Andrés Felipe(*)

Cuando el equipo de Sin Etiquetas se puso en contacto conmigo interesados en que escriba un texto contando mi experiencia como persona seropositiva, la idea ya había estado rondando en mi cabeza, pero de forma personal.

Esta experiencia empezó aproximadamente hace un año, con exactitud fue el 9 de diciembre del 2015. Fue después de un año medianamente desastroso en cuanto a mis relaciones afectivas. Venía de una relación medianamente tóxica con una persona, me había propuesto olvidarla conociendo a otros, ya saben lo de “un clavo saca a otro clavo”, y con ninguno de ellos había funcionado.

A comienzos de noviembre, inesperadamente, llegó a mi vida una persona por la que había esperado todo este tiempo. Desde un inicio hubo química entre los dos y conforme pasaban las semanas me iba enganchando más y más con él. Por momentos pensé “esto es tan perfecto, que algo malo tiene que pasar” sin imaginar lo que la vida me tenía preparado.

Nos conocimos un 11 de noviembre, y desde aquel entonces no dejamos de hablar un solo día. Ya para fines de ese mes, tuvimos una conversación en la que salió el tema del uso del condón y ligeramente sobre ETS. Por esas fechas me había llegado un correo invitándome a una campaña gratuita de despistaje de VIH, a la cual tardíamente accedí y cuando me puse en contacto con ellos, me dijeron que ya habían saturado los cupos.

La verdad es que no me realizaba una prueba de VIH desde hacía bastante tiempo, aproximadamente dos años. Se preguntarán por qué, porque detestaba que me tomen muestras de sangre, así mismo las veces que mantuve relaciones sexuales con las personas que salía (algunas sin condón) no me ponía en una situación desfavorable y en efecto, me confié. Confíe en ellos, confíe en mi suerte y la verdad no sabía ni la mitad de información respecto al VIH/SIDA de lo que sé ahora.

Los días pasaban y él me iba gustando más y más, él viajó unos días al extranjero y yo los aproveché en enfocarme en mis exámenes finales. A su regreso, ambos estábamos muy entusiasmados por lo que estaba ocurriendo entre nosotros, pero desde aquella campaña que deje pasar me quede con el bichito de estar 100% seguro de mi estatus seronegativo. De hecho, lo último que quería era que nuestra relación se vea afectada y mucho menos ponerlo en riesgo a él.

Es así que el 9 de diciembre, cuando ya los finales habían terminado, tome la decisión de ir a un centro de salud y realizarme dicha prueba que venía posponiendo.

Sinceramente, fui con la consigna de entrar y salir, porque había quedado con un amigo en vernos luego. La espera demoró más de lo normal y luego de haber pasado una consejería en la que me preguntaron: “¿qué pasaría si el resultado fuese positivo?” y mi respuesta en tono sarcástico fue “me muero” para luego completarla con un “no sabría qué hacer, sinceramente no me he puesto a pensar en esa situación”.

El consejero me llamó a su oficina, ingresé y entre los muchos papeles que habían en su escritorio, había uno en que resaltaba a todas luces la palabra POSITIVO, tomé asiento y lo miré con una cara de “porque la hacen tan larga, dame mi resultado que me tengo que ir”, él me miro a los ojos y mencionó la temida frase “tu prueba dio positivo”.

En ese momento el silencio se adueñó del espacio. Mi mente se nubló y solo atiné a decirle un “¡¿me estas jodiendo?! Esto debe ser un error” seguido de mil maldiciones y lisuras, las cuales él solo atinaba a observar desde su sitio.

Lo primero en que pensé fue en él, en el gran chico con el que estaba saliendo y en que porqué esto tenía que pasar precisamente cuando me encontraba tan feliz. El consejero, quien luego se convirtió en mi amigo, me ofreció todo su apoyo. No quería que me vaya solo, temiendo que atentara contra mi vida, ya que había un puente cerca. Le dije que se quede tranquilo que yo sabría manejar esto.

Al salir caminé bastante y fui en busca de uno de mis mejores amigos, a quien le tengo bastante cariño y confianza. Se lo conté, conversamos y fuimos a comer. A la vez iba conversando con él, con el chico con el que salía, por Whatsapp como si todo estuviese bien. Sabía que una noticia así se tenía que dar cara a cara y al día siguiente habíamos planeado ir a desayunar a un sitio lindo, de esos que a él le gustaba.

Esa noche no sé si dormí, creo que cerré los ojos esperando despertar y que todo haya sido una pesadilla. Pero no, el día llegó y tenía que hacerlo, tenía que contárselo. Hasta ese entonces, yo era una persona que no lloraba casi nunca y estaba empezando a llorar todo lo que no había llorado en mucho tiempo. Tomé un baño, me alisté y me fui a su casa a darle el encuentro. No sabía cómo tocar este tema, no tenía idea de que palabras utilizar en esta situación.

