Hanner La Gata: canción callejera y canalla

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“No mami, no es un muerto. Estamos grabando un video”

Por Alexander Amézquita Pizo

Sí. Ella. ¿Qué es lo que hace?

Hanner termina de cantar. Es viernes. La plazoleta de Banderas, en la Universidad del Valle, es una barahúnda de cantos, risas y gritos. Falta poco para las seis de la tarde. Hanner, mira a sus bailarines para comprobar que están en el lugar acordado, en la pose ensayada. Aún retumba el sonido en los bafles. Abajo, a sus pies, rodeando la tarima de un metro de alto, una turba de muchachitos y peladitas tararean su coro. Hanner suelta algunas frases, ninguna de agradecimiento. La gente aplaude. Entre el público, cuatro hombres que se han gozado todo el show, brincan estratégicamente en tacón de aguja. ¡No sé cómo han hecho para bailar montados es esos esperpentos de zapatos! Hanner y sus cinco bailarines consiguen que cientos de universitarios canten sus canciones de Rap sin siquiera conocerlas. Que a pesar de la oscuridad, iluminen el escenario con la opaca luz de sus cigarrillos y coreen: “otra, otra, otra”. Hanner lo comprende. No es un manojo de nervios. No es una canción inédita. Es un sueño soñado donde ella es protagonista.

—Yo nunca busco la aprobación. ¡Ay acéptenme! ¡Ay es que soy una travesti, muchachos tengan piedad! No. Yo exijo —Hanner aprieta su rostro como un puño—. Usted tiene dos opciones —mueve su brazo derecho y sube un dedo—: una, me acepta y se sienta aquí, a mi lado. Dos, no me acepta y sobra —una uve gigante se forma entre su dedo medio e índice. A través de ellos su mirada fija, como de cazador, intenta intimidarme.

“Poquito a poquito” es el título de la canción con la que continúa el concierto. Hanner cuenta que solo es un retrato de su vida en las calles del barrio El Retiro. Una instantánea con olor a pólvora. El apuro de armas empuñadas y dispuestas a explotar: ¡Pam! ¡Pam!

“Yo les destrozo la moralidad / los pongo nerviosos / los pongo a temblar / se cruzan de piernas / se mueren de miedo / porque cada uno / aquí tuvo su enredo…”.

—La verdad no tengo nada que inventarme. Todo está allí, en la calle, esperando por mí, esperando que yo cuente y eso es lo que hago —dice Hanner angustiada por las pistas que no llegan, acosada por el sudor que resbala por su rostro, que humedece la camiseta, abriendo sus ojos, por encima de la gente, como si quisiera comérselo todo.

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Ve. Y… ¿Quién es?

Hanner La Gata es alta: 182 centímetros. Lleva el cabello más abajo de los hombros, negro, aunque se torna algo rojo en las puntas. Piercings en cejas y nariz. Mira a los ojos, siempre a los ojos. Presta atención cuando escucha a los demás, sus pupilas se mueven ligeramente, como si escaneara tu mente. Apenas terminas, ella responde. Su boca es grande, como la de una pantera. Nació y creció en el barrio El Retiro. Hija de una madre chocoana, seguidora de los Testigos de Jehová, de la que dice haber heredado el gusto por el canto. Hanner La Gata es la menor de tres hijos. Tía de siete sobrinos que vigila con su cara de animal pantera. Sus manos -de dedos largos y gruesos- te agarran con la delicadeza de alguien que, de un solo manotazo, te puede destrozar. Creció bajo el cuidado de su madre y su padrastro, un exboxeador que fue suboficial del Ejército. En su escuela, al llamado de lista debía responder “presente”, cuando escuchaba el nombre: Jhon Hanner Ibarguen. Y en esa misma escuela supo, por cuenta de sus compañeros, que no era igual a los demás: le gritaban: mariquita. La perseguían en el recreo. Le tocaban el culo. Ella peleaba, los miraba fijo a la cara y ¡zas! Acertaba sus puños.

— Por eso me fui de la escuela —dice Hanner, esperando su turno para subir a la tarima. Me mira fijo a los ojos y recuerda: —Cuando me defendía los profes me mandaban al rincón.

Un año antes de comenzar a usar falda y zapatos de tacón, cuando apenas iba a cumplir trece años, Hanner recibió su diploma de primaria. A pesar de la indiferencia de algunos de sus profesores, de los insultos y las risas que provocaba al pasar; en la foto de graduación, que conserva su madre, Hanner La Gata es un muchacho fuerte, alto y sonriente, a su lado una profesora regordeta y bajita sonríe orgullosa, pero su sonrisa no es ni la mitad de la sonrisa que sostiene el rostro de Hanner. En esa foto se le ve elegante con su camisa azul claro, jean y zapatos negros.

