La vida en rosa de Shamcey La Vie

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La transición al salir del clóset le trajo breves momentos complicados, pero fue gracias a esa decisión que hoy Uri An tiene la tranquilidad necesaria para subir al escenario y dar lo mejor de sí cada fin de semana, cuando se convierte en Shamcey La Vie.

Texto: Rodolfo Serna Saona
Fotos y producción: Aarón Chihuala
Maquillaje y vestuario: Uri An

También amándonos conoceremos el dolor. La frase es del poeta Abelardo Sánchez León y está incrustada en uno de los bloques que sostienen el Parque del Amor, en Miraflores; el distrito más cosmopolita, comercial y multicultural de Lima. 

Y literalmente ocurrió así, como Sánchez León lo predijo, pues fue en este reciento de enamorados -y no hace mucho- donde una pareja gay sufrió hostigamiento homofóbico por parte de dos serenos (guardias municipales). Hoy es otro de estos vigilantes del orden quien custodia la sesión de fotos que Aarón realiza a Shamcey La vie, su modelo, a pesar de ubicarnos en un lugar poco transitado. Como para no llamar la atención…

Shamcey no ha robado nada, sólo las miradas de los peatones. Tampoco busca detener el tráfico, pero los conductores ya han perdido unos segundos de más contemplándola. Algunos usan lunas polarizadas; para ocultarse de la gente, de la luz del nublado día o de quién sabe qué, pero imagino que también la observan, porque todos lo hacen.

Desde lejos, algunos ven a una esbelta rubia en prendas cortas, mientras otros imaginan a una excéntrica novia camino al altar, debido a la blanca y floreada corona -su rasgo distintivo- que sostiene y que contrasta con el resto de su vestuario, totalmente negro.

Para el sereno -veterano y conservador- más bien, es una ‘Bruja de Cachiche’.

Lo cierto es que al acercarse se liberan sonrisas en unos y miedos en otros. A ella, lejos de incomodarle, le agrada, pues de eso se alimenta: la admiración del público. Es una Drag Queen: si la gente se asombra, su trabajo está hecho.

Un servicio mal pagado

Terminada la fase fotográfica y ya sin la piel de su alter ego, Uri An -como le llaman todos, aunque su nombre real es Diego Quispe-, un tímido y joven gay, nos cuenta que estudió Diseño Gráfico y de Modas, buscando acercarse a esa pasión por expresar su visión de la estética a través de diversas formas como el dibujo, el maquillaje o la moda. Sacar lo más hermoso que hay en todo lo que le rodea. Sus primeras clientas fueron su madre y su hermana.

‘Al inicio (a mi hermana) no le gustaba la idea de que yo fuera así –gay-, pero luego cambió y ahora hasta me pide que la maquille’, comenta. A su mamá la asesora con la ropa, aunque eso sí, sólo en casa: ‘no salgo de compras con ella porque me estresa, me pregunta de todo, en cambio cuando voy con mis amigos no tengo que ayudarles’. Por último, limita su campo de acción: ‘cabello no, no me gusta tocarlo, me aburre’.

Pero el descubrimiento de todos sus gustos se dio mucho antes:

‘Me enamoré de un niño a los 9 o 10 años. Era inteligente, su forma de ser era algo diferente. Me provocaba un poco de inspiración, era muy lindo. Me veía como un amigo más. Él pensaba que yo era aniñado, como el hijito de mamá. Nunca se dio cuenta. Luego se cambió de colegio’.

La capacidad creativa del ‘consultor de belleza’ es innata, y ya desde la escuela ejercía esa vocación: ‘representé a mi colegio varias veces. Gané concursos. También por decoración de aula, manualidades, siempre me llamaban a mí’. Por desgracia, su habilidad y los triunfos que cosechó para los demás fueron objeto para la ingratitud y el hostigamiento de sus compañeros y maestros:

”Una vez me dibujaron en la pizarra con el cabello largo, con frases de ‘soy delicado’, ‘soy gay’. Eso me hizo llorar. Siempre recordaré además cuando mi profesor de educación física nos ordenó a todos por estatura -a mí me tocaba ir al fondo- y empezó a tomar lista. Yo decía: ‘presente’, pero él respondía ‘¡más fuerte!’ a propósito, para molestarme, como un soldado. Entonces me acerqué y le grité ¡presente! en su oído. Luego salí del salón y me fui al baño”.

