban sus bellos senos de armiño,  empezó por acariciar sus senos, y de pronto sacó su lengua y los lamia. Solo estaba poseída por esa sensualidad que la hacía moverse candentemente,  se dio la vuelta en ese instante y me dio la espalda como una niña coqueta que espera que vayan a su encuentro y no se equivocaba tenía ganas de ella.

Me apresuré a levantarme y tomé sus caderas entre mis manos. Hubiese podido pasar la eternidad desgastando mis labios en su espalda blanca. Disfruté cada pedazo de su espina dorsal mordiéndola, lamiéndola, oliéndola, deseándola, entonces la volteé y la tuve a milímetros de mi boca, oliendo su aire, rozándola con la punta de mi nariz sus labios, su nariz, frente y ojos…

Ella se arrodilló y bajó mi braga, no repuse en nada. Entonces su lengua enloquecida besó mi clítoris, humedecí un poco mis entrañas y apreté con fuerza su cara en mi pelvis la cual movía, para sentir su lengua, rápida que me devoraba…

Pasados unos segundos y cuando mi clítoris se encrespaba cerré mis piernas y la besé con ternura,  le quité su pantalón, la senté frente a mí recibiéndola en mis piernas, mientras mi mano la penetraba, sentadas en el sillón, mi otra mano movía su cadera hacia delante y hacia atrás, todo en una sincronización entre mi lengua y mis  dientes, que devoraban sus senos, chupándolos, succionándolos y lamiendo las puntas de sus pezones, mordisqueando un poco mi propio deseo.

Sus gritos fueron fuertes pero antes que empezara nuevamente a subir su orgasmo la tendí en la cama recogí sus piernas, las apoyé contra mis hombros y así pude llegar más profundo con mi mano. Ella no paraba y yo con la gran ventaja que me daba la posición en la cama no me detuve hasta que sus gritos excitantes nuevamente retumbaron en mi oído.

Ya tendida a su lado la bese suavemente en la boca, la abrace muy fuerte como dos amantes viejos que se estrujan y se toman un aliento para sonreír y contarse algo, aproveche el receso y alcance la botella de vino que no abrimos al principio y que nos estábamos debiendo, comenzamos a  charlar sobre Buenos aires y Gardel, así pasaron algunas horas hasta que ella beso suavemente mi boca, y siguió bajando por mi cuello…

Sentí como erizaba cada uno de mis vellos, y como la punta de mis senos se endurecía, su lengua agitada y envenenada rodaba por mi dorso, mi estómago y mi ombligo y también sentí el tallar de su dentadura en mi pancita, era alucinante ver entonces la línea de su espalda, y su cara hundida en mi vientre, sentir su roce, sus lamidos, me encantaba verla poseída, encima mío agachando su boca y su cuerpo para besarme mientras levantaba su cadera y esa hermosa cola, que me tenía encantada, respirábamos agitadas y extasiadas, aun así ella no quería parar y yo la sujetaba más fuerte con mis piernas para sentir las gotitas que salían de su cosita, se detenía por minutos y miraba directamente a mis ojos de pronto, mientras mordía su labio inferior, así mientras mis manos inmóviles eran sujetadas por las suyas y el peso de su cuerpo.

Se paró suavemente y recogió de manera sensual su cabello, entonces tomó mis pies y empezó a lamerlos, mientras una de sus manos sobaba con la palma de su mano todo su clítoris, entonces la contemplé echando su cabellera hacia atrás. Cerraba los ojos y sonreía, entonces empezó a mojarme, y mientras usaba su mano comenzó nuevamente a  subir por mi tobillo más que besándolo mordiéndolo suavemente, y siguió subiendo luego por mi pierna izquierda. Sentí como me olfateaba como perro en celo, como me besaba, como me rozaba con la punta de su lengua y al llegar a la parte trasera de mi rodilla me hizo vibrar con la punta de su lengua afilada.