Mónica, su madre, dice que Hanner era dulce y muy cariñoso. Sin embargo, cuando creció, la gente no pudo entenderlo: “¿quién es esa?”; “¡ay! Vela cómo se mueve”; “adiós preciosa”; “maricona”…

Yo solo quería protegerlo. Visité una psicóloga y ella le recomendó que saliera del armario. Yo quedé tranquila, pensé que iba a ser fácil —Mónica ríe—. Pero no entendía qué era salir del armario, después de esa cita mi hijo se comportó peor.

Hanner ya quería usar blusas, zapatos de mujer y maquillaje. Su madre no entendía. Así, su hijo fue construyendo una identidad desconocida para una mujer que solo comprendía lo que era ser hombre y mujer.

Yo no sabía qué era ser homosexual. No entendía qué era salir del armario. Hasta que un día comprendí que mi hijo era diferente a Julio Cesar, su hermano mayor. Hanner no jugaba fútbol, peinaba las muñecas de su hermanita y era delicado —Mónica baja el tono de su voz. Su esposo, sentado a su lado, lo confirma con un sencillo movimiento de cabeza.

— Me cansé de decirle que Hanner bailaba y se movía como una mujer. Todas las tardes, cuando llegaba del trabajo, lo veía en la calle, bailando con sus amiguitos y él, moviéndose delicado. Pero ella no quería entender —asegura don Jesús, el padrastro de Hanner, un hombre de rostro sin arrugas, que le ha dado su mano y que todavía está a su lado, como un viejo y gordo sparring que motiva a su inexperto peleador: para que se pare en la lona, para que derribe a su adversario.

Desde niño, cuando su madre lo arrullaba con esas canciones que aprendió en el Bajo Atrato chocoano, Hanner vivió en su cuerpo, el desprecio de una comunidad que no lo comprendía, que no aceptaba su diferencia. No solo era negro, no solo era pobre, también era un chico que cantaba canciones de Gloria Trevi. No quiso seguir estudiando. Al cumplir trece años ya se daba golpes con sus compañeros, y con todo aquel que criticara su identidad sexual. La sonrisa en su foto del grado de quinto de primaria fue la última sonrisa institucional: vestida con uniforme de colegio público.

“Luego llego al colegio / y me cortaron el pelo / yo era el más inteligente / pero no era como ellos / me apodaban / me jodían / y me cogían el rabo / la profe nada decía / porque yo era amanerado / pisoteaban mis derechos / porque yo era diferente / pero si me defendía / era un negro delincuente”.

— Lo que me ha llevado a ser la gran persona que soy hoy, ha sido el rechazo, la discriminación y esa agresión de las personas —cuenta Hanner con su cara pantera—. Yo transformé todas esas cosas malas, que ellos me gritaban, en cosas positivas. Cada vez que alguien me agredía verbalmente, yo decía: ‘tengo que superarme, ser el mejor’.

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Oiga: ¿de dónde es que viene?

En algunas calles de un barrio como El Retiro, en Cali, despertar como si nada hubiese pasado, parece un desatino a la imaginación. Por la noche el ruido de los disparos, el olor a fritanga, el estruendo en los techos y las pisadas desesperadas que se diluyen en la distancia. En la mañana los ecos de una larga noche, el crujir del carbón para asar arepas, el latir de las motos que no se sabe si madrugan o van a descansar, las voces de los televisores que se escuchan desde la calle, la bullaranga que ensordece el barrio. Cuando todo es claro El Retiro se deja ver, cargado de sonrisas, bisutería y aroma de pandebono; chorizos, crema de coco y tilapia; cabello sintético, vallenatos y buñuelos en pailas hirvientes; marañas de cables, remendadores de zapatos usados y cantos de música cristiana; amas de casa, bolsas de mercado y estudiantes; salas de internet, niños corriendo por la calle y minutos a todo destino por cien pesos; hombres bebiendo cerveza en una esquina, pan aliñado y vendedores ambulantes; Testigos de Jehová, transportadores informales y muchachitas cargando niños que podrían ser sus hermanos; bicicletas, casas a medio terminar y colores colgando de alambres oxidados.

