Juan Gabriel y amar a la canción por sobre todas las cosas

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Por Elmer Menjivar (*)

Sin público no hay canción, porque la canción, desde la misma palabra latina, se forma al unir el verbo canere (cantar) y el sufijo -tio (acción y efecto), cantio, el efecto de cantar, el efecto lo pone el otro, el que oye, el público. Y escarbando más en la palabra, el verbo latíncanere tiene kan (cantar) como raíz indoeuropea, que también es raíz de otras palabras como chantaje, engatusar y vaticinar, palabras que involucran un efecto en otro. Y así, desde su etimología, la canción siempre es popular, relativa al pueblo, que le gusta a la gente, que la engatusa, le vaticina, le chantajea. Estadísticamente no existe el pueblo como unidad; sociológica e ideológicamente el pueblo se define por sus condiciones económicas adversas para conseguir una buena educación formal, salarios decentes, vivienda digna y todo lo que permite vivir con calidad la vida y adquirir una cosmovisión intelectualmente sofisticada. De ahí que el intelectualismo –consciente o inconscientemente– percibe en la canción popular un producto cultural de baja calidad estética, es decir, de inmediata interpretación semántica, de vocabulario llano y sintaxis simple, de patrones armónicos y melódicos básicos, intuibles, predecibles, de fácil consumo, pegajosos, resonantes. En consecuencia, la canción popular también se monta en una narrativa fácil, generalista, masiva y en extremo empática, condición necesaria para su popularidad y su mercadeo, y el subsiguiente éxito comercial. También debe decirse que cada canción encuentra a su pueblo, con su idioma y su lenguaje, su tradición, su historia, su historiografía, su cartografía, su época y su exageración.

Juan Gabriel es la exageración de la canción popular hispanoamericana. La canción con efecto en un público que pone en aprietos a las fronteras conceptuales, empezando por las geográficas y nacionalistas, no hay país que cante en español en el que sus canciones más emblemáticas no tengan significado y sean significante. Esas canciones que en conjunto reúnen la definición exacta, el efecto de cantar, de ponerle voz a letras y música simple, directa, sin aspiraciones literarias, “componer por no hacer arte sino con tal de representar sentimientos y situaciones”, como él se lo platicó a Poniatowska y Mosiváis, y que lo hace blanco de sesudas críticas que pasarán desapercibidas para la gente “que siempre tiene la razón”.Las fronteras socioeconómicas también cedieron ante la seductora lírica de Juan Gabriel, con pocos o muchos ingresos, todos eran pueblo al oír a Juan Gabriel en las fiestas y cantinas más pobres, en las fiestas y bares más sofisticados, en los karaokes de jóvenes y viejos, entre las abuelas en abandono indigente y las que reposan privilegiadas en lujosas residencias, entre devotos de la ranchera, hasta rockanroleros, rockeros, poperos, alternativos, hiphoperos, indies, de todas las edades en las que las canciones de Juan Gabriel encontraron homenajes, versiones y reversiones.

También fronteras artísticas se difuminan ante el fenómeno que implica Juan Gabriel y su música, el quiebre definitivo fue el concierto que Juan Gabriel dio en el palacio de Bellas Artes el 20 de diciembre de 1990 para celebrar sus primeros 25 años de carrera. El anuncio del concierto encendió la polémica sobre el uso de los espacios culturales reservados hasta entonces para las expresiones de la “alta cultura” y la implícita discriminación –acaso por desprecio– del arte popular. El concierto se realizó, se grabó y se comercializó en audio y video con éxito en todos los aspectos posibles del mundo comercial y del mundo cultural, pero lo más significativo es que la canción popular se instaló en Bellas Artes, en el monumental teatro de la Ciudad de México y en el concepto mismo. Elena Poniatowska resume este episodio en su panegírico publicado en La Jornada, “Su homenaje reiterativo al matriarcado en un país supermachista y homófobo lo encumbró. Juan Gabriel nos convocó a todos y el pastel de mármol blanco llamado Bellas Artes fue el primero en abrirle las puertas a la cultura popular”.

