El sonido que hacen los cuerpos al crecer

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Por José Manuel Madrid

Cada noche antes de dormir, Anabella deseaba con todo su cuerpo y su corazón despertar siendo una niña. Pero a la mañana siguiente la realidad seguía siendo tan feroz como de costumbre: se veía como un niño. Desde pequeña le enseñaron que no podía ponerse ningún atuendo color rosa, jugar con muñecas y tocar el maquillaje de mamá estaba prohibido porque eso era cosa de chicas y entonces, la frustración hacía mella en su cuerpo, ese terreno indescifrable donde empezó todo.

A los cinco años comenzó a descubrirse cuando se sintió atraída por un niño de su clase de pre escolar. Su memoria es ávida, los recuerdos se agolpan al hablar. Todo era raro “yo no me veía como niño queriendo estar con otro niño, yo me veía como una niña queriendo estar con un niño. Yo quería ser niña” pero nunca se lo expresó a nadie porque se sentía como una extraña, como el único ser que se enfrentaba a semejante dilema.

1 Anabella antes de la trancisión
Anabella antes de la trancisión

Nació y creció en Mene Grande, un pueblo perteneciente a la Costa Oriental del lago en el estado Zulia, al occidente de Venezuela. Allí se fue formando su carácter a fuego marcado por los prejuicios de sus habitantes. A los siete años descubrió que existen hombres que están con otros hombres, que eran motivo de burla del pueblo y Anabella, frente a su cuerpo de niño decidió que no quería ser como ellos. Con catorce años se mudó a Maracay, una ciudad ubicada a 109 km al sudeste de Caracas, junto a sus padres, y ahí inicio su vida como un hombre homosexual. “Conocí a otros hombres que se pueden relacionar con otros hombres, en la que puede haber afecto, amor, una relación parecida a la que había visto entre mis padres. Me dije: quizás no tengo porque desear ser mujer, soy un hombre y puedo estar con un hombre y durante mucho tiempo estuve viviendo en el ambiente homosexual, me desenvolví, crecí, me desarrollé allí pero nunca me sentí llena, nunca me sentí yo.”

Anabella siempre supo que fue una niña pero lo reprimía, buscaba alguna distracción que la colocara en algún espacio inhabitado, lejos de cualquier interacción, de alguna forma fue guardando a su niña interior. Sabía que en su casa era menos doloroso aceptar a un homosexual que a un transgénero, pues era un concepto menos complejo. Es la tercera de 4 hermanas, para entonces el único hijo varón, y dentro de los núcleos familiares tradicionales el niño parece tener más valor que una niña: aquello fue matar la ilusión de su padre. Fue en la ciudad cuando empezó a pasar desapercibida, a diferencia de su pueblo donde era tema de conversación todas las tardes cuando las vecinas se reunían a conversar. Está consciente que llama la atención de la gente atenta pero puede pasar por una mujer cisgenero sin problemas. “Quienes me conocieron antes de iniciar la transición me miran mucho, unos me dicen que me veo muy bien, otros que no están de acuerdo. Yo escucho las opiniones de la gente pero eso define quien soy.”

 “Yo cree una barrera entre mi vida homosexual para apaciguar ese deseo que me atormentaba de querer ser una mujer, de vivir siendo una mujer, entonces comencé a ofender a las mujeres trans, a los travestis, a dirigirme a ellos con desprecio.”

  • ¿Recuerdas el momento en el que le participaste a tu familia que eras una mujer trans?
  • Cuando yo decidí abrir un huequito en esa pared que había levantado fue cuando le conté a un amigo: quiero ser una mujer. El me comentó que tenía un amigo que antes era mujer y ahora es un hombre. No lo podía creer, y entonces me puso en contacto con él, con Sebastián, y poco a poco fue creciendo la amistad. Cuando yo creí que no podía ser posible Sebastián me dio ánimos, fue el primero que me apoyó, me dijo que si era posible. Todo fue tomando más fuerza mientras yo hacía más cosas para lograrlo, para asumirlo y decir; si yo soy trans. Mi familia fue la última en enterarse, hablé con ellos después porque necesitaba muchísima fuerza y ser yo misma para poder decirlo. La última persona a quien se lo dije fue a mi papá y guardó mucho silencio.”