El Retiro pertenece a esta ciudad: la misma donde se baila salsa, donde se come chontaduro, donde se hinchan de orgullo pues dicen tener mujeres como las flores. El Retiro es también Cali: la misma ciudad que en el 2014 registró la tasa de homicidios más alta del país: 56 por cada 100.000 habitantes. De estos homicidios la Comuna 15, conformada por El Retiro y seis barrios más, sumó tantos muertos a la lista que ya ni quieren contarlos. Cifras que se vuelven estadísticas, cuadritos de colores en informes oficiales. Pero estos muertos que son números, para Hanner fueron conocidos o amigos, incluso su hermano Julio Cesar, hace algunos años, se convirtió en un dato que agrandó la barra de algún reporte institucional.

Allí es donde habita Hanner, este es su territorio, su lugar. Algunas veces un lugar de esperanzas rotas. Pero ella lo camina, derrotando a ese animal llamado violencia, ese animal que ya no alimenta. Como dice su coreógrafo, Jenner Solona, a La Gata lo que la hace especial es su labor con la comunidad, con la sociedad, ella es líder entre los jóvenes y fomenta proyectos de vida dignos que intentan generar otros estilos de vida, evitando vicios o malas mañas.

— Los que viven en esta Comuna han visto cómo Hanner ha influenciado, de manera positiva, a los pelados— afirma Jenner, su coreógrafo—. Ella decidió adoptar una identidad poco femenina. Sus ademanes y su corporalidad son fuertes, ya que, en la zona donde vive, mostrarse frágil, podría ser una amenaza.

Hanner La Gata usa poco maquillaje. Para la grabación del video clip de su canción ‘Calzones azules’, fue necesario convencerla para que asumiera una actitud más femenina, delicada. ¡Pero cómo se puede ser tan delicada con un cuerpo y un territorio donde han pasado tantas cosas!

Aunque Hanner La Gata creció entre fierros, robos, cuchillos, alcohol y peleas; comprendió, desde muy joven, que era más fuerte que ese animal furioso que camina por las calles de su ciudad. Eliminó las fronteras entre los jóvenes de su Comuna, cantando para ellos en eventos pensados para la comunión del arte, la música y la fraternidad. Aquellos jóvenes que no podían pasar una calle sin el temor de recibir un balazo, lograron visitar a sus amigos y corear canciones como ‘El gran juego’, ‘Calidosita’ y ‘Calzones azules’. La Gata se convirtió en un puente para jóvenes que intentaban dejar atrás la violencia entre pandillas, que en Cali pueden ser más de cien, agrupando a miles de adolescentes que pueden ser dos mil o tres mil, nadie lo sabe.LA GATA_Alex Amezquita (7)

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Cuando llega el fin de semana Hanner La Gata se reúne con el parche a cantar, a revisar las letras, a ensayar los pasos. En la calle. Entre el polvo. Con la basura amontonada a pocos metros, Hanner La Gata baila y recuerda sus primeros ensayos a escondidas, cuando a su mamá le llegaban las historias de que su hijo estaba bailando como niña, y que medio barrio estaba aplaudiéndola, animándola. Ahora los pelaos se acercan a ella, le creen. Le enseña sus letras, improvisan acordes, ritmos. Alberto, uno de los bailarines, improvisa el comienzo de un tema que escribió siguiendo los pasos de Hanner:

En la calle todo se vale / todo es visible / allí nadie nace / todo se hace / en la calle, brother / es un misterio no te confíes / (…) / la calle no es un juego / la calle no es un cuento / la calle es algo tremendo / no te confíes / de todo lo que te brinda / el que te dice hermano / solo porque tienen ligas / todos preguntan por ella / todos andamos por ella / ella no anda por nadie / y no pregunta por nadie.

— Desde que la conocí comencé a cantar con ella—, comenta Alberto. —Me gustaba cómo interpretaba sus canciones y las letras que escribía; a partir de allí comenzamos a tener esa energía para trabajar juntos.

Alberto es uno de los bailarines que más tiempo lleva trabajando con Hanner La Gata. Se conocieron cuando ella trabajaba para la Asociación de Líderes Comunitarios (Asolco), La Gata era la encargada de formar artistas y organizar las actividades culturales. Con el paso de los años Alberto, Nicolás, Duván, Ana Milena y María Alejandra, sus bailarines, además de compartir el mismo interés por la música y el baile, han compartido amistad.

Hanner La Gata tiene una relación directa con los jóvenes de su Comuna. Ella es como ellos: carne de las mismas calles. Reconoce en sus rostros el clamor que alguna vez padeció. Comparten las mismas aceras, los mismos tiroteos, las armas que trasmiten la muerte, la saña de la violencia que olfatea como un animal rabioso.