 

 

Y hay una frontera aparte, y para mí la más trascendental, que fue abatida con la vida y obra de Juan Gabriel, la frontera sociocultural de la sexualidad. “Lo que se nota no se juzga, lo que se ve no se pregunta […] La gente es inteligente, no es tonta”, respondía Juan Gabriel a los aventurados periodistas que le hicieron la pregunta directa “¿Juan Gabriel es gay?”. Nunca obtuvieron un sí contundente, tampoco hubo nunca una foto, un chisme directo, un video oficial o filtrado, un testigo, un amante indiscreto que evidenciara la orientación sexual del divo de Juárez, y esto es notable en un país donde el periodismo del chisme es una poderosa e irreverente industria que solo se muestra prudente ante los superpoderes económicos, políticos o morales. Juan Gabriel era, sin matices, un hombre poderoso, un millonario de diversas listas y variopintas cifras, un consentido consensuado del pueblo que supo convertir su vida en un monumento a la superación en el país del melodrama de la pobreza y el machismo, y eso es poder político, un poder que se demostró poco, y un caso relevante es la paciencia que le tenía la autoridad de Hacienda antes las evasiones comprobadas y las sospechadas, y aunque fue capturado por la policía de Hacienda en 2005 en el aeropuerto de la Ciudad de Juárez, fue liberado pronto y consiguió un acuerdo para pagar sus deudas a plazos. Yo no sé decir si fueron influencias, privilegios o debido proceso, lo cierto es que no creo que un gobierno mexicano haya querido pasar a la historia popular como el carcelero de Juan Gabriel, aunque ya lo fue de Alberto Aguilera en los años de su juventud. El poder quizá le procuró discreción, aunque quizá era respeto, o simplemente ya no había morbo, pues ante lo que se ve no se pregunta.

El manierismo de Juan Gabriel –en acto y omisión, en vestimenta y desparpajo– irritaba a muchos. “Mi rechazo al trabajo de Juan Gabriel es, pues, clasista: me irritan sus lentejuelas no por jotas sino por nacas, su histeria no por melodramática sino por elemental, su sintaxis no por poco literaria sino por iletrada”, escribió en Milenio un reivindicativo Nicolás Alvarado, director de la televisora de la UNAM, quien antes de llegar a esa frase que cito, hace un recorrido casi mea culposo de su juicio y declara humildemente “sé que me pierdo de algo […] Y sé que la pérdida es real y que es enteramente mía”. Varios años antes, Carlos Monsiváis, el gran cronista de México que murió en 2010, escribió también sobre Juan Gabriel y su explícita sexualidad como referente cultural en su libro Ensayos de pudor y liviandad: “¡Ay sí tú! Y Juan Gabriel ocupa la primera página de los periódicos amarillistas, en foros sensacionalistas, digamos en traje de baño en la playa de La Condesa en Acapulco. ¡Ay sí tú!, y los cómicos se benefician en sus ruinas: ‘Un día iba caminando Juan Gabriel con su perrito y se encontró a un marinero…’. ¡Ay sí tú! Y la mamá, afligida por los modales de su hijo le cuenta a su hermana: Ay, ay, ¿no me irá a salir como Juan Gabriel?’. ¡Ay sí tú! Las aportaciones del morbo afianzan la singularidad, y Juan Gabriel se instala sin declaraciones ingeniosas o audaces, sin concederle atención a bromas y rumores, sin el apoyo mitológico de la Bohemia o de la Parranda o del culto a la Autodestrucción. Él es un Ídolo Real que desplaza fantasías producidas en serie”, esta cita la reprodujo la revista Nexos en un artículo llamado Juan Gabriel descifrado por Monsiváis, en donde también se lee un análisis acaso vengativo del cronista, “a Juan Gabriel nada le ha sido fácil, salvo el éxito”.

A Monsiváis y a Juan Gabriel también los vincula una actitud política respecto a la expresión de su sexualidad, como escribe la socióloga feminista Marta Lamas en la presentación deQue se abra esa puerta, un libro de ensayos del primero, “Carlos se resistía a decir públicamente que era gay no porque quisiera ocultarlo, sino porque hacerlo le parecía discriminatorio. Las personas heterosexuales no tienen necesidad de publicitar su orientación sexual. Algunos activistas gay malinterpretaron esta decisión y querían a fuerzas que él hiciera una declaración pública en ese sentido. ¡Qué más elocuencia que sus escritos, su compromiso con la causa, su forma de vida, sus relaciones abiertas! Monsiváis no ocultaba, ni exhibía su orientación sexual”, y pues en el caso de Juan Gabriel ¡Qué más elocuencia que su forma de vida, de cantar sus canciones, de montar sus conciertos, de vestir y comportarse! y que aún así “En los palenques hacía bailar amaneradamente a los rancheros bigotones con coñac y pistolas, con canciones a gogó eternas, manejando los crescendos y las dynamics y las joterías: un James Brown”, como le decía el periodista cultural José Luis Paredes Pacho a Alvarado por Whatsapp el día de la muerte del cantautor.

