Sobre la divulgación de ‘nudes’ e intimidades ajenas

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La difusión de imágenes o videos íntimos ha tomado gran fuerza en los últimos años. El avance de la tecnología ha llevado a que no solo personajes públicos sean víctimas de estas filtraciones, sino también personas sin trascendencia pública. Empieza con un reenvío en whatsapp o algún otro chat y termina en páginas públicas, incluso de contenido pornográfico.

El 2010 Tyler Clementi, universitario estadounidense de 18 años, se suicidó luego de que Ravi, su homofóbico rommate, divulgara por Twitter y en streaming dos encuentros sexuales que mantuvo en la habitación que compartían.

Si bien las fotos difundidas en estos días por Twitter no han sido tomadas sin consentimiento de los agraviados, el solo uso de estas para una finalidad distinta a la que estos le dieron, viola el más mínimo respeto y consideración que debe existir entre personas.

No importa si la imagen fue tomada para un novio, para sí mismo o incluso para un desconocido de una app de ligues: existe cierta expectativa de confidencialidad –incluso cuando no se sepa quién recibirá la imagen– de que esta está siendo enviada a esta y solo a esta persona. Del mismo modo, existe una expectativa de que esta será utilizada únicamente por quien la envía y para los fines que la envía.

Cada uno puede tomar las fotos y videos que desee, con quien desee y enviarla a quien este desee. Nada de esto elimina la expectativa que uno tiene sobre dicha foto: si la envío por un chat, sé que esta llegará a un solo destinatario, si hago un streaming, sé que está llegará a públicos masivos y así.

Existe una determinada finalidad para cada foto que solo el dueño de esta puede decidir. Estas consideraciones toman mayor relevancia cuando se trata de imágenes íntimas, pues son esferas que decidimos mostrar únicamente a específicas personas, no importa que sea frente a uno o frente a miles, importa lo que quisimos al mostrarla y es eso lo que se debe respetar.

Por ello, el error no se encuentra en las fotos en sí. Tener o no un nude no nos hace superiores ni nos pone un escalón arriba en la pirámide de la falsa moralidad. A diferencia de esto, divulgar lo ajeno, sea por morbo, por diversión o por odio, sí nos vuelve unos traidores de la libertad que tanto reclamamos.

En efecto, por un lado se grita “libertad”, pero cuando dentro de la comunidad alguien se atreve a ejercerla, este es lapidado sobre la base de estándares dignos de un balcón colonial, sin mayor diferencia al respeto que muestran sociedades ultra religiosas cuando apedrean públicamente a mujeres por ejercer libertad sobre sus cuerpos. Quienes difunden y comparten estas fotos utilizan los mismos parámetros a los que apela la sociedad para prejuzgar y estigmatizar a los gays como personas indecentes, del mismo modo en que fomentan el conservadurismo, la chismorrería y la intromisión en vidas ajenas.

No voy a apelar al delito que estas personas han cometido, porque creo que antes de la legalidad, nuestros actos se deberían regir por la ética privada y el respeto a los demás: no se pide que eliminen los nudes, tan solo que se le dé el uso que el dueño quiso al entregarlo. Las fotos tienen una finalidad que solo su dueños pueden definir y en ese proceso los terceros sobran, tanto para mirar como para difundir. No hay excusas.

Termino recordando a Tyler nuevamente. Ryle, el despreciable homofóbico que difundió sus encuentros por Twitter siquiera fue sincero y días luego del suicidio, se entregó voluntariamente a la policía. Eso no lo hace un héroe ni disminuye el daño que le hizo, pero –hablando de escalones en la pirámide de la falsa moralidad–, sí los pone sobre los canallas que cobardemente se esconden en perfiles falsos para violentar intimidades ajenas.

No esperemos más Tylers para reaccionar.

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