Ni Una Menos: Ante la violencia machista, feminismo y sororidad

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El agresor de Lady Guillén recibió 4 años de prisión suspendida y la justicia peruana considera que con el pago de 27 mil soles se borran los maltratos y agravios que sufrió esta mujer.

El agresor de Cindy Arlett Contreras recibió 1 año de prisión suspendida y solo tiene que pagarle 5 mil soles para que ella se dé por bien servida y ajusticiada. Además, se ha minimizado su culpabilidad porque el machito tiene “problemas mentales”.

Cuando Zuleimy fue asesinada por ser una chica trans, los medios de comunicación se limitaron a llamarla “hombre gay” y “travesti” y la policía justificó la violencia porque los hombres que la mataron “se dieron cuenta que era hombre” y eso les hizo molestar. Pobrecitos. Ya no se ha sabido más sobre si la muerte de esta chica tendrá algún tipo de consecuencia, como el resto de casos de violencia misógina, sexista y homofóbica.

En el Perú, los Centros de Emergencia Mujer han recibido 1700 denuncias de violencia sexual en los primeros 6 meses del año. Como escribe Milagros Berrios para La República, “cada día, nueve personas son atacadas”. NUEVE.

Y no solo en este país: hace pocos días, la modelo y activista pakistaní Qandeel Baloch fue asesinada por su hermano porque su libertad y su feminismo eran un ataque al honor de su familia. Este tipo de crímenes cobran la vida de 500 mujeres al año en Pakistán. Otro caso es el de Brock Turner, quien solo fue sentenciado a 6 meses de prisión por violar a una chica inconsciente porque como ella estaba borracha en una fiesta entonces se lo buscaba pues y este chico es nadador profesional, no le roben su futuro.

El Estado peruano es intrínsecamente machista y misógino. Detrás de un “qué habrás hecho pues, mujer, para que te peguen”, hay un “no me importas”. Una mujer es más escuchada cuando cuenta que le han robado que cuando cuenta que la violaron o le pegaron. Cuando se acusa a un hombre de agresión, el patriarcado organizado cierra filas y se defiende. Y no se defiende solamente para cuestionar la veracidad de la acusación, sino que, al ser verdad, la justifica, la minimiza, la normaliza. En esta sociedad es normal golpear mujeres, es más, es normal pegarle a todo el mundo, insultar a todo el mundo. Pero es más entendible cuando se le pega a una mujer, porque siempre fue así y ese es nuestro lugar.

Para los que tenemos una expresión de género típicamente femenina (independientemente de nuestra identidad de género) la calle es bastante más peligrosa. No solo tenemos miedo de que nos roben (como todo el mundo) sino que tenemos miedo de que nos roben y nos violen o nos toquen. Tenemos miedo de pasar cerca de un grupo de hombres porque sabemos que se sienten con el poder de lanzarnos un silbido o hasta seguirnos y gritarnos lo que harían con nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo, no con nosotras como personas, sino el cuerpo. Ese cuerpo que no es mío, sino de todos, para mirarlo, tocarlo, violarlo.

Entonces nos cambiamos mil veces la ropa antes de salir a la calle, asegurándonos que nuestra vestimenta no vaya a ser muy tentadora porque esos animales son puro instinto y no les queda otra que mirar, tocar o violar. O a veces nos quedamos en la casa. Pero no, la casa tampoco es segura, porque la mayoría de casos de violencia sexual se dan en la casa o en la casa de conocidos.

Estamos a la defensiva, dudamos de todos los hombres, de todos los grupos de hombres. A veces nos hablan en buena onda y nosotras los miramos mal. No nos sentimos culpables de eso: nos han enseñado que si sonreímos o respondemos en buena onda y luego nos violan, fue nuestra culpa por sonreír, por hablar, por responder, por bailar con ellos, por tomar con ellos o por ser amigas. Así que no, seguiremos estando a la defensiva todas las veces que sea necesario porque tenemos miedo de que nos pase algo, y si le pasa a una, nos pasa a todas. Y cada vez que nos pase estaremos molestas, hablaremos, denunciaremos, gritaremos y nos defenderemos.

