Luis Davelouis: No sabe/No opina

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Por Luis Davelouis (*)

VER: Ollanta Humala: Cinco años de espalda al colectivo LGBT que lo apoyó en 2011

El presidente Ollanta Humala tuvo a la mano la oportunidad de hacer suyo uno de los temas de derechos humanos y civiles más importante de las últimas décadas: que el Estado peruano reconozca, como ya han hecho algunos otros países hermanos, las uniones civiles de personas del mismo sexo.

No se trata de legislación de avanzada, no es algo que afecte potencialmente los derechos de otros o terceros no involucrados. Se trata de una medida que reconoce algo que de hecho ya existe y, en ese sentido, lo único que se le pide al Estado es que reconozca lo que tiene al frente.

La presión ha sido muy grande. La intolerancia y el camino a la consecución de objetivos que reivindican a las minorías siempre ha sido pedregoso, empinado y difícil, y siempre ha encontrado oposición en el miedo y la ignorancia ajenas, disfrazados de intolerancia. Una religión que se alimenta del miedo tiene a sus fieles seguidores muy pegados a la regla, aunque sea solo de la boca para afuera. Pero el miedo a la condena eterna y a la “precarización de la familia”, siempre asustan. Algunas personas prefieren que les digan cómo y qué pensar. El peso de la responsabilidad de ser libre es demasiado grande para algunas almas; el purgatorio siempre será más cómodo, siempre estará bien.

El presidente Humala no es un pacato ni una mala persona. Tampoco es un sujeto predispuesto a los prejuicios. Pero ha sido criado y educado durante la mayor parte de su vida en la homofobia, en el rechazo a lo que incorrectamente se considera anormalidad, enfermedad, abyección. No es que Humala odie, pero la aspiración cosmopolita de su esposa, Nadie Heredia, no le alcanzó y ella, que sí puede ver, que sí sabe que lo normal es una función de la perspectiva, no lo ayudó. Ha habido un saldo negativo de cada lucha a la que la primera dama se pudo abocar en vez de estar controlando las llamadas que debía recibir su esposo y despachando con los ministros de este. Una tremenda oportunidad perdida porque, quizás nunca como ahora, el tema estuvo en agenda y tuvo prensa. Y buena prensa. Para otra vez será.

Mi hija acaba de nacer y yo solo quiero que sea feliz. Con el tiempo, de ella dependerá el cómo y con quién. Ningún individuo, ningún estado ni ninguna iglesia tiene ni tendrá derecho a meterse en su vida ni a decirle cómo vivir. Eso es algo que solo le compete a ella. La función del Estado es salvaguardar ese derecho. No sé si viva para verlo, así que me gustaría dejarlo resuelto.

(*) Analista

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