    Anabella después de la transición
    Anabella después de la transición

La Universidad Central de Venezuela tiene una magia rara que solo sus alumnos parecen explicar con atino. Me limité a cumplir con lo acordado, asistir a la 5.00 pm a la escuela de Psicología para verme con Sebastián, quién a través de la gestión de una buena amiga accedió a contarme su historia, mientras en el fondo el Ávila, el cerro omnipresente que bordea la ciudad, me regalaba colores que la convulsa Caracas esconde caprichosamente en su asfalto caliente. Tiene 26 años y estudia Psicología en esa misma universidad. Por mucho tiempo fue el tema de conversación de su escuela por lo notorio que fue siendo su cambio físico, aunque gracias a su voluntad eso hoy historia. Sebastián le reclamó a su cuerpo como se sentía por dentro y poco a poco fue haciéndose justicia. Se dio cuenta de la contrariedad que había entre su cuerpo y su interior cuando el pecho empezó a crecerle, un episodio traumático que determinó una serie de infortunios en su adolescencia: Se enamoró de una muchacha pero la confusión que sentía no le permitió dar el paso que lo acercaría a ella, casi en simultaneo comenzó a asistir una congregación de testigos de Jehová por la recomendación que algunos de sus familiares le hicieron a su madre afirmando que “tenía actitudes extrañas y que Jehová la iba a encaminar”.

Sebastián también nació y se formó en un pueblo del interior del país llamado Cantaura, en el estado Anzoátegui, ubicado en el oriente de Venezuela, pero a los 16 años se mudó a Caracas poniendo como excusa sus estudios universitarios. “En realidad quería huir de mi casa, quería alejarme de todo” Al igual que Anabella, llevó una vida homosexual por mucho tiempo intentando sentirse identificado con algo y para él, lo más cercano fue la palabra lesbiana. “Me veía como mujer, entonces asumí que era lesbiana. Cuando entré a la escuela de Psicología yo me veía como una chica y llegué a tener novios pero no pasó de una agarradita de manos, no funcionó. Todo lo hacía por mi familia, por mi mamá, pero no aguante más” Comenzó a trabajar la transición de su apariencia física casi de forma inconsciente, dejó de usar zarcillos, empezó a dejarse el cabello muy corto hasta que comenzó a verse como realmente quería, pero no sabía que era un hombre trans.

3 Sebastian 2015

“Yo tuve problemas porque no me sentía bien, si no te sientes bien no puedes estudiar, si no te sientes libre no puedes vivir, y en ese momento no me sentía libre, no me sentía vivo”. Dejó la universidad y se dedicó a trabajar. A los 20 años, tiempo en el que su cambió fue más notorio, buscando internet se topó con videos sobre hombres trans, la serendipia de lo posible y entonces su futuro fue tomando forma. Al enterarse de que podía realizarse un proceso de hormonización que le permitiría causar el desarrollo de los caracteres sexuales masculinos la ansiedad fue ganándole espacio, quería todas las hormonas en su cuerpo, quería músculos inmediatos, quería todos los cambios de la noche a la mañana pero cuando fue al psicólogo se dio cuenta que el proceso era otro, que la paciencia debía ser la prima de un tratamiento que con el tiempo terminaría de consolidar al Sebastián risueño, amable y comprometido que habla con soltura de su vida.

“Fueron 6 meses en terapia psicológica hasta que me dieron luz verde para hacer la terapia de sustitución hormonal, pero antes tenía que pasar por un psiquiatra. Afortunadamente llevaba tiempo viviendo como un hombre y no fue tan lento como yo pensaba. Ese mismo día me receto algunos medicamentos y me dio el visto bueno para hormonizar. Como las hormonas no se consiguen en Venezuela tuve que esperar un poco más hasta que al final se dio.”

“Tuve muchas pesadillas, soñé que me crecía el cabello, que estaba desnudo en la calle. A lo que más le teme un trans es a que te vean desnudo.”

Aunque afirman que la imagen no lo es todo, ambos están de acuerdo que es importante para afianzar la personalidad. Cuando Anabella empezó con su cambio físico comenzó a encorvarse porque le daba pena que sus senos fueran notorios, hasta que fue aceptando sus nuevas características físicas. “Me Informé muchísimo porque tenía miedo lo que podía pasar si algo salía mal, pero empecé con cosas sencillas como dejarme crecer el cabello, hacer ejercicios, comer sano, pero no me vestía como mujer porque sentía que no me veía bien” Si algo fue primordial para Anabella durante su reconocimiento fue el testimonio de otras voces, historias que la inspiraron y la mantuvieron de píe: Laverne Cox, Kim Petras y Ophelia Pastrana. “Me siento identificada con sus procesos, por ejemplo, no todos los amigos de Mauri, como se llamaba Ophelia antes de la transición son sus amigos ahora. Lo mismo pasó conmigo. Cuando muestras tu verdadera personalidad florecen los verdaderos amigos.”

