(Des)creando mundos

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Foto: Flor Ruiz

Por Elideth Camacho

Cuando aprendemos a escribir nuestras primeras frases suelen ser oraciones simples: sujeto, verbo y complemento; y con el tiempo, aprendemos a construir enunciados más sofisticados, añadimos adjetivos a los sustantivos, las oraciones simples se vuelven complejas, aprendemos a utilizar los signos de puntuación, nuestra conjugación verbal se vuelve variada, nuestro léxico se enriquece. Dominamos —o intentamos dominar— el idioma y con ello, al mundo que nos rodea; pues qué es el idioma sino una forma de nombrar lo que esta a nuestro alrededor, pero ¿podemos nombrarlo todo? ¿Las palabras, realmente, son suficientes para expresarnos?

No se pretende aquí hablar de todo el idioma, ni de su origen o la manera en la que lo aprendemos, tampoco de su relación con el pensamiento. Lo que se quiere mostrar es cómo la manera en que entendemos al mundo impacta —y es impactada— por el idioma y cómo mediante las palabras estamos excluyendo muchas realidades; pues, al parecer, sólo lo que se nombra existe. Entonces es justo preguntarnos de quién estamos hablando, qué estamos diciendo y de qué manera lo hacemos.

¿Quién? El sujeto que puede ser primera, segunda y tercera persona del singular o plural; yo, tú, él/ella; nosotros, ustedes, ellos/ellas. Aquí observamos, al menos, dos cosas. En primer lugar se aprecia una de las maneras en las que entendemos al mundo: la dualidad. Existen dos alternativas, mutuamente excluyentes y que pueden definirse mediante la negación del otro: él-ella; de la misma forma de la que hablamos de bien-mal, femenino-masculino, izquierda-derecha, valiente-cobarde, entre otros. Esta estructura deja fuera cientos de cosas, pensemos en los colores: si todo se redujera a blanco-negro ¿qué de los demás? Ahora bien, aplica lo mismo si hablamos de él-ella. En este caso no puedo evitar pensar en Eliott Sailors, Erika Linder* y Rain Dove, tres mujeres que modelan ropa “de hombre”, de ellas, Rain es quien más ha llamado mi atención por las descripciones de sus fotos en Instagram, una de las cuales decía They call me IT. But at least they call me[1]. Esta frase expresa perfectamente la importancia del idioma, porque la gente no sabe que es Rain ¿hombre o mujer? ¿él o ella? Este enunciado muestra como las palabras son capaces de darle vida a lo inerte, de crear lo inexistente, de darle voz al silencio; pero también tienen el poder de silenciar truenos, de apagar luces, de ocultar realidades: de matar/esconder/negar vidas.

La nombran: existe, no en el idioma, pero aceptan que es/está. No saben cómo nombrarla, porque no encaja en ningún extremo y he aquí la segunda cosa que observamos: el impacto del género en el idioma y por ende en la organización de la sociedad, pues aunque la nombran: la llaman “eso”, de manera neutro, pero ¿es realmente neutro? No, es masculino. Lo que entendemos cómo universal, incluyente y sin género, es masculino, porque cuando decimos los hombres podemos referirnos a toda la humanidad, pero si decimos las mujeres, no; el masculino lo es todo, lo femenino, sólo eso: una parte del todo. Esta idea de lo masculino como neutro se ve también en la ropa, tiendas como Zara que hacen colecciones de ropa “sin género” únicamente incluyen ropa estereotípicamente reconocida como “de hombre” o ¿alguien ha visto que en estas colecciones haya faldas? Es que la ropa en sí misma no posee un género —como nada en el mundo— ese nosotros se lo asignamos, ya que somos capaces de ponerle atributos a las cosas y de interpretar esas características: la falda, deja de ser solo una prenda que se ajusta en la cintura o cadera y cae sobre las piernas, es además algo que utilizan ciertas personas, de determinada forma, en un contexto dado. Entonces la falda representa algo: feminidad, la cual a su vez significa mujeres; por lo tanto forma parte del subconjunto del todo, no es universal, no es neutro: no es masculino.