La violencia de género en la pareja no solo implica golpes (que la mayoría ni denuncia) sino que también incluye insultos y maltrato psicológico. Las críticas constantes son un tipo de maltrato también: si tu pareja se pasa toda la vida criticándote, entonces te preguntas “¿realmente me quiere?, ¿realmente soy la persona que quiere a su lado?”. No, obviamente no te quiere. Eso no es amor. Lo que quiere es alguien que cumpla con sus necesidades y sus expectativas, alguien a quien dominar para sentir que posee algo.

No nos sentimos seguras porque hay una cultura de violación, porque no hay situación donde te expongas más o menos, es peligroso todo el tiempo, en la calle, en tu casa, en las redes sociales. Es peligroso en Lima y en la Amazonía, en el distrito más ficho, en el distrito más pobre. Es tan real para las que tenemos el privilegio de tener educación, dinero, acceso a salud, pero es aún peor para las que son discriminadas por su etnia, las que nunca son escuchadas ni tienen como acceder a un medio periodístico para ser visibles y más aún para las que son mujeres sin DNI, las que el ser transgénero las convierte en menos humanas y menos mujeres para la sociedad.

Es mentira lo que dicen los conservadores misóginos y sexistas de este país, que “una se lo busca”. No. La niña de 5 años abusada sexualmente por su papá no se lo ha buscado, la adolescente de 16 violada por un hombre 10 años mayor porque “no parece niña, mira su cuerpo” no se lo buscó. No se lo buscó la ama de casa a quien su esposo le pega porque no tuvo a tiempo la comida, no se lo buscó Zuleimy, la adolescente trans que fue asesinada, cuando sus acompañantes “descubrieron” que no tenía vagina. No se lo buscó mi amiga, que de niña tenía miedo de quedarse sola con hombres, porque antes ya la habían querido tocar y nadie le creía. No lo busqué yo, que tuve un novio hace muchos años que me decía que sus críticas cotidianas eran para que yo sea mejor y quien decidía mi ropa porque no le gustaba que me vista de tal o cual manera, o que criticaba hasta mis gustos musicales, mi manera de hablar con mis amigas y la forma en que me relacionaba con mi familia.

Que se grabe bien en la cabeza de todos: NUNCA ES CULPA DE LA VÍCTIMA.

Pero ha pasado algo bonito. El día domingo 17 de julio, Jimena Legard publicó este post a raíz de la indignación por la cantidad de violencia de género que está siendo visibilizada (y quedando impune) en nuestro país. El movimiento que se generó a raíz de los comentarios y la necesidad de hacer algo la impulsó a organizarse con un grupo cercano de activistas y no activistas y creó un grupo de Facebook que se llama Ni Una Menos, con el fin de organizarnos como mujeres de todos los géneros y orientaciones sexuales para movilizarnos contra la violencia machista.

El espacio rápidamente se ha convertido en un grupo seguro para compartir experiencias, motivaciones, sentirnos acompañadas en una sororidad feminista de personas de todas las edades, etnias y formas de ser. Las historias no son de una, sino de todxs, las violencias, los miedos y la fuerza son de todxs. Ha nacido un espacio virtual para acompañarnos a nivel nacional, y solo puedes formar parte si alguna amiga o amigo te invita a formar parte de él, ya que la idea es limitar el acceso a trolls machistas de masculinidad frágil que puedan contaminarlo.

Esta iniciativa no solo busca quedarse en redes sociales, sino que busca empoderar a grupos en otras regiones del país, y llegar a personas que tal vez no tengan acceso a redes sociales, empoderando grupos para compartir experiencias, movilizarnos y aprender a defendernos. No tiene tintes políticos ni una ideología de por medio y la primera movilización será en agosto.

A veces, la fuerza que buscamos nace de lo peor que nos ha sucedido. La violencia machista busca apagarnos, minimizarnos y hacernos sentir menos, usables, golpeables y maltratables. Sin embargo, ser sobrevivientes de trauma físico o psicológico no debería ser un motivo de culpa o de vergüenza, sino que podemos usarlo como una fuerza que nos mueva a cambiar la vida de las nuevas generaciones de niñxs que tienen el derecho a crecer en un ambiente igualitario. En el momento en que estés lista: habla, cuenta, denuncia, explica, levanta la voz. No estás sola.

Es hora de otra revolución feminista, no me importa qué tan frágil sea tu masculinidad.

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