El enfoque de género ¿ideología o ciencia?

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Pongo en google “ideología de género” y el primer resultado es el de una web cristiana conocida, que dice, entre otras cosas, que esta ideología hace que “se diluya la diferencia entre los sexos como algo convencionalmente atribuido por la sociedad, y cada uno puede inventarse a sí mismo”. Otro de los resultados del buscador me lleva a una página que dice que la ideología de género “se rebela frente al hecho biológico”. Y mi favorita fue la página Catholic.net, tratando de explicar términos como hegemonía y patriarcado y afirmando que los ideólogos del género no son feministas.

Parece ser que lo que estas rabietas cristianas homofóbicas intentan hacer (con poco éxito) es describir lo que conocemos como el estudio o el enfoque del género, una categoría analítica bastante usada en sociología, antropología y psicología (y felizmente se está integrando a las neurociencias desde hace algunos años) que ayuda al estudio de experiencia de la sexualidad humana en su totalidad, insertada en una sociedad, en un contexto histórico y político. Y cuando hablamos de totalidad, justamente nos referimos a que la sexualidad humana es más que los genitales y su capacidad reproductiva, sino que forma parte activa de nuestro ser desde que antes de nacer nuestros papis ya están comprando cosas azules o rosadas.

Lamentablemente vivimos en un sistema donde las diferencias género, raza y clase social están tan interiorizadas que son parte de nuestra habla cotidiana, son motivo de nuestros chistes y las películas que nos encantan están repletas de la validación de estos estereotipos. Esta es la forma perfecta de naturalizarlos y hacerlos parte de nuestra vida sin que los cuestionemos.

La ideología de género es la forma despectiva en que se refieren al enfoque de género, principal herramienta del feminismo que analiza la sociedad y reivindica la igualdad de los géneros. Sí, el enfoque de género propone que hombres y mujeres somos iguales, no solo en derechos sino que aquellas diferencias que vemos en la conducta son producto de la forma en que nos socializan. Como tal, el enfoque (alguna feminista sí lo llamó ideología) ha ido mutando con el tiempo y según los nuevos avances en las ciencias sociales y humanas.

¿Qué dice el enfoque de género?

Que la sociedad tiene un rol predeterminado para hombres y mujeres, un rol que desfavorece a la mujer de muchas maneras, pero que también perjudica a los hombres y, especialmente, a aquellas personas que no encajan con la norma, como las personas LGBTI. Estos roles y formatos de comportamiento no están determinados por la biología: no hay cerebros masculinos y femeninos, las hormonas no hacen a las mujeres ser más empáticas y a los hombres mejores para las ciencias. No, esto es falso.

Históricamente, las ciencias han estado divididas en este aspecto y han contribuido a que se legitimen prácticas discriminatorias. La psicología y las ciencias biológicas por mucho tiempo han interpretado erróneamente sus hallazgos sobre el cerebro de hombres y de mujeres (y de homosexuales y de personas trans), magnificando resultados poco significativos e interpretando diferencias estructurales en el cerebro como si la genética (o la divinidad) las hubiera puesto ahí. Pero la verdad es que por más XX o XY, testosterona u progesterona, pene o vagina, nosotros desarrollamos cerebros según el ambiente en el que nos desenvolvemos y las habilidades que practicamos. Si no tuviéramos un cerebro tan flexible no podríamos ni siquiera desarrollar la idea de dios, ni tendríamos capacidad de adaptarnos al entorno, ni existiría la ciencia o la tecnología.

Los conservadores que se oponen a la educación con enfoque de género tienen miedo de que se le enseñe a los niños que son libres de ser quienes son (que es, nada más y nada menos que un derecho humano fundamental), porque temen que, dándoles la libertad, muchos vayan a descubrir que no son heterosexuales y/o cisgénero.

¿Queremos que todos se vuelvan gais?

A pesar de que suena tentador tener una varita mágica que vuelva todo color arcoíris, esta idea de que el enfoque de género es en pocas palabras, una fábrica de gais, no solo es reduccionista y simplista, sino errada. Nadie puede volver gay a nadie, mucho menos en una sociedad como la nuestra, donde se nos bombardea con la idea de que ser heterosexual es lo ideal.