Ahora pensemos en qué decimos, o sea en el verbo, que describe acción o estado y se modifica dependiendo de la persona, número, tiempo, modo, etc. Por lo tanto, el verbo per se no posee un género, si utilizáramos siempre sujeto tácito, no podríamos determinar —con toda certeza— si hablamos de femenino o masculino, debido a que el género no influye en la conjugación, es por eso que al menos en los textos, todas las personas podemos hacer lo mismo. Lo lamentable es que sólo se queda en palabras o que en ocasiones ni a eso llega —¿cuántas veces han visto en la tarea de un niño que comienza a escribir una oración que diga “Pedrito barre el patio” o “María es dueña de la empresa”?— porque cada palabra representa algo y tiene sentido dependiendo del contexto, con base en eso, nosotros las asociaremos —por ejemplo nadie pensaría que puede comprar pan en una zapatería— y el género es relevante en estas relaciones: tenemos actividades “de hombres” y “de mujeres” (Juan trabaja, Karla limpia). Entonces aunque los verbos no tengan un género, la manera en que entendemos las actividades y emociones, les atribuyen uno.

De igual forma podemos preguntarnos ¿Cómo decimos las cosas? ¿Cómo nos referimos a los sujetos o a las acciones que estos realizan? En este caso estamos hablando de los adjetivos. Al utilizarlos nos es posible percatarnos de una regla muy básica: el adjetivo apropiado cuando hablamos en plural y los sujetos son tanto femeninos como masculinos, de manera explícita, el que predomina es el masculino. Entonces decimos los niños y las niñas mexicanos para que la nacionalidad sea una característica de ambos grupos, y en caso de utilizar el femenino, nos estaríamos refiriendo solamente a las niñas. Por lo que –otra vez— se hace evidente que lo universal nunca es femenino. Incluso parece que “y las niñas” es sólo una añadidura a la oración para ser políticamente correctos, para ser incluyentes, pero ¿lo estamos siendo? Sin considerar a todas las personas que quedan fuera de este sujeto, al formar la oración se anula la existencia de las niñas porque el adjetivo dominante sigue siendo el masculino (supuestamente neutro). Si la oración fuera los niños mexicanos, algunos interpretarían que se trata de varones, mientras que otros no excluirían la posibilidad de que hubiese más infantes en el grupo; porque se presume la universalidad del masculino.

Quizá puedan pensar que es una exageración criticar estos detalles, pero si analizamos el impacto que esto ha tenido en la vida de las personas, nos daremos cuenta de lo importante que es: ¿por qué alguna vez se le negó a la mujer el derecho al voto? Porque el texto constitucional estaba redactado en masculino y aunque se interpretaba como universal para el ejercicio de muchos derechos: se utilizaba hombres o ciudadanos para toda la población y varones para el hombre como género. Se decidió que justo para el derecho al voto, el masculino (ciudadanos) hacía referencia a los varones. También las convocatorias para contratación de personal que solicitaban ingenieros, arquitectos, licenciados y meseras, secretarias, cocineras; ¿en serio, los carteles en masculino parecen ser incluyentes si consideramos la existencia de los que están en femenino? No, se esté entendiendo como género, por lo que también podríamos atrevernos a decir que el idioma es uno de los factores que determinan qué espacios utilizaran los individuos y qué valor tendrán sus actividades, por ejemplo: el doctor-la enfermera, el chef-la cocinera; uno más importante que el otro.

Más allá de la relación jerárquica masculino mayor que femenino encontramos que masculino es absolutamente todo lo que no es nombrado, incluso el femenino que es un poco más visible: no deja de ser la sombra de lo masculino, pero intenta hablar ¿qué hay del resto de los sujetos que no encajan en los extremos? ¿los vamos a llamar “eso” como a Rain? ¿como si fueran un objeto? ¿esa es la mejor manera que conocemos para hacerlos visibles? Eso es lo que me gustó del poema Asterisco[2]: muestra al mundo que la conjunción de una a y o no es suficiente, que la X es también una forma de anular; mientras que el asterisco es una tela de araña, un agujero negro, una estrella: un símbolo en el que cabe todo lo que el idioma no acepta, que representa lo innombrado, lo inexistente, lo anulado. El asterisco, pues, esta retando al idioma y, lo más importante, al pensamiento, es una invitación para pensar más allá de la dualidad y dar voz al silencio que las palabras callan.

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[1] Es importante destacar que en inglés los plurales no tienen género (no hay un ellos/ellas, sólo They) y que “It” es un pronombre que se utiliza para designar animales o cosas (y es neutro). En español lo más cercano que tenemos esta palabra es ello o eso.

[2] Mauro Cabral, ed., “Asterisco”, en Interdicciones: Escrituras de la intersexualidad en castellano (Cordoba, Argentina: Anarrés, 2009), pág.14.

*Se ha cambiado Richie Phoenix por Erika Linder, ya que el segundo es su nombre.

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