Libertad de Ser: sobre la matanza de Orlando

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Por Andrea Gabriela Aste (*)

Ser libre y expresar quien eres y cómo te sientes es el primer paso para ser feliz de verdad, sin miedos ni ataduras, porque precisamente, son ellos, los miedos y ataduras los que no permiten que seas libre. Sí, ya sé que se lee como rompe cabeza pero justo un poco de eso es.

El asunto en Orlando no puede quedar sólo como una cuestión de terrorismo o sólo como un atentado contra la Comunidad LGTBI así porque sí. El asunto va mucho más allá que echarle la culpa a quien tiró o no del gatillo, a su ascendencia ética o referencias religiosas. Nada de esas características serán determinantes para esclarecer qué fue lo que pasó en realidad. Si vamos a investigar lo que en verdad pasó, tendríamos que preguntarle al asesino, y él ya no está aquí

Desde hace ya demasiado tiempo que el mundo anda más que al revés. Los odios, rencores, venganzas, opiniones en contra de minorías usando el nombre de Dios, son pan de cada día y escudo para todo y de todos. Lo de las Torres Gemelas en Estados Unidos, la Guerra en Irak, las matanzas en el MIT u otras escuelas, casi siempre han sido hechas en nombre de Dios. Y el asunto viene desde las cruzadas, nada más. Hace ya mucho, demasiado tiempo.

Pero es más cuando una comunidad, esta vez la LGTBI, se ve afectada de manera desproporcionada y las autoridades no dicen nada ni se inmutan por una y mil razones, y cuando sólo se habla de “una matanza” y casi no se hace hincapié que fue una matanza de gente perteneciente a una comunidad específica. Pudieron ser afros descendientes, chinos descendientes, árabes descendientes o lo que sea, pero no: fueron homosexuales, travestis y demás, y eso no se toca ni con pinza. Porque les apesta, porque no les huele bien. No es lo mismo hablar de alguien de raza negra que al final así vino y qué culpa tiene, que de un maricón, que es abominable a los ojos de Dios. Más, cuando te dicen que tú, por ser LGTBI no eres abominación, sino tus actos sodomitas. Como sea, siguen lanzando la primera piedra teniendo un montoncito detrás bien escondido para que nadie les diga nada.

Carlos Gardel en uno de sus emblemas canta “…el mundo es y será una porquería, en el 506 y en el 2000 también….” Y no puede ser más profético. O nos ponemos a cambiar nosotros y nosotras en cada una de nuestras acciones del día a día o todo se va por un tubo. No, no se trata de “tengo amigos gay que me peinan precioso” o “tengo una amiga trans que tiene un gusto precioso para combinar ropa”. De eso, nada. Se trata de seres humanos que queremos dar y recibir amor, sin más.

Una amiga me dijo que normal que nos casemos y todo, pero nada de hijos. Le apesta. Porque los niños se van a confundir. Me dieron ganas de decirle “así como tu hijo, que ya conoce como a 7 maridos aparte de su padre biológico, ¿verdad?” pero me contuve. No se trata de sacar nada en cara, pero sí de aprender a respetarnos y respetar. De entender y aceptar. Porque sí se puede entender y aceptar la homosexualidad, el travestismo, la transexualidad, el transgenerismo, y todo lo demás, sin estar de acuerdo con ello. Comprendo y entiendo que alguien no quiera que una pareja homosexual no adopte. Lo entiendo. Y lo acepto. Acepto que a esas personas no les quepa en la cabeza que dos hombres o mujeres puedan tener hijos. Pero no concuerdo con ellos. Eso mismo, al revés, para con nosotros y con nosotras. Se llama amor. Comprensión. Compasión. Y es el único modo de salir del hoyo en que la humanidad entera está ahora y desde hace mucho, muchísimo tiempo.

(*) Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Peruana.

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