No sabía que estabas, hasta que te fuiste

Regresé tarde, mal y por ende nunca. Si fuera la de antes, culparía a alguien mas.

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–  Valeria: No puedes tenerlo todo. Decide. No es justo obligarme a verte como amiga, a retroceder el tiempo, hacer como que nada pasó, sólo porque a ti se te hace más cómodo.  

–  Marianella: Pero la amistad es más importante, no quise arruinarla. ¿Qué voy a hacer sin ti?

–  Valeria: Aprender.

(14 min. en blanco)

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Tres de cada diez mujeres tienen la razón y ella era de las que siempre la tenía (las otras siete hacen berrinche hasta que le digas que la tienen y me incluyo).

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Valeria Goicochea es mi mejor amiga. Ella y yo, escondemos el mismo malísimo y único tatuaje de estrellas en el pie, desde la adolescencia. Estuvo presente y sonriente el día de mi graduación de la universidad. Mi mamá la quiere como si fuera otra hija (#MásAEllaQueAMi). Me eligió la ropa en mi primera cita con una chica. Fue la única que quise ver cuando no podía pararme de la cama por un mes, seis años después de aquella primera cita.

¡Hola! Este tecito de menta, bien cargado y yo, tenemos que contarte una historia más, tal vez la más difícil de todas, porque sé que estás allí, leyéndome tú también, mi querida amiga.

En el post anterior, después de salir embalada de la carísima cena con mi ex, la modelo diabólica (#SíElZorrón), manejé hasta la casa de mi mejor amiga (la que me hizo la gauchada de la llamada para salir de esa situación), para (#PaVariar) quejarme de mi pésimo bagaje sentimental.

Eran las doce y pico, cuando llegué a su puerta, llena de condescendencia personal. De pronto me asaltaron los recuerdos de toda una vida con ella a mi lado, de las tardes de té, de aquellas charlas comunes y eternas, de su risa de sonido tímido armonioso, de sus palabras certeras en el momento preciso, de sus miradas de tristeza cuando le hablaba de cuanta chica se me cruzara, de su corazón palpitando fuerte cuando me abrazaba.

Yo presentía lo que ella sentía, pero hacerme la cojuda es una habilidad de nacimiento.

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Dos años atrás, en una calurosa noche de febrero, había llegado a esa misma puerta, con una historia estúpidamente similar, con las mismas escenas de ella. Mi lado razonable del cerebruto me atacaba, me influenciaba, me decía clarito que no había mas vueltas que darle, que era ella quien podía darme toda esa “seguridad” que necesitaba a gritos.

Ella no me fallaría, siempre estaría a mi lado, y (#PorLaCsm) jamás me engañaría.

                   ¿Quién mejor que ella para compartir una vida?

Aquella noche la besé con la necesidad de quien busca algo desesperadamente, como un perro escarbando por el sabor de un hueso que nunca enterró.

Ella me miró con sorpresa emotiva, nunca había visto esa expresión en su rostro. La madrugada pasó veloz, entre caricias que me parecían conocidas y cómodas. Besó cada instante de mí una y otra vez.

Hice la pregunta de rigor al filo de la mañana: ¿Quieres estar conmigo?

Decidí egoístamente, que estaba bien estar con alguien que me amara más que yo a ella, porque así mi riesgo al doloroso desamor estaría en menos pérdida. Ella era perfecta para mí, me conocía, la conocía, queríamos el mismo rollo de “me quiero casar de blanco, tener la casa, el gato, los hijitos, mi óvulo en su útero y viceversa” (#QueTalLecones).

Un mes y unos días después, con música de fondo, peligrosas velas por doquier, desnudas en su cama, me dijo, abrazándome: Te amo.

Mi mente dio vuelta y media, empecé a sentir un hueco en el estómago, las piernas me empezaron a temblar, y mientras todo eso sucedía, el silencio se apoderó de mi boca, sin poder responder ninguna maldita palabra.

Aquella otra, la de siempre, sí, sí, esa que arranca de mi garganta su nombre, volvió a aparecer, para destrozarme los sentidos una vez más.

Lloré.

Lloré con un susurro ahogado y profundo, a su lado.

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Me costó recobrar su amistad. Nunca fue lo mismo.

Esta vez, después de esos dos años, yo había aprendido la lección. Esta vez todo sería diferente. Esta vez sentía que realmente podía darle todo lo que se merecía.

Toqué la puerta. Estaba mas bella que nunca. Reímos. Le conté lo que había pasado. Recibió un mensaje con un sonido que conozco. La aplicación para lecas, “Brenda”, pensé.

Me contó en un minuto lo feliz que estaba, había conocido a una chica por esta aplicación. Tenían una relación a distancia desde hace algunos meses y ya se habían visto un par de veces en Lima. –

– Marianella: ¿Por qué yo no sabía eso? ¿ Por qué no me contaste?

– Valeria: Nella, siempre fuiste tú y sólo tú. Nunca preguntaste sobre mí yo soy tu almohada favorita. Nunca tengo nada que decir. 

Se iría con ella a su país, ya estaba todo planeado. Había renunciado a su trabajo, y su familia había dado el visto bueno.

Valeria, esta es la única manera de expresarte lo que pienso y siento. Perdóname por ser tan cobarde. Perdóname por el show, perdóname por no ser quien esperabas. Perdóname si espero una respuesta sin ser capaz de llamarte y esperar a que me leas.

Valeria. Te amo.

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