El cigarrillo y yo

El cigarrillo y yo

A veces las comparaciones son necesarias. "Dejar de fumar es la cosa más fácil del mundo, lo sé porque lo he hecho miles de veces".

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¡Hola! La caminata nocturna para desbloquear mis recuerdos y sentimientos, ha tenido éxito. Dos horas después de andar por las frías calles vacías, ya sé que te voy a contar.

Casi siempre tengo muy claro sobre que escribiré. Hoy no. Hoy creo que mi historia tiene un disfraz que necesito leer para entender que siento. 

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“La vida me gustaba más con humo. He dejado de toser, de expectorar, mi hipertensión ha disminuido y la isquemia cardíaca que padecía ha desaparecido. En cambio, me siento mucho más sola”.  Cristina Peri Rossi.

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Mi historia de amor (#NuncaHeDuradoTantoConNadie) comienza cuando un noviecito de semana y media, chinito, que no creció nunca, ahora casado con una de mis amigas de toda la vida, de pechonalidad y corazón generoso del colegio, me pidió comprar cigarrillos para un grupete del salón, ansioso por probar la tóxica novedad.

A los 13 años yo era un poquito más alta que los demás, a pesar de la delgadez, la colita de pelo y la cara de nerda (#JamásTeEnseñaréUnaFotoEscolar), parecía algo mayor, así que fui la elegida honorífica para tan importante tarea (#MasPiraña).

Escondiéndonos de nadie pero queriendo sentir que lo hacíamos, elegimos la casa de un compañero famoso por ser el mas bulleado de la historia y no molestarse nunca por ello. Sus papás casi nunca estaban en casa y regresaban a altas horas de la noche. Así que, con la adrenalina a tope, probamos el suculento prohibido manjar.

Con que actitud de fumadores expertos nos veíamos en esa película de rebeldes sin causa, allí, parados en semi-círculo, cada uno con un cigarrillo en la mano, encendiendo la libertad, la autonomía, ya todos unos adultos hechos y derechos (#OahQueÉpoca). Obviamente la escena se interrumpió con la A-TO-RA-DA que nos metimos de padre y señor mío (#QueFeoCarajo). El más vivaracho de nosotros (#HabíaRepetidoElAño40Veces) por ende el macho alfa de la tribu se puso verde, rojo, azul, fosforescente, de todos los colores (#PlumaPlumaGay) con la primera pitada, cuando se supone que él nos iba a enseñar. Se había burlado de nosotros hasta caerse al piso a carcajada batiente y ahora él andaba en el piso tosiendo al costado de su pulmón. Así que sin pena ni gloria, como diría mi abuela: ¡SANTO REMEDIO!

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Mis años transcurrieron sin que se me ocurriera volver a probar el fallido experimento (#NooManoPaQue), pero en la universidad, donde todos tenían más edad que yo, y el cigarro era el pan de cada día, le encontré el gustito.

Había una tiendecita genial, ubicada en el corazón de Miraflores, con una variedad de cigarrillos de todos los tamaños y sabores. Estaban los elegantes negros de canela, los dulces sabor a vainilla, los imponentes Camel, los populares Winston, los Malboro blancos y rojos, pero encontré unos delgaditos de Dubai, de cajita blanca y líneas celestes, que a mi parecer se veían bastante lindos y aunque se terminaban en un dos por tres y no tenían mucho sabor, fueron mis predilectos en esa primera maravillosa experiencia universitaria.

Los huecos somnolientos entre clase y clase se hacían menos perecederos compartiendo y departiendo con nuestro popular dañino partner, en las escaleras del campus, en el siempre hermoso olivar de San Isidro o en las caminatas despreocupadas hasta los portones de la biblioteca, que se había convertido en zona roja de fumadores compulsivos.

– (#JaléOtravezWeon)

– (#NoEsNovedadSoBurro) … (#YoTambién).

No es hasta los dieciocho años, que desarrollé una relación más que cordial con mi ya conocido relajante compañero, creando un vínculo de dependencia casi de tipo sentimental.

Cuando dejé la carrera de Derecho y Ciencias políticas (#PerdónameMamá) probé algunos otros cigarros más fuertes en otros círculos, con mareadita incluida.