A Juan Gabriel y a Monsiváis los precedieron otros íconos adorados de la cultura popular mexicana que en su momento hicieron pública su orientación sexual sin reparos y con una clara intención revolucionaria, desde el escritor Salvador Novo hasta la cantante Chavela Vargas, pasando por cineastas militantes como Humberto Hermosillo y Julián Hernández, poetas como Xavier Villaurrutia –con un bajísimo perfil– hasta ídolos pop actuales como Christian Chávez del grupo RBD. Todos demostraron que México era más grande que sus prejuicios y su cultura era más incluyente de lo que su guadalupismo hubiera profetizado.

Juan Gabriel murió a los 66 años y deja una discografía con 66 títulos, deja bajo registro de su autoría 1,800 canciones, de las cuáles cedió -o vendió– los derechos 1,500 veces para ser interpretadas por otros cantantes. En ninguna de estas canciones se manifiesta explícitamente el amor homosexual, pero es insistente el motivo de las incorrecciones del amor, las formas de vida alternativas y desafiantes, los dramas de lo prohibido, a veces con picardía, a veces con melodrama, a veces con cursilería,

“Te pareces tanto a mí
que no puedes engañarme.
Nada ganas con mentir,
mejor dime la verdad:
sé que me vas a abandonar
y sé muy bien por quien lo haces”
*

 “No hay como la libertad de ser, de estar, de ir,
de amar, de hacer, de hablar,
de andar, así, sin penas”
*

 “Y aprovecho tiempo y vida
a su amor aunque a escondidas
nos tengamos ya que ver”
*

 “Desde que te vi,
mi identidad perdí.
En mi cabeza estás
solo tu y nadie más.
Y me duele al pensar,
que nunca mío serás…
¡De mi enamórate!”
*

 “Y muy tarde comprendí
que no te debía amar
porque ahora pienso en ti
más que ayer, mucho más”

Yo jamás sufrí­, yo jamás lloré,
yo era muy feliz,
pero te encontré”
*

“Este es un lugar de ambiente
donde todo es diferente”
*

“…y la soledad
cada vez más triste
y más oscura yo viví,
y a esa edad,
todos preguntaban los motivos,
yo solia siempre decir:
yo no nací para amar,
nadie nació para mí,
tan solo fui
un loco soñador, nomás”
*

Juan Gabriel murió el domingo 28 de agosto de 2016, de un infarto, en Santa Mónica, California. El día en que TNT emitía el capítulo final de la serie de contaba su vida –o la versión autorizada de su vida–, en los días en que había dado las entrevistas más reveladoras y que las revistas impresas, radiales y televisivas y los periódicos le dedican muchas horas. La noticia empezó a conocerse unas horas después, yo estaba en Guadalajara, en la celebración de mi cumpleaños y del de mi hermano mayor, y la noticia hizo una pausa, y entre lamentaciones incrédulas y quejas por los boletos comprados para el concierto que daría en la ciudad las próximas semanas, empezó a sonar un playlist con su música, no era un playlist de ocasión, era el playlist que suele estar donde está nuestra música, a veces quizá el playlist está enclosetado –¡Ay sí tú! ¿que dirán si saben que oigo a Juan Gabriel, que soy inculto, que soy pueblo, que soy gay, que soy cursi?–, pero casi siempre está reservado para cuando estamos más alegres, más ahogados por el despecho, más victoriosos, más derrotados, más tristes, para cuando estamos más humanos, para cuando somos capaces de amar a la canción por sobre todos los prejuicos, por sobre todas las cosas.https://youtu.be/SXM9w7KAm_A

*Élmer Menjívar es periodista y escritor salvadoreño. 

**Publicado originalmente en El Faro

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