Siguió así hasta llegar a mi cosita, yo ya estaba lo suficientemente mojada y realmente deseaba que me penetrara con toda su fuerza, pero no fue así, en vez de ello con una fuerza que no le había sentido, me volteó y comenzó a recorrer mi espalda mientras me arañaba por delante mis  senos, rozaba su pelvis en mi cola y así sentí como su orgasmo se hizo fuerte y explotó, pero aun así no paró, y metió su otra mano en mi vagina. Yo sentí que el cuarto se me venía encima,  y comencé a ver como mis músculos se contraían y se sacudían haciéndome mojar.

En ese momento una fuerza me invadió. La levanté encima de mi cuerpo, la volteé y comencé  a rozar mi cosita con su cola. Ella más se apretaba contra mí mientras yo la bajaba desde sus hombros, como pude me separé y puse mi lengua en su ano. Mi lengua rápida la hacía vibrar, mientras yo acaricia desde atrás su clítoris. Ella se movía hacia adelante y hacia atrás mientras mi otra mano arañaba su espalda, sus gemidos eran excitantes y así volvió explotar esta vez bañando mi rostro.

Subí y la besé fuertemente, la paré y la puse frente a mí,  arrinconándola sobre la pared. Era un contraste exquisito, mientras la parte de atrás rozaba con mi cuerpo sudando a chorros, sus senos y su abdomen tomaban el frío de la pared. Su cara estaba tratando de buscar refugio en el frío cemento, ella gemía y yo la penetraba por adelante pero desde atrás entonces sus líquidos corrían por mi pierna, pues esta era la que me permitía apoyar mi mano y penetrarla más profundo.

Luego y cediendo un poco al cansancio, nos dimos un tierno beso, intenso y con el sabor de nuestros humores conjugados en uno solo. Ella se quedó dormida mientras yo contemplaba como amanecía, puedo decir que se veía hermosa, más cuando entre dormía tenía ese gesto del deber cumplido o del placer rendido.

Al despertar en la mañana, nos dimos un dulce beso, y con la inocencia de una niña consentida, me llevó hacia el baño, dejando caer de manera sexy la sábana blanca que la cubría. Al abrir la ducha, las/suaves gotas de agua, empezaron a caer suavemente por su espalda blanca, comencé a tomar el agua que se estrellaba contra sus hombros y de su espalda. Me encantaba el sabor de  eso beso succionado y más poder besar su cuello húmedo mientras ella recogía su cabello y movía su cabeza como señal de disfrutarlo. Ahí pude ver por el cristal del baño que empezó a pasar de manera delicada sus dedos por su clítoris, yo no paraba de besarla y entonces tomé el pequeño jabón del hotel, empecé a recorrer su cuerpo con él haciendo espuma, me arrodillé y le di la vuelta hasta quedar enfrente a su vagina y empecé a besarla mientras el agua saboteaba mi nariz, pero no me importaba en ese momento si podía morir ahí. Ella sujetó mi cabello y me metió entre sus pierna, mientras alzaba sus brazos y se prendía de la pared y el cristal como para no perder el equilibrio. Yo alcé mis manos mientras más fijaba mi lengua en su cosita y tomé entre mis dedos de manera fuerte sus senos mientras movía en forma circular sus pezones. Fue delicioso, sus gritos eran deseosos y claro cuando estuvo a punto de llegar sentí el ardor que dejaban sus uñas en mi espalda.

Cuando el agua me supo a ella, y le temblaban las piernas me paré y le di un dulce beso. Ella se relajó y en ese momento la arrinconé contra el azulejo frío, usando el agua como lubricante mientras penetraba su bella cola. Mi cuerpo la presionaba y logré encontrar la forma de que mis dedos se dividieran y conseguir una doble penetración, allí sus gritos fueron más agitados y creo que al terminar las dos quedamos recostadas contra la pared, tomando aire y sonriendo de esa manera como quienes han realizado una pilatuna….

Al salir del hotel, ella pidió un taxi, al subir al coche, me devolvió una sonrisa y me dijo, por si no lo te lo creías, espero verte mañana, en la misma barra, a la misma hora y fue un gusto mi nombre es………………. Ya van de dos meses y aún nos encontramos en la misma barra.

A ella la que no puede ser nombrada… L

 

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