Las voces de quienes ya no están por culpa de la homofobia

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Por Luis Paucar (*)

Un niño. Un niño sacando la lengua, el polo liviano, el short azul, de espaldas a una pared descascarada. Un niño de siete elevando la pierna, dando vueltas en la pista de baile, dejándose llevar por la cadencia de la bachata, del reguetón, de una cumbia. Un niño de nueve que soñaba con algún día, tal vez algún día, llegar hasta Bollywood, salir en la tele, firmar autógrafos. Un niño llamado Luis Enrique que, cuando fuera famoso, sería “Zaida, el bailarín” y llenaría coliseos solo para que la gente lo vea elevarse en el aire, como Billy Eliot. Un niño de quince que, finalmente, se suicidó en invierno, el once de julio de 2013, cinco días después de que sus compañeros de clase le lanzaran bofetadas —“y él decía no, ya no lo hagan, por favor, y no se defendía porque no sabía de peleas”—, después de que su hermana lo bañara con orín. ¿Quién —por qué— podría hacerle esto a un niño?

***

—Yo le tiré una cachetada. Cogí lo primero que encontré en el piso: fue el bacín de mi hija y le eché pichi.

Una cámara de televisión enfocaba a Angie Elizabeth Uribe Ortiz, el gesto parco, la voz indiferente. Luis Enrique, a quien velaban esa mañana, era su hermano menor. Faltaban pocos meses para su fiesta de promoción. Angie quería que fuera a la universidad, pero Luis Enrique quería estudiar ballet. Le gustaba Belinda, Britney Spears, Shakira. Por eso, el día en que lo enterraron, entre oraciones y flores, alguien puso “Ojos así”. A todo volumen.

A un lado, Irma, su madre, tampoco lloraba. Su hijo se había suicidado harto de las burlas en su colegio y harto, sobre todo, de los hostigamientos de su hermana. Sin embargo, solo atinaba a decir: “Una homosexual no puede existir, es un delito para dios. Mientras yo estaba muerta podría haber hecho todo, pero mientras estaba viva no lo aceptaba”. Luis Enrique era su hijo. No merecía tanto.

Luisa, la tía de Luis Enrique, tampoco lloraba. Solo decía: “Yo lo defendí. Les decía que ya no le pegaran, que no le hagan eso. Lo veía sufrir bastante a ese muchacho”.

Pero eso ya pasó.

Dos años después, esta mañana, una vecina se asoma a la calle y dice: “Por aquí corría Luchito, mi niño. Venía a mi casa y yo le daba comida. Me decía mamá”. Luis Enrique —Luchito— se ahorcó con un cable que ató a las maderas del techo de su casa y aunque, según el abogado Mario Amoreti, su hermana Angie debería haber recibido entre dos y cinco años de cárcel por instigarlo al suicidio, esta vecina —que denunció de manera anónima a la familia por “maltrato brutal” y que entonces declaró a los medios, cubriéndose el rostro— asegura que no, que no se ha hecho nada por Luchito. Que, por eso, se ha dedicado a vengar su muerte llevándole flores y poniendo, en su nicho, stickers de mariposas.

—Y a todo volumen escucho “Ojos así” para que, los de al lado, se torturen.

***

La violencia escolar —y familiar— por orientación sexual está matando a niños a vista de todos, y nadie parece darse cuenta. O no quiere. A pocos días del suicidio de Luchito, en julio de 2013, el Congreso de la República [encargado de proteger a los más vulnerables] se negó a incluir la orientación sexual como causal para castigar los crímenes de odio o la incitación a ellos. Según los especialistas, el bullying en la escuela, por esta causa, puede superarse con mucha —mucha— atención a la víctima. Sin embargo, el bullying que se sufre en casa, el que llega por parte de quienes amas con arrobo, es un tajo en el corazón que irremediablemente puede sanar. Y que, muchas veces, tiene finales como el de Luchito.

La aislación y el rechazo que trae la violencia y acoso escolar es un problema que tanto como padres de familia, directivos, estudiantes y profesores deben asumir para prevenirlo principalmente en las aulas. Cada vez que Luis Enrique decía que en su casa lo maltrataban, ninguno de sus profesores lo escuchó. Así lo declaró una de sus compañeras la mañana en que velaban su cuerpo. “Llegaba con moretones en los brazos y piernas, me dijo que ya no quería vivir”, contó ella.

Entre septiembre de 2013 y agosto de 2014, solo en Lima se registraron mil 52 casos de violencia escolar, de los mil 362 que existen a nivel nacional, según un reporte del Sistema Especializado en atención de casos de Violencia Escolar (Siseve) del Ministerio de Educación. Por su parte, de enero a junio del año pasado, se registraron al menos 70 casos.

La violencia escolar no solo se refiere a casos de bullying, sino también a maltratos que consideran lesiones y abuso, abandono o trato negligente, malos tratos o explotación, incluido el abuso sexual.

De los mil 362 casos que se registran en el Perú, el 70% es producido entre escolares y el 30% de adultos a menores. Según el registro, la violencia predominante en los colegios es la física, con 777 casos, y la psicológica, con 470. Los casos de violencia, ese año, ascendieron a 110. En Lima, la mayor incidencia de violencia escolar se da en colegios públicos (968 casos) debido a que se cuenta con menos personal pedagógico y espacios más grandes, en donde la intervención es difícil. Después de Lima, Ayacucho (36), Junín (35) y Puno (31) son las provincias con mayor incidencia de estos casos.

Así las cosas.

***

“Te decía que alguna vez voy a llegar a ser grande. Un gran bailarín, te juro por la virgen. Y todos los chicos se van a sentir orgullosos de mí y me irán a ver a donde quiera que sea, te juro. Lo he escrito en mi diario para ver si se hace realidad. Todas las cosas que he escrito se han cumplido, hasta el momento, te juro. [En la grabación se escucha una voz que dice: “Enriqueeeee”] Amiga, la Angie me llama. Más tarde te hablo. Lobs-lobs-lobs. Más tarde te hablo para seguirte contando mis sueños”.

Ver  Ángeles suicidas: ellos ya no están

(*)  Estudiante de Comunicación de la Universidad de Piura. He escrito para algunos medios de Piura, la ciudad donde vivo, y también en una libreta que guardo bajo mi cama. Mi perra se llama Kena. Es una señorita de dos años, sin raza, rubio natural, creo que leca. Cada vez que leo, ella se acurruca en mis pies.

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