Es tiempo de hablar de géneros

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Se habla mucho sobre la orientación sexual. La lucha por la despatologización de la homosexualidad y la legalidad de las uniones de parejas del mismo género en muchos países es un triunfo que nos devuelve poco a poco la esperanza de que podamos vivir en una sociedad más igualitaria. Si bien en el Perú estamos aún lejos de esto, es cuestión de tiempo para que se hagan las reformas necesarias que nos aseguren derechos iguales. Tiempo, pero con lucha.

El auge de las etiquetas (y las nuevas etiquetas) nos ha ayudado a poder hablar con mayor libertad sobre a quién o quiénes amamos. Incluso, muchos estudios en la actualidad analizan la pertinencia de la crianza de niños por padres del mismo sexo (ojo, ninguno en el Perú) o sobre la discriminación que sufren las personas que no son heterosexuales.

Pensar que una orientación sexual distinta de la heterosexual es una enfermedad es ser ignorante. Esto no solo es avalado por la ciencia sino que no hay nada que diferencie a una persona pansexual de una homosexual, asexual o heterosexual, excepto a quién se sienten (o no) atraídos.

Sin embargo, poco hablamos de género. Cuando hablamos de esto por lo general nos remitimos a las luchas feministas. Mujeres de todas las razas, orientaciones sexuales y condiciones sociales que buscan igualdad ante la sociedad machista en la que vivimos. Hombres y mujeres, ambos iguales.

La lucha feminista incluye la realidad (o debería incluir) de los otros géneros que son invisibles y que pasan desapercibidos porque no encajan en la visión arcaica que tenemos de la sexualidad: pensar que todo es blanco o negro, mujer u hombre, gay o heterosexual.

El año pasado, en particular, hubo una explosión mediática sobre la temática trans* debido al caso Caitlyn Jenner. Si bien tengo mis reservas sobre la persona que es Caitlyn Jenner como figura representativa de la comunidad trans, ha generado un mayor interés en los medios de comunicación y en las sociedades occidentales, lo que ha permitido generar un debate sobre la identidad de género y sus formas de expresión.

Sin embargo, también ha servido para levantar el polvo que existe sobre este tema tan poco comprendido. Hace poco vi The Danish Girl y me di cuenta que, al menos en nuestro país, seguimos usando el mismo lenguaje que en los años 20 para referirnos a las personas transgénero.

Solo la Asociación Americana de Psicología acaba de reconocer que ser transgénero no es una enfermedad en su último manual diagnóstico (pero cataloga la disforia como una condición que genera sufrimiento en la persona y que debe ser tratada). Existen aún muchos (si no es la mayoría, incluidos científicos) que piensan que retar el binarismo de género o transicionar sobre él es resultado de aberraciones hormonales y desfases genéticos.

Si bien, algo de cierto hay en esto, nuestras diferencias, TODAS, las que nos hacen bien y las que nos hacen mal, son producto de ese coctel químico imperfecto y mezcla genética de quienes, queriendo o no, nos dieron la vida. Mediado por el aprendizaje (nuestras células, incluidas las neuronas, aprenden) nos volvemos quienes somos.

En la facultad de psicología aprendí que tenemos cerebros sexuados, que estamos programados como XX o XY para actuar de cierta manera y desarrollar cuerpos y cerebros distintos. Nos enseñan esto todo el tiempo, que si bien la educación y el ambiente importan, la biología es tan dura que no podemos ir en contra de ella. ERROR: existen cada vez más evidencias de que esto no funciona así.

Entonces, no somos una especie simple, nuestras conductas no son simples.

Hablar de género es importante porque está íntimamente ligado a nuestra personalidad. Crecemos mientras construimos nuestro género (o muchos a la vez, para los que somos de género fluido) y esto modifica cómo actuamos en el mundo y cómo nos perciben y nos tratan, lo que afecta nuestra autoestima y las oportunidades que tenemos en la sociedad.

Nos falta hablar de temas como expresión de género (que es diferente a identidad de género o al sexo asignado al nacer). Nos falta hablar de las personas no binarias, que no son ni hombres ni mujeres pero que tienen todo el derecho de acceder a tratamientos hormonales o cirugías que modifiquen aquellas cosas de su cuerpo con las que no se sienten identificados. Nos falta hablar de las personas que no están conformes con su género pero que no sufren disforia. Nos falta hablar de disforia. Nos falta hablar de aquellas personas que prefieren no ser llamados ni hombres ni mujeres sin identificarse como trans, o de aquellos hombres o mujeres que expresan su género de maneras no tradicionales.

Nos falta mucho hablar de los géneros. Y más que hablar de ellos, nos falta mucho estudiarlos.

Pero seamos positivos, recién comienza el año.

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