— Mi Comuna es como un campo de batalla—, cuenta Hanner—. Hace días, mientras grabábamos unas escenas en el barrio, una señora llegó azarada al ver ese montón de gente, y me preguntó: ¿Qué pasó? ¿Hay un muerto? Entonces le contesté: no mami, no es un muerto. Estamos grabando un video.

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¿Hanner? ¿La Gata? ¿Cómo es eso?

En Vimeo, la red de video que compite con Youtube, el video clip de su primera canción, ‘Calzones azules’, lleva más de seis mil reproducciones y 17 ‘Me gusta’. Para este proyecto, Julián Grijalba, un estudiante de Artes Visuales, juntó a profesionales en maquillaje, coreografía, sonido, cámara, transporte, cocineros, amigos y toderos que llegaron hasta El Retiro para retratar a este personaje, que no es solo un fenómeno del rap callejero sino un cronista de barrio. Para Hanner este video es más que un logro. Ni ella lo pensó cuando por primera vez se subió a una tarima a competir en el Primer Festival de Hip-Hop en el Distrito de Aguablanca.

— Cuando la gente me vio en ese festival pensó: ‘vamos a verlo por la risa, por la distracción’. Pero cuando me llegó el turno de subir al escenario y comencé a frasear, en ese momento del fraseo hubo otra reacción: la gente se quedó impactada—, dice Hanner haciendo un gesto de asombro. — ¿La que está rapeando es la travesti? Nadie lo creyó.

Pero esa travesti haciendo el papel de niña grande, mirando a los ojos, con su mirada escarbadora y una línea negra en el contorno de sus ojos obtuvo el primer lugar. Se ganó el premio a la mejor rapera de la Comuna 15 y repitió al año siguiente. Se presentó en la Feria Comunera y recorrió Felidia y El Saladito. Se enfrentó a muchachitos vestidos al estilo niuyork, manes que cuando la vieron llegar se rieron en su cara.

— Pero cuando gané me miraron con respeto—, cuenta un poco fanfarrona.

El mismo respeto que pedía a gritos desde pequeña, cuando jugaba con muñecas y se ponía tacones, se pintaba como reina y hasta se ponía calzones.

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¿Qué es lo que canta?

Cuando peleaba con sus hermanos. Cuando su madre le decía que debía estar tranquila. Cuando los vecinos caminaban por las estrechas calles de su barrio, Hanner La Gata cantaba a todo pulmón ‘La acera de enfrente’, la canción de Gloria Trevi que juzga a otros desde la diferencia.

— Esta canción habla de situaciones que marcaron mi vida—, recuerda Hanner—. Cuando dice: ‘yo sí tengo coraje y soy muy diferente’, yo pensaba hijueputa yo soy fuerte, soy diferente a todos, voy a salir a darme contra el mundo—. Hanner golpea con un puño su mano izquierda y sonríe. —Y cuando la Trevi dice: ‘la que quiera atreverse, cruce conmigo aquí enfrente’, yo lo veía como un desafío, o sea, el que me quiere y me respeta es bien recibido, el que no, nos damos contra el muro.

Hoy Hanner La Gata sigue caminando en la acera de enfrente, representa el sonido de su barrio, revitalizando lo marginal. Es una cantante de rap, bueno, o de algo parecido que podría ser hip-hop, dance o reguetón, da igual. Ella, desprovista de maquillaje y lentejuelas, desde la periferia que es el barrio El Retiro, con una sonrisa iluminando ese rostro árido, entona historias que son las de sus amigos, vecinos y señoras que nada saben de esta música, pero que aplauden sus acordes y versos, porque, como ella, son ciudadanos que nadie reconoce en una ciudad que parece blanca y dañina como el azúcar.

Historias de dureza y vulnerabilidad como los que encontró la Fundación Carvajal cuando en el 2007 realizó un estudio que determinó que el 85% de quienes residen en El Retiro viven en condiciones de pobreza, y muchos de ellos sobreviven bajo la línea de indigencia. Un sector de la población que presenta altos niveles de desempleo y exclusión del mercado laboral y donde el acceso a la educación superior técnica, apenas llegaba a ser realidad para 14 de cada 100 jóvenes que obtenían un título de bachiller.

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Hanner La Gata escribe sobre su vida, de situaciones que, por muy dolorosas, pueden traducirse en canciones pegajosas y a la vez crudas. Esto lo aprendió de su madre y luego de su hermano. ‘Calzones azules’ es un claro ejemplo, en ella Hanner escribe una corta biografía para contarnos cómo ha sido su vida habitando ese cuerpo y esas calles que para muchos son extrañas, distantes o desconocidas.