Ese docente –que probablemente continúa formando adolescentes- es también su vecino. En todo el tiempo que separa esa etapa hasta hoy, Uri An nunca le ha devuelto el saludo ni dirigido la palabra. Cada vez que se lo cruza, el recuerdo y el resentimiento afloran. No necesita ser cortés. Prefiere ser sincero: detesta al ex profesor que le hizo bullyng homofóbico. La firmeza de su tono y su mirada dice que nunca lo perdonará.

En casa la transición tampoco fue sencilla.

Todo es tu culpa por haberlo engreído. Nunca pusiste mano dura con él’, le reprochaba el padre a la madre. ‘Si vas a andar con novio, que sea fuera de Chorrillos –su distrito de residencia-’, le advirtió luego a él. Mamá lo envió hasta con cuatro psicólogos. ‘Métalo a clases de natación, fútbol o karate. Para que sea más tosco’, recomendaban ellos. Uri sólo ‘les seguía la corriente’.

‘¿Quieres llevar una vida homosexual?’, le preguntó finalmente ella. ‘‘,  respondió él, convencido de no mentirle más para verse a escondidas con su novio. Esa valiente decisión mejoró su vida familiar poco a poco, pues hoy ese tema ya no es un problema para ninguno de ellos.

‘Mi papá ahora me quiere bastante. A veces me compra maquillaje a través de catálogos (…) Mi mamá está tranquila y bien. Tenía más libertad en decirle a donde iba. Me iba a dejar a la puerta’.

 La reina de la noche

Cargando su bolso personal y jalando la pequeña maleta rodante que contiene su vestuario, Uri An llega cerca de las 10 pm a la discoteca gay -ubicada en el corazón de Miraflores- donde trabaja. Esto ocurre tres veces por semana.

Ya en vestuarios, comienza a maquillarse -durante cuarenta minutos- y  vestirse –otros cuarenta más- de acuerdo a la temática que ha elegido para su presentación de la noche, valorizada en 100 nuevos soles. El vestuario que utiliza bordea los S/.400 de inversión, pues lo manda a confeccionar para que calce perfectamente en su 1.70 de estatura –con tacos puede obtener hasta veinte cm más- y 50 kg de peso.

Finalmente y luego de ultimar detalles toma su celular y revisa por última vez su mundo virtual, pues a la medianoche -y durante dos horas- ingresará al universo real que le conecta con su esencia, con su público y con lo que más ama: el show de Shamcey La Vie, artista Drag Queen.

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‘Algún día estaré allí y todos me van a mirar’, decía dos años atrás mientras observaba entre el público a sus futuras colegas, en la misma discoteca a la que alguna vez entró siendo menor de edad para divertirse y olvidar penas, y la que ahora la recibe como estrella de la noche.

‘‘Ahora digo ‘guau, han pasado tantas cosas y ahora estoy acá, trabajando aquí’. (…) Siempre me gustó. Me dije: ‘¡si no lo hago ahora cuándo lo haré!’ Tuve previamente un tiempo de preparación. El baile lo fui aprendiendo en coreografías en concursos en casa con mis amigos, donde un jurado elegía a la ganadora. Gané en todos, menos una’’.

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Al ser un término oriundo de EE.UU. y no existir oficialmente en nuestra lengua, la noción básica que se tiene de este espectáculo -el Drag Queen- es que consiste en la representación artística y exagerada de la mujer -labios, cejas, vestido- a cargo de un hombre con el fin de divertir a un público en eventos LGTBI.  A partir de allí, la perspectiva de La Vie nos permite conocer las sensaciones desde dentro:

”Ser una Drag Queen es expresar mi arte. Ser un actor en todo momento. El sólo hecho de cambiar y ser alguien totalmente distinto a quien eres ya es un show. Estar parado sin hacer nada ya es un completo show. Tenemos que dar una idea de que somos un Dios para la gente, que cuando nos miren digan ‘guau, qué hermosa; qué fea pero me encanta, qué bien baila, canta, actúa’, además de la caracterización y el maquillaje”.