Pronto empecé a fumar en la ventana de casa escondida en la penumbra de las madrugadas, pensando en Dios sabe que, con el discman a todo volumen (#AndabaTempladaSeguro), y más que un vicio, se me hizo una compañía solitaria bastante cómoda.

Cuando empecé tal vez mi única relación sólida hasta ahora, con una chica con la que aún suelo soñar a veces y voltear cuando dicen su nombre, lo fui dejando de lado. Mas por la preocupación de ella a tan insano hobby que por voluntad propia. Luego de seis increíbles largos años junto a ella, me reencontré con mi entumecedor ayudante del olvido, en las arduas noches de juerga, sin importarme el típico dedo amarillento delatador, el olor del pelo al que ningún shampoo le hacía frente, el aliento a perro muerto de las mañanas, o los gráficos avisos de muerte prematura por cáncer a los pulmones.

Para cuando empecé a vivir sola, el único ÉL de mi vida, se había instalado en mi departamento con el firme propósito de no moverse ni un centímetro de mis días, apoderándose de mi boca y del espacio en la salita de estar del sillón reclinable marrón frente a la ventana, de un acondicionado mas personal espacio que mi alcoba, que había creado para mi deleite favorito.

Me acompañaba en los té de durazno de las frías mañanas o nutritivos jugos de naranja de verano. En las divertidas chácharas de los cofee break de la oficina. En alguna inocente o nada inocente salida nocturna, después de un poco cálido, vacío y breve romance. En el pensativo o ni tanto regreso a casa. En las noches de insomnio producto de anhelantes recuerdos. En las lecturas feroces de cuanto libro de título interesante se me presentara o buscara con vehemencia. En las películas de una colección que nunca me devolvieron, y hasta en el baño 🙂 .

Confieso haber roto la relación varias veces, no por compatibilidad de caracteres, no porque sintiera que me faltaba algo mas, sino porque la dependencia se tornó insustituible y eso siempre me asusta.

Como dijo por allí una mujer que no me dirige la palabra: “No está bien sentir que prefiera estar contigo infinitas veces más que con todo ser humano a mi alrededor, eso no es sano y no lo quiero”.

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El cigarro, no es una persona, pero su funcionalidad en mi vida se hizo muy parecida a una.

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La gente alrededor se empezaba a quejar de mi pegajoso adictivo novio, que no me dejaba ni a sol ni a sombra.

¿Cuántos fumas al día? 

Era la pregunta de cajón. Al responder, la prolongada cara de espanto que ponían era muy divertida. Las reprimendas sobre el daño irreparable que podía ocasionarme tan mal hábito eran diarias.

Mi familia se unió a la causa, mi madre me decía:

¡Oye! ¿Tú no te quieres? ¿Quieres morirte? ¡Si te veo fumando te voy a quitar el vicio a golpes! 

(#TanLindaYDelicadaElla).

Mi padre me compró una bolsa gigante de caramelos de limón y dijo:

Come uno cada vez que quieras fumar.

Acabé con la lengua cuarteada de tanto caramelo…

Mi hermana menor, estudiante de medicina me dio toda explicación válida de lo mal que me hacía fumar, todo lo que había visto en sus prácticas en el hospital, de gente en condiciones muy malas sin cura, efecto de los años entregados al rico humeante asesino.

Nunca me importó lo que decían.

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Hoy, mientras me ponía unos jeans ajustados, me di cuenta de un ligero detalle en mis piernas, que se pudieron percibir más cuando apreté la piel. La temida celulitis que hace rato que seguramente tenía, estaba haciéndome muecas desde su textura muy acomodada de naranja huando.

Llamé al personal trainer y le dije:

– Me rompo a diario haciendo ejercicios y tengo celulitis. Cámbiame de rutina. No está funcionando.

A lo que respondió:

– Primero deberías dejar de fumar (#OUHdeHomeroSimpson).

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Querido. Gracias por los gratos momentos, pero estás dejando huellas y eso, ya no me lo puedo permitir… otra vez. No otra vez.

¿Alguien sabe por Dios santo, de que diablos estoy hablando?

Pintura de la talentosa: Andrea Barreda.

https://www.facebook.com/andreabarredapintura

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