— Cuando escuché ‘Calzones azules’ sentí pena por mi hijo—, Mónica mira al frente— no le causamos el sufrimiento, pero se lo provocaron las personas de la calle.

En su canción, Hanner lo expresa con claridad y certeza. Ella sigue siendo una ciudadana anónima, agazapada por los estereotipos que la obligan a definirse como una chica transexual, negra y pobre de Aguablanca: “a pesar de los rechazos / me puse a buscar trabajo / me decían: ‘yo te llamo’ / todavía estoy esperando / de regreso pa’mi casa / me detengo para ver / una dama que parece / pero no es una mujer / se paraba en la esquina / para negociar su cuerpo / es travesti como yo / pero ella está en otro cuento…”, es parte de la letra de su canción ‘Calzones azules’, una rápida, extravagante y preocupante autobiografía de dos minutos y cincuenta y dos segundos.

‘El juego’, ‘Poquito a poquito’, ‘El gran show’, ‘Calzones azules’, ‘La gran diferencia’, ‘Calidosita’ y hasta una versión rapera de la conocida ronda ‘Los pollitos’, hacen parte del repertorio callejero y canalla, que Hanner La Gata aprendió a escribir y cantar desde pequeña, cuando escuchaba rapear a su hermano Julio Cesar.

— Comencé cantando baladas. Me refugiaba en ellas pero era algo que cantaba para mí. No eran las canciones con las que quería mostrar mi punto de vista, ni para hablar de mi vida o de lo que me sucedía.

Mientras Hanner cantaba baladas, reforzando su imagen de niño frágil, su hermano Julio Cesar ya era un experimentado cantante de Rap. Escribía en casa y entrenaba su voz frente a su hermano menor.

— El hombrecito de la casa cantaba Rap y yo, la mariquita, cantaba baladas. Así eran las cosas—, confirma Hanner con esa cara ruda y dulce. —Yo lo veía componiendo sus canciones, y en una ocasión oí cómo un problema que tenía en el barrio lo convirtió en una canción.

Julio Cesar fue inspiración para Hanner. Fue el espejo donde se veía reflejada la imagen de un chico que no se reconocía, un niño feliz e incomprendido. Pero, esas no fueron las únicas canciones que inspiraron a Hanner La Gata. Mónica, su madre, cada día le cantaba canciones que ella inventaba. Algunas veces en la mañana, otras en la noche. Cuando lo bañaba, cuando le daba de comer. En la cocina, en la sala, en la calle. Cuando vendía frutas y chontaduros, Mónica acudía a la música para expresar el cariño por sus hijos y por todo lo que hacía.

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Ella es: Hanner, La Gata, la negra, la marica, la rapera. La que camina por las calles de El Retiro para narrarnos, en sus letras, el azaroso devenir de su barrio, el mismo barrio donde nació, creció y, seguramente, morirá. Es una compositora que se inspira en su caminar. Una bailarina que aprendió a llevar el ritmo cuando recibió una beca por parte de la Casa de la Juventud del barrio Laureano Gómez, que coordinaba Luis Fernando Bastidas, para cursar clases de canto y baile en el Instituto Popular de Cultura (IPC); y que ahora devuelve esta oportunidad trabajando como profesora de baile en la caseta comunal del barrio Laureano Gómez. Ella es un corazón que transita entre los masculino y lo femenino. Un cuerpo que, fácilmente, define una de tantas biografías de Cali: negro, alto, musculoso, frágil, herido, violentado, despreciado, usado, maltratado, ignorado. Una radiografía andante que nos revela los asares de la esquina de su barrio:

“Me voy pa’la calle / me poncho en la esquina / prendo un cigarrillo / huele a yerba fina / me gritan: ‘apaga, me estorba tu humo’ / y yo le contesto ‘tu fumas surungo’…”

***

Vé, ¿y qué fue lo que pasó?

Un tufo de cerveza brota del gentío. Son casi las siete de la noche. El humo de los cigarrillos se funde con los rostros, alargando sonrisas, bocanadas de euforia, histeria colectiva que se diluye con el viento. Hanner La Gata repara entre el público: la felicidad se contonea entre la gente. La oscuridad no opaca el brillo sobre la tarima. Los hombres de tacón de aguja se derraman en alabanzas y admiraciones: “divina, poderosa, arrebatada…” No es de extrañar, la narrativa de sus canciones es vocería de una realidad que creemos conocer cuando caminamos desprevenidos por las calles de Cali. Todo ha terminado. El escenario descansa solitario. Ella sonríe y me guiña un ojo. Hanner y sus cinco bailarines, ven cómo la muchedumbre se disper

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