Minoría entre la minoría: Ser lesbiana afortunada en el Perú

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Soy minoría entre la minoría. Soy lesbiana, y afortunada. Puedo escribir lo que pienso, lo que creo y lo que quiero.

Soy afortunada porque ningún desgraciado cuando tenía 17 o 20, y menos ahora me ha intentado “corregir” con la embestida de su pene, a tono con sus palabrotas y ofensas. Los penes los he elegido yo, y no me quejo. No hubo la presión de la conversión. Hubo un natural descubrimiento que luego me llevaría a lo que quería en la vida: una mujer.

Soy afortunada porque pude mandar a los 18 a mi familia al carajo para ser lo que me daba la gana. Luego regresé, y los que cuentan en mi familia (mi madre, su marido, y mis hermanos) no me juzgaron. Al contrario, me acompañaron en esta batalla por un país más igualitario.

Soy afortunada porque tengo el trabajo que quiero, porque vivo de lo único que sé hacer, porque no he tenido que retroceder para que no se den cuenta de mi orientación sexual. Soy afortunada porque los años me han dado la fortaleza para enfrentar cualquier discriminación potencial, y para dar pelea como mejor puedo hacerlo: escribiendo. Y hace unos años me sumo con entusiasmo a las protestas reales y virtuales, y he podido crear –con Esteban Marchand–un medio como Sin Etiquetas que pretende aportar a la causa, dar visibilidad y enfrentarse cuando toca.

Soy afortunada porque digo que soy lesbiana con orgullo. Porque resulta que en el Perú, como en otros países, decirlo de vez en cuanto te hace sentir cierto orgullo. Eso de no esconderte, de no inventarte vidas, de no prestarte amigos como maridos, de mirar a la gente con la que trabajas sin ocultar tu orientación sexual es motivo para sentirte menos desdichada y aceptar, al fin y al cabo, que en este país de exclusiones no me tocó afrontar la peor parte.

Es cierto que mi familia diversa no existe para el Perú, es cierto que pago un seguro médico que no incluye a mi mujer y a su hijo, es cierto que no puedo compartir mis bienes con ella (salvo paso por el notario), y es muy cierto que he trabajado en organizaciones donde mi familia no cuenta por no estar formada por papá, mamá e hijo. Es cierto que a ella no la incluyen, pero todo esto puede ser menor frente a lo que viven muchas lesbianas en mi país.

En el Perú, hay lesbianas que día a día son agredidas de diversas formas: las amenazan con violarlas, las violan, las golpean, las obligan a vivir una mentira. Hay lesbianas que no trabajan porque su aspecto quizás muy varonil las hace ver como apestadas. Hay lesbianas que de tan femeninas son tildadas de putas. Hay lesbianas que esconden su realidad para no perder trabajos en el sector privado y, por supuesto, en los organismos del Estado. Hay lesbianas que para seguir sirviendo en las Fuerzas Armadas o continuar dando clases en la universidad o en colegios deben parecer bien mujercitas, según el estereotipo que manda faldita, escote y maquillaje (por contabilizar lo menos). Hay lesbianas que cargan con el marido para no afrontar una verdad que las colocará en el centro de la censura social. Hay lesbianas que viven calladitas, aplastadas, dolientes. Esa no soy yo. Y soy afortunada.

Pero mirando más allá de mi pequeña isla están aquellas mujeres que deben decir en el trabajo y en la casa que el novio se fue de viaje, tan lejos que nunca volverá, y entonces aparecerá otro fantasma. Tengo alumnas que se maquillan golpes por arrebatarse y reclamar libertad para amar. Allí están, más cerca o más lejos, las mujeres que de tanto ocultar su deseo dejaron de desearse. Allí están las que muestran un corte en el rostro, las que casi pierden la vida por solo amar.

En el Perú de la exclusión, las lesbianas afortunadas y desafortunadas somos finalmente invisibles para el gobierno. Sin embargo, en las calles y en los guetos todavía sonreímos porque mañana, muy pronto pero jamás tan tarde, esto ya será solo historia.

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Mi primer blog fue verde y era sobre ser lesbiana en Lima. Varios años después regreso a una temática que pensaba cerrada con el objetivo de hacer realidad un sueño: un medio LGTBIQ. Soy periodista desde los 17 años y ya cumplí 42. Soy profesora universitaria, adicta al café, mamá de gatos y perros, lectora desesperada e insomne. Soy la directora de ClasesdePeriodismo.com, consultora en social media, estudiante crónica y amenazo -para no perder la costumbre- que ya voy a dejar el periodismo para fundar un bar. Amo Chorrillos, y tengo la suerte de haber regresado al barrio para mirar el mar cada mañana.

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