Creó su nombre inspirada en dos mujeres: Shamcey Supsup -ex reina de belleza filipina y quien cree debió ganar el Miss Universo 2011- y Edith Piaf- legendaria cantante francesa cuyo mayor éxito fue ‘La vie en Rose’-, pues la belleza y el talento son algo que dice definirla. Ante sus seguidores además se adueña de una personalidad y actitud atrevida, muy opuesta a la de su otro yo: ‘Uri An es tímido, no lo puedo negar, mientras que Shancey La Vie es tiernamente perra, conchuda, hace lo que le da la gana. Es capaz de todo –en el escenario, vale aclarar-, podría interpretar a quien sea. No tiene límites’.

Sus amigas siempre le preguntan: ‘¿por qué tú sí y yo no?’, ‘¿por qué tú puedes tener ese cabello y yo no?’, y su respuesta siempre es fulminante: ‘porque puedo’.

Quedó claro: es una diva.

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Salir del molde

Le pregunto por sus sensaciones luego de la masacre de Orlando (EEUU), donde murieron 49 personas de su comunidad. Se lo pregunto especialmente porque también trabaja en una discoteca. A pesar de reconocer un cierto temor al respecto, para Uri An detenerse no es una opción:

‘Sí pienso que me puede pasar, que en cualquier momento vienen unos locos que se copien la idea, y sí me ha dado miedo. Ahora la seguridad ha mejorado. Eso nunca va a impedir que haga lo que me gusta y lo que a las personas les gusta también. Si tiene que pasar algo malo va a pasar, pero nunca voy a dejar de hacer algo que me guste’.

El único terror que quiere en su vida es el artístico, pues paralelamente a sus actividades nocturnas se prepara para ser un maquillador profesional. Sueña incursionar en el cine, creando monstruosos seres al más puro estilo de Hollywood. Su capacidad creativa la podemos ver allí, en sus propias fotos.

Y continúa analizando la situación de nuestro país: ‘Es indignante, está mal, incorrecto. El Perú es retrasado por eso. Siempre siguen lo que creen (que debe ser). Viven en su molde. Si ven algo diferente en la calle, se sorprenden’

Hablando de la calle, su grupo de amigos suele ser bastante bullicioso cuando sale, por lo que los intolerantes a la homosexualidad, al escándalo y al ruido buscan ‘corregirlos’ mediante bromas de mal gusto:

”Nunca faltan los ‘Michael Jackson’ que nos gritan ‘au’, pero a mí me es indiferente, me da igual. Otros amigos responden mal”, confiesa el maquillador, quien para evitar todo acto de violencia con sus potenciales atacantes, les envía un mensaje: ‘no hagas lo que no te gustaría que te hagan. Nada van a conseguir con ser así. Todo da vueltas”, advierte. 

De todas maneras no dudaría en defenderse, de ser necesario, pues no nos olvidemos de algo: aprendió Karate.

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Al dar vida a su personaje artístico, Uri An une todos sus conocimientos adquiridos, ideas creativas y experiencias de vida moldeadoras de su carácter. Se puede afirmar entonces que cuando sale al escenario se siente un ser completo, ya que todo confluye en esas dos horas de desenfrenado show, justificando el por qué no dejaría de ser una Drag Queen: estar completo es ser feliz.

”Como dice Edith Piaf: ‘La vida es rosa’. La vida es hermosa, única. Shamcey es hermosa y única”, resume y sentencia.

Entonces recuerdo las palabras de aquel sereno miraflorino, el que vigilaba nuestra sesión de fotos: ‘‘es una ‘Bruja de Cachiche’ ”, decía. No se puede estar más de acuerdo con eso: la leyenda cuenta que en el pueblo de Cachiche –ubicado en Ica, al suroeste del Perú- existieron mujeres hechiceras con poderes sobrenaturales que curaban los males de las personas.

Shamcey La Vie también tiene poderes especiales: cura por unas horas la melancolía que habita en su público, convirtiéndola en felicidad y apelando para eso a la magia de su talento, alegría…y osadía.

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