La propia existencia de los LGBT implica que a pesar de todo el control social que existe para normar nuestra sexualidad, existimos personas que finalmente no nos ajustamos a esa regla, y no podemos evitarlo.

Si no elegimos nuestra orientación sexual o identidad de género, entonces esto demuestra que ser LGBTI es ¿genético?, ¿biológico? Seguramente voy a decir algo que puede ser controversial, pero no, no creo que la inevitabilidad implique genética, sino que la mayoría de nosotros estamos biológicamente predispuestos hacia la fluidez de género y orientación sexual, y que a partir de esta fluidez, asociada a la exposición al ambiente (desde el ambiente fetal, hasta el social, en distintos momentos de nuestra vida), construimos nuestra identidad sexual. Qué nos gusta, qué nos atrae, cómo nos vemos en el mundo, cómo preferimos que nos traten, qué nos da felicidad en términos de nuestra sexualidad, todas estas son conductas complejas, es absurdo que estén determinadas solo por combinaciones genéticas que son en sí mismas variables al entorno.

Lo que sí está largamente estudiado es que ¡hola! los LGBT existimos desde siempre y no pasa nada, no estamos enfermos, no hacemos daño, una persona LGBT puede hacer su vida normal (más o menos, dependiendo del grado de homofobia) y esto no le causa ningún problema a nadie, excepto a aquellos que se obsesionan con las prácticas sexuales y los genitales de las otras personas. Los hijos de parejas del mismo sexo no son distintos de los hijos de personas de sexos diferentes y los niños trans que tienen apoyo familiar no son distintos psicológicamente de niños cisgénero.

¿Por qué les afecta tanto que le digamos a un niño que está bien ser LGBTI?

El poder político y social del sistema actual está construido bajo el supuesto de que hay formas de ser mejores y peores según aspectos “biológicos” que no podemos cambiar, como el ser hombre o mujer. Y estas etiquetas vienen con un “software” de cómo debemos comportarnos, enmarcado en la heteronormatividad.

Si les decimos a los niños que pueden ser ellos mismos, ¿se van a volver gais? No, lo que va a pasar es que más personas van a atreverse a salir del clóset, no van a tratar de reprimirse, no van a odiarse a sí mismas y van a ser felices de expresar su género y su orientación sexual de la manera que les plazca. Es decir, van a poder ejercer su derecho humano a la libre expresión y desarrollo de la personalidad. Y más que eso: van a cuestionarlo todo.

Y, ¿por qué esto no les gusta?

En el fondo, las personas homofóbicas tienen miedo de reconocer que la heterosexualidad se nos ha impuesto como obligatoria y que en el fondo, somos más LGBTI de lo que queremos admitir. Tienen miedo de reconocer que ellos mismos no encajan en esos moldes. Y es que nadie encaja, nos han vendido la idea de que somos mejores, ordenados y buenos si nos metemos en la cajita de la binariedad, pero como siempre andamos saliéndonos del molde, existen mecanismos políticos y sociales para volvernos a encasillar, a costa de nuestra salud mental y libertad.

Por supuesto que a los padres homofóbicos les incomoda y les da miedo que sus hijos puedan crecer y ser afectuoso sin reprimirse, o elegir muñecas en vez de carritos. Les da miedo que sus hijas no busquen a un príncipe azul y que no les interese ser princesas, porque implicaría que tienen en casa (y muy cerca) aquello que les hace cuestionar sus propios estereotipos y formas acartonadas de ser.

En el nuevo currículo nacional de Educación Básica del Perú no se menciona explícitamente a las personas LGBTI ni se contempla hablar sobre las diferentes orientaciones sexuales e identidades de género de manera directa. Asumo que lo han escrito así para evitar el contraataque fundamentalista, y de hecho lo ideal sería que quedara clarísimo para los educadores y directivos escolares que el colegio debería ser una zona segura para los niños y adolescentes LGBTI, pero está bastante buena la propuesta.

Este juego de hashtags #ConMisHijosNoTeMetas y llamados de alerta descorazonados en nombre de la niñez, no son más que miedo a que los clósets se derrumben y los enfrenten cara a cara con la realidad: el género y la orientación sexual son fluidos, incluso en esos mismos que dicen que “dios creo solo hombre y mujer”.

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