Sin censura

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Por Víctor Prado.

Cuando estaba más peque, mamá me habló de respeto porque solía discutir  con  mi hermanito menor. Nos sentó a ambos y nos explicó: “si tú le respetas, él también lo hará”. Nos explicó que eramos iguales a sus ojos, nos amaba por igual, que éste asunto del respeto no era solo con la familia: era algo más universal.

Unos años más tarde agregó: la variedad de opiniones; decía que habían diferentes formas de vivir las cuales se basaban en las decisiones que tomamos. Partió de esto para decir que el respeto lo hacen las diferencias. Que había un respeto propio y otro hacia los demás. Que debíamos hacernos respetar por quienes somos pero nunca pisotear al otro. Para aquel entonces el asunto parecía cosa sencilla y fácil de aplicar. Nunca explicó que el asunto venía con excepciones. Olvidó decir que habían personas a quienes sus padres, amigos, colegios o entornos los educaron con otro ideal de respeto que poseía distinciones. Esto lo aprendí solo cuando entendí palabras como “homofobia”, “xenofobia”, “transfobia”, “racismo”, entre otros. No fue fácil de digerir, mucho menos cuando me di cuenta que yo era parte de estas víctimas del supuesto “respeto con distinciones”.

Desde pequeña fui la princesa de papá;  me hacia volar entre sus brazos y yo me sentía la chica más afortunada del mundo. Me encantaba jugar con el cabello de mamá. La veía levantarse todos los días con una sonrisa, el cabello recogido, un beso de buenos días y un enorme abrazo; recuerdo soñaba con ser tan hermosa e inteligente como ella cuando fuera grande, anhelaba una familia con un hombre tan atractivo y cariñoso como papá.

En mi fantasía  infantil había un único problema: no tenía el cuerpo de una niña. No fue que un día desperté queriendo serlo, no era un capricho que no me gustase ser un varón, era una niña completamente sola llorando sin que nadie pudiese explicarme ni entenderme.

Intenté de mil maneras, lo intenté: bailaba en los zapatos de mamá, usaba su ropa, me maquillaba creyendo que eso me haría una niña, lo pedía al hada madrina, lo deseaba  al apagar la última velita de cada cumpleaños. Crecí queriendo ser una dama pero era obligada a vestir como un caballero. Confieso me enamoré de un chico en el colegio… Esperaba crecieran mis senos como a mis amigas, me seguían cortando el cabello y yo seguía llorando, no tenía caderas, seguía desarrollandome sin ser una señorita físicamente y para cuando entendí lo que era la sexualidad, me sentí absurda, estúpida y vacía con un miembro que sabía, no era el mio. Crecí entre insultos, gritos y rechazos donde no importaba lo que sintiera: era yo, quien estaba equivocada.

No fue fácil para mí, mucho menos para mis padres, mi familia, mis amigos. Cualquiera se creía con el derecho de opinar, de irrespetarme, de decirme cómo me debía vestir, sentir y comportar. “Es una etapa, eso se le va a pasar”, “fue falta de carácter”, “no puedes ir contra lo que Dios te dio”, y pare de contar. Mamá y papá decidieron llevarme a un especialista ante la insistencia de una jovencita que, convencida a toda costa se creía el delirio de ser mujer.

“Disforia de Género” dijo el doctor, no estaba loca, tampoco sana. Fue la primera confrontación con el mundo en la que todo este tiempo no estaba equivocada, pero seguía sin ser una mujer. Psicoterapia personal, tratamiento de hormonas y “…que se asuma con su sexo de nacimiento” decían: el de mujer para mi suerte esta vez. Fue el cóctel para dar inicio a mi reasignación.

Comencé a vivir como una chica, me creí con tal derecho, ante el mundo no era una doncella, transitoriamente era un “transexual” vulnerada en mis derechos. Aunque no sé de qué derechos estoy hablando, no hay ley que me proteja. Si llegase a casarme legalmente no pudiese porque sigo siendo Sergio -es mi nombre de nacimiento- y el matrimonio igualitario tampoco es un hecho valido, si quisiera desposarme vestida de blanco el Juez no diría  “Señorita Sofía de…” porque no hay argumento, más de lo que siento, que me reconozca mujer .

Es que tampoco hacerme ver como mujer, podía ser; mi forma de vivir es un irrespeto a la moral y las buenas costumbres: que desfilar vestida de novia en una marcha por la sexodiversidad es una burla y una falta a ciertos valores, que se noten mis implantes es un insulto y denigro el respeto por los derechos de otros. Además, que para el Estado yo no existo como mujer. El día que recibí mi titulo no bastaron las suplicas: me llamaron “Sergio”. No puedo conseguir trabajo si el sexo de mis documentos legales no coincide con mi vestimenta, tampoco mis documentos pueden ser actualizados si no visto acorde a mi sexo biológico. ¿Si no tengo el derecho a existir 364 días del año,  tampoco lo tengo un día para hacer ver las diferencias?

Y cuánta cantidad de aristocráticos y defensores de los menospreciados, han venido a hablarme de respeto e igualdad de condiciones… ¿Serán los mismos que me hablan de respeto cuando en un centro comercial entro al baño de mujeres y otra chica llama a seguridad?  ¿Será el mismo respeto que merezco cuando me veo forzada a entrar al baño de hombres y su lenguaje soez es poesía para mis miedos? Me tiemblan las piernas y prefiero no hacerlo.

Que me hable de respeto quien en el aeropuerto le explique al de verificación por qué mis documentos no coinciden con mis rasgos físicos; que me hablen de respeto cuando me vean llorar porque no tengo derecho a adoptar una familia; que me expliquen como es que mis derechos no están siendo pisoteados cuando no puedo trabajar con niños; que se siente frente a mí el primero que le dio la mano a aquella amiga que golpearon, quemaron y exhibieron unos delincuentes hace unos años por ser mujer a la luz del día.

Hablemos de respeto cuando tu humanidad sí es reconocida, sí existe y no tienes que luchar constantemente por hacer ver quién eres. Hablemos de respeto, mujer, cuando me des tu apoyo el día que reciba cualquier tipo de maltrato y no me ampare la ley de protección a la mujer. Hablando de respeto, tú, sí, el que acaba de hacerme un comentario vulgar, no soy una cualquiera, hablemos de respeto, querido hermano de la comunidad LGBTI cuando me des la mano en la marcha y me digas “lo vamos a lograr, tendrás tu familia feliz”.

Para hablar de respeto tenemos que saber que empieza por nosotros mismos; reconocerme y hacerme ver, decir que existo y que me cansé de vivir en una mentira es la forma en la que yo digo: YO SÍ ME RESPETO, YO NACÍ, CRECÍ Y MORIRÉ MUJER, pero sobre todo humana.  Hablemos de respeto pero sin distinciones.

Con cariño, Sofia.

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