La homofobia y la transfobia son también violencias de género

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El contexto de Ni Una Menos nos ha permitido abrir el debate general sobre temáticas que antes solo se discutían en ambientes académicos o feministas. Hablar de aborto, de esterilizaciones forzadas y de violencia sexual es aún considerado tabú en nuestra sociedad, especialmente en esferas religiosas y conservadoras. Hablar de violencia implica reconocer todas las formas de violencia, y tanto la criminalización del aborto, como las esterilizaciones forzadas y las relaciones sexuales sin consentimiento son formas de violencia de género.

Sin embargo, hay un debate importante que hay que tener y que no está recibiendo igual atención. Y es que cuando decimos TODAS, tenemos que incluir a las mujeres bisexuales, trans y lesbianas en la mezcla, porque las violencias que sufrimos (la lesbobofia y la transfobia) son solo otras formas de violencia de género que nacen del mismo sistema patriarcal.

Para la esfera conservadora, hemos contaminado la marcha con nuestra agenda LGBT, queriendo hacer de esta movilización una oportunidad para visibilizar una lucha que parece particular y ajena al movimiento. Pero esta idea solo demuestra un profundo desconocimiento sobre qué es violencia de género y por qué es importante que hablemos de lesbobofia y transfobia en estos contextos.

¿Qué es violencia de género? La violencia de género es toda aquella agresión (sí pues, no solo física) que se da con motivos del género de una persona.

Tradicionalmente se piensa que solo existen dos sexos (macho y hembra) y se construye, en base a esto, la idea de que solo existen dos géneros: hombre y mujer. Por lo tanto, al formarse la jerarquía que existe en todo tipo de discriminación, las mujeres quedan siempre abajo, siendo aquel cuerpo y aquel lugar que sirve de soporte al dominio social masculino. La idea de mujer se genera, entonces, a partir todo aquello que no es ser hombre, instaurándose así los estereotipos de género.

Estos estereotipos determinan qué es ser hombre y qué es ser mujer. Por supuesto, va mucho más allá de algo biológico o las formas del cuerpo, no solo basta que con tengas útero y tetas, debes comportarte de cierta manera, sino se te cuestiona y critica y castiga con violencia. Sucede de la misma manera con los hombres: cuando uno de ellos (a pesar de tener pene), se comporta de una manera que no encaja con este estereotipo, se le castiga y cuestiona, el patriarcado se permite pasar por encima de sus derechos y atribuirle la desafortunada etiqueta de “maricón”.

Un hombre tiene que cumplir muchos criterios para demostrar que es macho: no puede hablar de sus emociones, debe ser líder, extrovertido, inteligente, fuerte, no tener miedo, debe ser heterosexual y su valía sexual depende de la cantidad de parejas sexuales que tenga, en donde, por supuesto, él debe penetrar y no ser penetrado. Si se enamora no debe admitirlo y si lo hace y lo dejan, pues, automáticamente buscar más mujeres. Un hombre debe estar probando constantemente que no es mujer, que no es sumiso, que no es penetrado, que tiene siempre el control de las relaciones, que deja y no lo dejan, que maneja a sus mujeres, etc.

¿Y la mujer? La mujer es, entonces, todo aquello que no es hombre, una noción que se forma bajo la idea ignorante de que hombre y mujer son complementarios, solo porque podrían (o no) tener cuerpos diferentes.

Es en este sentido que la homosexualidad, la bisexualidad y el ser transgénero, son la mayor pesadilla del patriarcado. Pensémoslo bien: si solo existiera la heterosexualidad y el ser cisgénero, todo el sistema funcionaría a la perfección, el macho es el patriarca, el que penetra, el que provee, el dominante en la relación heterosexual. Las mujeres son las que paren y crían a los hijos, las que dejan sus carreras para quedarse en casa, las que “por naturaleza” dan afecto y son protegidas.

Una lesbiana o una mujer bisexual son discriminadas porque no actúan “como mujeres”. Una de las características del sistema patriarcal (donde el hombre es superior a la mujer) es la noción de heterosexualidad obligatoria, ya que solo de esa manera se asegura la supremacía masculina, subalternizando a la mujer. Entonces, si una mujer no es heterosexual, es menos mujer.

Igual sucede con la homosexualidad masculina: la idea de que un macho es “sometido” por otro macho, que un hombre se deja penetrar por otro, lo feminiza y lo pone en ese lugar de las mujeres, un lugar en el que ningún hombre debería querer estar.

Por supuesto que el machismo es burdo y simplista: el ser sexuado va más allá de quién penetra a quién. Pero en la sociedad en la que vivimos, la sumisión y los roles están muy ligados a eso, al acto sexual coital, y desde ahí se han formado las diferencias sexuales. Además, estas diferencias, insertadas en una economía capitalista que las sostiene, establecen un sistema que funciona de manera coordinada y que se ha normalizado. La violencia es de todos los días.

Las personas transgénero sufren una violencia de género aún mayor. La idea de transitar en el género implica el cuestionamiento del presupuesto rígido de que la identidad de género es un atributo fijo y estable en el tiempo. Algo que el conservadurismo y el determinismo biológico no se cansan de decir (“uno nace mujer u hombre, no hay tercer sexo”), pero que todo el tiempo se prueba, por nuestra propia existencia, como un error. Existimos, y eso basta para demostrar que la rigidez de la sexualidad es falsa.

Estamos acá, los LGBT, construyendo identidades y orientaciones que desafían esa “normatividad” y por la que muchas veces nos llaman enfermos. La violencia de la que somos sujetos nace del machismo, como una forma de corregir nuestra “desviación” de lo que consideran normal, adecuado y funcional para perpetuar la dominación masculina.

Esto no quiere decir que los LGBTI estemos exentos de las normas patriarcales y la violencia machista. Hemos crecido todos con esa idea metida en la cabeza. Hay muchas personas trans masculinas o femeninas que discriminan a sus compañeros trans no binarios, solo porque no se ajustan a un rol binario. Y son clásicas las etiquetas “pasivx/activx” en las relaciones homosexuales. Tanto en el plano sexual como en el plano social, estamos siempre poniendo a prueba quiénes somos y cuánto valemos según qué tanto nos ajustamos a una norma social impuesta.

No falta, además, el gay “macho” que discrimina a aquellos hombres homosexuales con una expresión de género más típicamente femenina, porque les molesta la feminización del hombre. Tampoco falta la lesbiana “activa” que se considera el macho de la relación y que critica a las lesbianas o bisexuales con una expresión de género femenina, a pesar de que son sus parejas. El machismo, la homofobia y la transfobia son variaciones del mismo problema y, junto con otras formas de discriminación, están muy enraizadas también dentro de la propia población LGBTI.

Nosotros también somos “lo femenino” y “lo otro” en esta sociedad patriarcal. La lucha contra la violencia de género no es completa si no estamos incluidos.

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