EL RECHAZO COMO SALUDO

“La gente te rechaza por miedo, por desconocimiento. La actitud que tú tienes puede cambiar mucho la de alguien más” Anabella no ha sufrido maltrato físico, pero si la han colmado de irrespeto con burlas o palabras ofensivas, aunque aclara con toda seguridad que eso no la inmuta porque está consciente que hay mujeres trans que han pasado por situaciones mucho más complicadas “mi realidad es diferente a las mujeres trans en situación de calle, yo no he pasado por el mismo proceso que ellas. Yo pude haber tomado la calle pero mi familia estuvo ahí y eso apoyo fue primordial, pero no soy mejor que ellas por eso”

Para Sebastián los hombres trans lo tienen más sencillo. “Cuando dejas de ser visible se acaban los insultos”. Aunque actualmente se desempeña como barbero de manera estable sus inicios en el mundo laboral han sido cuesta arriba debido a su apariencia. Su currículo recoge los datos legales con los que fue identificado al nacer, por lo que al hacer entrevistas para alguna vacante su nombre legal no coincide con su apariencia. Lo han llegado a llamar solo para comprobar que el nombre “de mujer” no tiene nada que ver con la foto de camisa cerrada y corbata. Sebastián no tiene problema en decir que es un hombre trans y a ese ritmo ha sido bartender, mesonero, heladero y vigilante. “Para ser vigilante no te piden el currículo”. La calle nunca fue opción para él porque sabía que no tenía posibilidades de sobrevivir, la medida más cercana para huir de lo que le estaba pasando fue el suicidio pero Sebastián tiene el temple de la gente valiente y se le nota en su seguridad avasallante, en su mirada correctora. “Todos tenemos un instinto de sobrevivencia y conservación. Muchas mujeres trans se prostituyen por necesidad, porque se ven empujadas a eso. Yo he conocido a muchas y están abiertas a escuchar, a generar cambios en su vida. Puedes ganarte la vida de muchas maneras, puedes influir de manera positiva en otras personas”

LOS SUEÑOS DE LAS ALMAS LIBRES

Anabella tiene muchos sueños afincados en el corazón, entre ellos ayudar a otras personas en situación de minusvalía. Estudia octavo semestre de administración de empresas, mención gerencia industrial y empieza a preparar su tesis sobre seguridad laboral “Yo también tengo sentimientos, soy una mujer que se preocupa por el resto de las personas, pero quiero llevar una vida común, algo parecido a lo que viví en mi casa” Por su lado Sebastián está comprometido con el activismo LGBTI y otras causas que ayudan a quienes más lo necesitan. “Me siento parte de la comunidad. Aunque somos y pensamos distinto nos une una lucha y es que respeten nuestros derechos. Sentirme parte de la comunidad me hacer ser un trans visible. Quiero enfocarme en la psicología industrial para asesorar a las empresas sobre el trato al personal de la comunidad, quiero trabajar y apoyar proyectos sobre derechos humanos”

En Venezuela no existe una ley que permita el reconocimiento de identidad de las personas trans y tampoco se han implementado políticas públicas para sensibilizar sobre este tema que sigue siendo tabú en un país donde a los homosexuales, por ejemplo, no se les permite donar sangre, un Medioevo tropical. Anabella y Sebastián coinciden en una sola cosa cuando se refieren a su cedula de identidad: el recuerdo palpable de las personas que nunca fueron, sensación que se repite cuando tienen que hacer algún trámite en algún ente público o privado, pero se mantienen firmes en sus luchas.

  • A pesar de todo lo que les ha pasado no guardan rencor – afirmo mientras caminamos hacia la estación del metro.
  • Guardar rencor es como tomar veneno y esperar que el otro se muera – sentencia Anabella con una sonrisa que pudo haber iluminado las oscuras escaleras de la estación mientras bajábamos al andén.

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