Al llegar él me esperaba en la esquina de su casa, cuando lo vi sentí que iba a echar a perder todo. Me recibió de muy buen semblante y con una sonrisa amplia como siempre. Tomamos un taxi y mientras él me contaba algunas cosas de su trabajo, lo veía y me decía por dentro “maldita sea, que pena tener que dejarlo” él se dio cuenta y me pregunto que si me pasaba algo, y obviamente lo negué. El momento había llegado, nos encontrábamos sentados en un café, ya habíamos ordenado y estábamos esperando que llegue nuestro pedido. Tomé aire, le cogí las manos y mirándolo a los ojos le dije lo mucho que me gustaba, lo agradecido que estaba con la vida de haberlo conocido y que era un tipo fantástico. Él no entendía que pasaba, su carita me decía un “me vas a decir que ya no quieres salir conmigo”.

Por dentro, me estaba cayendo a pedazos y antes de hacerla más larga, le conté paso a paso mi rutina del día de ayer hasta llegar al punto en el que le daba la noticia que siquiera yo aún no terminaba de asimilar.

Tengo grabada en mi memoria como sus manos soltaron a las mías y ese gesto fue el presagio de lo que inminentemente pasaría.

Los días seguirían con pruebas confirmatorias, con idas y venidas por diferentes médicos. Y si hay algo de lo que estoy completamente agradecido es con las personas que se cruzaron en mi camino durante aquellos días. Médicos, enfermeras, laboratoristas, psicólogos, etc. Todos y cada uno de ellos fueron pieza clave en mi recuperación.

De hecho, no quería dejar pasar más tiempo y de esta forma inicié el protocolo para acceder al tratamiento antirretroviral (TARGA) que ofrece el Estado Peruano de manera gratuita a todas aquellas personas que lo necesiten. Recuerdo que en mi primera consulta, a mediados de diciembre yo estaba hecho una Magdalena, el médico que me trató, quien en la actualidad es mi médico y lo quiero mucho, tuvo una conversación muy alturada conmigo y me trató con mucha humanidad y sobre todo, con algo que yo valoré mucho, no me trató con lastima. Él me ayudó en cierta manera a sobreponerme para estar apto y empezar el tratamiento.

Ya para el 12 de enero de este año el médico, mi médico, me dijo que estaba apto para iniciar el tratamiento cuando yo lo crea necesario, es decir sabiendo que esto requeriría de un compromiso al 100% de mi parte. Mi respuesta fue, que ya, que lo iniciemos ese mismo día, entonces me explicó cada uno de los posibles efectos secundarios que los medicamente podrían tener en mí organismo y me derivó donde la enfermera, ella se encargó de darme las pautas de cómo debía ingerir las dosis.

La primera dosis de mi vida la tomé el 12 de enero del 2016 a las 9 de la noche, desde aquel día tengo la satisfacción de decir que no he perdido ni una sola toma. Sabía que mi adherencia dependía al 100% de mí y de mis ganas por tener una vida saludable. Sin embargo, lo hice también por él, porque tenía la esperanza de que continuáramos conociéndonos y sólo quería estar bien, para poder disfrutar de su compañía sin ponerlo ante un riesgo. Esto no pasó, y los siguientes meses significaron un duro golpe para mí, ya que me estaba enfrentando a una situación desconocida, la cual engloba mucha desinformación y un estigma, que ciertamente es peor que la infección que padecemos.

Se va a cumplir un año y ha sido un año del cual quisiera rescatar todo lo positivo que haya podido aprender de esta situación. Sin conocer el término, empecé a experimentar una situación de resiliencia, la cual radica en tomar una situación adversa en la vida de uno y construir a raíz de ello una mejor versión de uno mismo, en mi caso una más estable, madura, fuerte y responsable.

Durante este año me he visto en diversos escenarios, llevé consultas con un psicólogo al cual estimo mucho, decidí investigar a montones acerca del VIH y SIDA. Hablé con personas seropositivas, a quienes les pedí consejos y que me compartan algunas de sus experiencias. Pero sobre todo, aprendí el valorarme a mí mismo, a quererme y a saber que si estoy en este mundo es para lograr todo lo que me proponga, a no permitir que el estigma que cargamos los seropositivos me domine y se convierta en una traba para lograr mis sueños y metas. Así mismo, cambié mi manera de ver la vida, de ver a las personas con mayor respeto, de pensar a quien queremos dentro de nuestra vida, y eso es algo que se lo recomiendo a todos en general, el rodearnos de personas positivas, que aporten a nuestras vidas, que contribuyan en nuestro crecimiento.

En la actualidad, si bien mi salud nunca se resquebrajó, me encuentro muy bien. Sigo de forma periódica y por decisión propia una series de chequeos, que me proveen de información clave respecto a cómo va todo por dentro. Me siento feliz que desde el tercer mes de iniciado el tratamiento y hasta la fecha me encuentre dentro del rango de indectable, lo cual significa que mis niveles de VIH en sangre son los mínimos y el tratamiento ha surtido efecto en mí organismo.

Sé que aún me quedan muchas experiencias por vivir y estoy agradecido con la vida por darme una segunda oportunidad de poder crecer, si bien no fue la manera indicada y no es que este agradecido por esto, puedo decir que en definitiva no soy el mismo de antes, soy una mejor versión de mí mismo.

(*) El autor de este artículo prefirió usar un pseudónimo. 

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